DÍCESE DE UN CUARTO OSCURO Y LA PÉRDIDA PARA SIEMPRE DE UNA ILUSTRE TURISTA

— ¿Nombre?

— Iustitia.

— ¿Apellido?

— Mi nombre es Iustitia a secas.

— Señorita Asecas, ¿que la trae por aquí?

— Curiosidad, o bueno, digamos turismo. Quiero observar como hace un pueblo para vivir sin mí. Vengo para ver y ser vista, que la gente sepa que en realidad sí existo; no soy una idea utópica sin materialización posible.

— Si me permite la pregunta, ya que la veo tan humilde —, advirtió el oficial un poco contrariado. — ¿Por qué desea el reconocimiento de la gente?

— No me estoy explico bien: soy bastante conocida; medio mundo piensa en mí permanentemente. Utilizan mi nombre para lo divino, lo humano y lo utópico. Se podría decir que el objetivo último de media humanidad es lograr establecer en sus respectivas comunidades algo que se parezca lo más posible a mi; obviamente la semejanza debe ser en abstracto, como la idea que encarno. Me entiende, ¿no?

— ¿Mmm?

— En fin… es extraño, pero aquí en Colombia nadie sabe quién, o como, soy. Al oírlos hablar de mí, no sé si se refieren a un mundo utópico donde lo idealizado es la cuenta bancaria del orador, o es un retorcido concepto religioso, o de pronto, un fin altruista. Mejor dicho, vengo a este lugar para que la gente me conozca, y cuando me mencionen, por lo menos lo hagan con la referencia verdadera y no con una distorsionada e imaginaria.

— Bueno, bueno, señorita Asecas, deje de hablar y respóndame: ¿cuándo piensa salir del país?

— Yo no pienso hacerlo, he venido para quedarme —, afirmó segura.

— ¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Cómo piensa hacerlo sin permiso de estadía?

— Cuando este país me conozca tal como soy, va a querer que yo de aquí nunca más me vaya.

— ¿Tiene reserva de hotel?

— No.

— ¿Alguien que la reciba?

— No.

— Bueno, señorita Asecas, le informo que el acceso al país, por lo pronto, ha sido denegado. Tendrá usted el placer de conocer el cuarto oscuro del aeropuerto Áureo.

El aeropuerto Áureo era la terminal aérea más importante del país. Su nombre no representaba, bajo ningún motivo, el esplendor de la infraestructura local; todo lo contrario, si acaso existiese alguna pieza revestida de zamac con alguna tendencia cromática hacia el dorado, se debía tener como una desafortunada coincidencia.

La terminal había sido planificada y construida bajo unos estrictos requisitos de diseño: desde la entrada hasta la puerta de embarque, debía ser un suplicio para los usuarios. Así mismo, en el recorrido contrario, quienes ingresaban al aeropuerto en un avión y algún taxi en el exterior deseaban tomar, debían primero sentir y asimilar, con gran ausencia de anestesia, a cual país ingresaban. De esta manera, con sus dos propósitos únicos: hacer sufrir a quien salía y aclimatar a quien entraba, esta terminal contaba, al igual que todos los aeropuertos del planeta tierra, con un cuarto oscuro; lugar donde ingresan ciertos desafortunados personajes que no les es permitido salir del país, y otros desventurados que, aparte de tener que viajar hacia esta región del planeta, poseen, bajo la óptica de los funcionarios aeroportuarios, algo por lo cual puedan ser fastidiados sin miramientos.

El cuarto oscuro, no era falto de luz, es simplemente una forma de referirse a un lugar donde todo lo que sucede está cubierto de cierto secretismo, un poco de ilegalidad y mucho de abuso.

Iustitia no comprendía que sucedía, para ella su visita al país era muy necesaria; juzgaba imperativo que la población de este territorio supiera quien era ella. Por esto la pobre decidió, con cierta ingenuidad, una exagerada consideración por sí misma y los ideales que encarnaba, que en un avión con destino Colombia se debía montar para por fin darse a conocer. Creía en la bondad de las personas y juraba convencida que sería recibida con júbilo. Por el contrario, ya presentía que en pocos momentos conocería el cuarto oscuro.

¡Tasssss! Sonó un sello. No en el pasaporte, donde Iustitia esperaba, sino en un formato oficial. El formato, un papel desteñido con cuatro casillas para llenar: Nombres, Apellidos, Pasaporte, Nacionalidad y un espacio generoso para observaciones, fue lentamente llenado por el agente aduanero.

Nombre: Iustitia

Apellido:

Observó el pasaporte para ver como se escribía Asecas.

— Señorita Asecas, ¿dónde está el apellido en su pasaporte?

— No tengo, yo me llamo Iustitia, Iustitia a secas.

— Ahhh, me toma usted del pelo. ¿Sabe que todo lo que dice está siendo grabado y puede ser usado en su contra en caso de considerar yo, que viola alguna de nuestras constitucionales normas, entre ellas, el burlarse de un agente de la ley?

— Entiendo que debe hacer usted su trabajo, pero no comprendo su indisposición, me llamo Iustitia a secas.

— Repito, ¿dónde está su apellido?

— No tengo, soy Iustitia a secas.

— ¿Pretenderá que yo crea que usted se llama Iustitia a secas, señorita Asecas?

— Exactamente.

Apellido: Se niega a declararlo.

Nacionalidad…

Miró el pasaporte con detenimiento, parecía ser emitido por un país desconocido. No tenía grabada ni una sola bandera, ningún escudo con leones o águilas, mares, lagos o montañas; estaban ausentes todas las frases en latín del tipo lex, rex, deus; o las francesas dieu et le peuple, le magnifique royaume de bla bla blá, patrie, république. Nada. El oficial sostenía un mísero pasaporte con hojas blancas y una única imagen en la portada. Lo inspeccionó con esmero, examinó hoja por hoja, revisó bien que las páginas no estuvieran pegadas entre sí, observó con detenimiento la costura, todo parecía en orden, y sin embargo, no. No presentaba sellos de salida de ningún país, mucho menos de entrada. Una balanza en tonos dorados se exhibía en la portada, y bajo ella, escrito en relieve, con letra de color plateado, aparecía una sola palabra, Iustitia. Seguida por el nombre en griego, δικαιοσύνη. Bajo este, con letras más pequeñas, la traducción al francés en tipografía decimonónica: justice, et tout ce que cela comprend ¿y en español? Nada. Para el oficial, hombre de una sola lengua, esto fue un problema. Su mal humor se acrecentó al no entender ni jota de lo poco que estaba escrito.

— ¿Dónde está el león? —, gritó agitando en el aire el pasaporte. — ¿Un cóndor, una águila, aunque sea un oso?!

— ¿…?

— Mire, mire. ¿Qué ve? —, vociferó mientras restregaba el pasaporte en el vidrio separador.

— Nada.

— ¡Exacto! ¡No hay nada! ¡Sin animalitos en el pasaporte aquí no entra nadie!

¡Tasssss!. Otro sello cayó. Esta vez, el documento que tuvo el honor de ser grabado por la oficialidad nacional, fue el pasaporte. Un gigantesco FALSO decoró para siempre la primera página.

Nacionalidad: A establecer.

Número de pasaporte: A establecer.

Observaciones: Presenta pasaporte falso, actitud desafiante y burlona. Afirma querer establecerse en el país más del tiempo permitido; las razones esgrimidas para esto son confusas. La persona que se identifica como Asecas, Iustitia, no aplica para ingresar al territorio nacional. Solicito ingreso inmediato para interrogatorio y deportación.

¡Tassss! ¡Tassss! Dos sellos adicionales. Y por último, la firma. La entrevista migratoria llegó a su fin. Por una sobria puerta lateral de la sala de migración Iustitia y el agente accedieron a un nuevo mundo; el mundo donde todo tipo de abuso puede ser posible, el cuarto oscuro. Allí, mientras el agente aduanero hacía la entrega oficial de Iustitia a su inmediato superior, ella, sentada en una silla plástica, observaba confundida a su alrededor. El jefe aduanero a su vez la miraba intensamente.

Vale la pena entonces hacer una pequeña descripción de nuestra protagonista, ya que hasta ahora de ella nada sabemos. Vestía un traje propio de la cultura del país de donde al parecer procedía, la antigua Grecia. Debido a que Iustitia era la representación de una idea realmente vieja, su moda no correspondía a la Aquea, ni a la Dórica, como se creería, sino a la Pelasga, la original de esas tierras. Contrario a la concepción decimonónica extendida hasta nuestros tiempos sobre los atuendos griegos y su supuesta elegancia, lo que Iustitia llevaba puesto no pasaba de ser un saco de lino con un hueco para introducir la cabeza; en otras palabras, un poncho largo rectangular: donde las partes más largas del rectángulo colgaban y cubrían la parte frontal y trasera de la persona que lo vestía; los costados se presentaban a la vista completamente descubiertos. Para ceñir esta prenda al cuerpo, un cinto era usado rodeando ambos extremos, el delantero y el trasero. Cinto que, a modo de correa, evitaba la separación excesiva de ambos extremos del lino y así ocultaba un poco de piel a la vista de un tercero. Por ser la época griega bastante laxa frente al pudor y el exhibicionismo, y, al no existir lo que ahora llamamos ropa interior, básicamente quien estuviera vestido a la moda pelasga mostraba prácticamente todo. Bueno, no todo; para algo era ese lino a final de cuentas.

Si una persona, durante una conversación casual con una interlocutora vestida a la pelasga, hace acopio de la paciencia suficiente para cambiar de vez en cuando de perspectiva y se concentra cuando la entrevistada se reacomoda en su silla cada tanto, podrá ver sus senos entre los laterales de su túnica, si ella se agacha lo suficiente. Pues bien, el funcionario superior contó con la paciencia necesaria y cambió la posición y la dirección de su mirada en variadas ocasiones pero continuaba con evidentes deseos de observar más, porque como buena mujer que Iustitia era, inconscientemente se inclinaba lo suficiente para que su interlocutor notara la forma como sus redondeados senos nacían, pero no tanto como para enseñar su final. Así, el agente aduanero, de pie, con su vista desde lo alto dirigida hacia abajo, aparentando anotar algo en el formato de ingreso, podía con sus ojos recorrer el lado descubierto de Iustitia y confirmar lo ya narrado: en la moda pelasga no se poseía ninguna prenda debajo de la túnica. Desde los hombros hasta los pies, entre ambos laterales del grecoponcho, era visible una continua línea de piel, solo interrumpida por el paso del cinto en su cintura; por ningún lado se observaba el tirante de un brassière o de unos calzones. Iustitia se encontraba sentada, la parte delantera de su túnica fluía entre sus piernas, dejaba a plena vista ambos muslos y ocultaba, a duras penas, la zona del cuerpo que más quería nuestro agente ver; por lo tanto, entre preguntas y contra preguntas solo le restó imaginársela.

El fino y delicado rostro de Iustitia se encontraba al natural, sin adornos, bronceado por el sol mediterráneo. Su nariz, curva, aportaba un toque de rudeza en sus facciones; las cuales eran acompañadas por unos labios finos, un par de ojos oscuros y pelo negro. No era una belleza, aunque no estaba mal, la importancia, a ojos del agente, no era su rostro, lo primordial era su casi desnudez.

— Asecas, Iustitia, tengo el deber de informarle que usted se encuentra en esta oficina porque no cumple con todos los requisitos para ingresar al país, por lo tanto, nos encontramos aquí para legalizar la orden de deportación a su país de origen, pero, primero lo primero, ¿puede abrir su maleta para constatar que nada prohibido se encuentra en su interior?

— ¿Me deportan? —, preguntó Iustitia sorprendida.

— Señorita Asecas —, dijo el oficial con un deje de impaciencia. — No tengo tiempo para lloriqueos y disculpas, usted será deportada; no hay posibilidad alguna de evitarlo. Así que evíteme y evítese molestias. ¡Abra su maleta!

Iustitia observó con cierto recelo a su interlocutor. No parecía ser una persona que tuviera alguna consideración especial por los demás, mucho menos frente al sexo femenino. Poca educación habrá recibido, pensó ella, porque no había razón para levantar la voz de esa manera, más si se trataba de una nimiedad, un simple requisito de ingreso. Pensó en manifestar algún razonamiento para convencer al oficial sobre la importancia de su estadía en el país, pero luego lo miró a los ojos; observó en él tanta desidia, tanto fastidio, tanta desgana, esa pereza que caracteriza siempre al burócrata cuando debe de su sillón pararse, que desistió. Se agachó para tomar su maleta; examinó donde ponerla, no encontró donde. Una mirada interrogante suya se posó sobre el agente; éste, con una mueca brusca, le hizo entender que era allí mismo donde debería hacer todo. Iustitia ignoraba que así, arrodillada de esa manera, su vestido, debido a su postura e inclinación natural de las telas a moldearse según la ley de la gravedad, dejaba a la vista, desde la perspectiva superior del agente, la presencia de sus pezones, hasta ese momento ocultos. Ellos, de una proporción perfecta para el tamaño de los senos que los portaban, no siendo muy grandes, habían sido endurecidos y extraídos de su cálido letargo por cuenta del frío capitalino; un gran plus en cuanto a las consideraciones del único testigo de su exhibición.

El superior se deleitaba con el movimiento de los senos, la manera en que se ocultaban y reaparecían los pezones dependiendo de la posición que Iustitia tomaba al intentar abrir su vieja maleta que se resistía a sus esfuerzos. Iustitia, con un esfuerzo desproporcionado para el tamaño del candado que manipulaba, logró mover los seguros, abrir la maleta, mostrar su contenido. Volteó su mirada hacia el superior de aduanas; lo encuentró concentrado en ella, no en su equipaje. Él todavía lagraba ver un pedacito de la areola derecha, sonreía al imaginarse el resto; no tenía mucha preocupación por lo demás. Halló bastante intrigante todo ese espacio visible entre ambos senos; un cañón que se perdía, al descender por el tórax, entre las profundidades de la tela y la piel, ocultándose bajo la oscuridad creada por los pliegues del vaporoso atuendo. En el lado exterior del lino, la mirada del superior se detuvo en sus rodillas, expuestas fuera del traje, apoyadas en el suelo. Al frente de éstas, se ubicaba la maleta con una balanza en su interior. La mirada continuaba deambulando de las rodillas hacia unos muslos que se escondían bajo la única tela que la cubre. Arriba, sus ojos encontraron otra mirada, la de Iustitia, ella ya intuía que buscaban los suyos. La mirada de Iustitia suplicaba por una reacción del ensimismado superior. “¿Una balanza?” Reaccionó intempestivo nuestro personaje. Volvió a ella; ya se había reacomodado para nada mostrar; bajó la mirada, encontró la maleta y su contenido.

— ¿Una balanza? ¿Para que trae usted una balanza?

— Es un símbolo, ¿me entiende? —, respondió aliviada por captar su atención. — Mi pretensión con ella, es que se vea de forma didáctica la idea que pretendo transmitir. La balanza demuestra que todo daño causado, si lo ponemos en un lado de la balanza, debe ser correspondido por un castigo o reparación equivalente. He aquí la utilidad de este aparato; si el daño o afectación que se le ha perpetrado a la sociedad, o a un individuo, es castigado de manera excesiva, resulta una injusticia, porque lo justo sería castigar proporcionadamente, no vengarse. Por el contrario, si el castigo es menor al daño causado, el que sufrirá la injusticia será quien en un principio ya había sido afectado por el daño, es decir, sería víctima dos veces, del daño causado y de la ausencia de justicia. Por eso, la justa medida se encuentra más que bien representada por la balanza, si ambas cargas se hallan equilibradas, la justicia prevalece sobre la sed de venganza y la anarquía. ¿Soy clara?

— No, no entiendo —, reconoció el agente con aparente interés. — Por qué no toma usted la balanza y me muestra.

¡Regio! ¡Delicioso! Se deleitó; Iustitia cayó en su trampa. Se desacomodó la túnica al inclinarse para tomar la balanza; sus lindos senos volvieron a asomarse para gratificar la vista de nuestro agente aduanero. Iustitia alzó la balanza, ignoraba el real interés del funcionario, se levantó sosteniéndola con firmeza en su mano derecha, con la izquierda tomó uno de los platos y lo movió hacia abajo.

— Imaginémonos que este peso, que empuja un lado de la balanza, es un crimen menor; por ejemplo, el robo de un pan por parte de una mujer que no tiene dinero para alimentar a sus hijos. En el otro lado de la balanza se encuentra el panadero, quien ha sido robado…

— Así no, así no —, interrumpió el agente; había perdido el interés por lo que Iustitia tuviera para decir. Ella, al levantarse, con su balanza había cubierto la zona de su cuerpo que el hombre deseaba tanto ver. El agente, sin disimulo, con afán de recuperar lo perdido, le ordenó sentarse de nuevo en la silla. — Puede explicármelo sentada, estará más cómoda; el procedimiento para deportarla toma su tiempo —, le informó mientras observaba concentrado el escote, con la esperanza de que algo volviera a asomarse.

Iustitia reconoció de inmediato la dirección de la mirada; la había experimentado en incontables ocasiones. No acostumbraba sentir pudor, no se intimidaba ante situaciones de desnudez, aceptaba la naturalidad del cuerpo humano; al fin y al cabo somos animales y no venimos precisamente al mundo con ropa. Consideraba lógico el deseo y curiosidad por parte del funcionario frente a su juego de té, el hombre era un mamífero, tenía hormonas, no hay nada más natural que reaccionar bajo su efecto; a fin de cuentas ellas dictan buena parte de nuestro comportamiento.

El caso es que fue muy notorio que la mirada del agente solo se encontraba focalizada en un punto que únicamente evocaba actos sexuales. Iustitia no se sintió ultrajada, pero tampoco cómoda; que el hombre tuviera sus pensamientos, allá él, pero que se reflejaran impresos en su rostro de animal en celo eso si la hacía sentirse incómoda; sería inocente, pero bastante tiempo de su vida la había pasado en su tierra natal para contar con cierta experiencia en esas materias. Solo debía tomar el ejemplo de sus dioses para saber todas las formas y motivos que existían para copular desaforados, procrear hijos como conejos y cercenar miembros sexuales por cualquier contratiempo. Nada de eso iba a suceder; Iustitia lo sabía. Era ingenua para los estándares de su tierra, pero el hecho que fuera una mujer que encarnaba una idea alturista, no significaba que fuera casta y pura. Cada vez que sus naturales hormonas se lo pidieron, sus piernas al primer llegado abrió; cuando no eran hormonas, sino simple tedio, a los conocidos también su calor interior compartió.

Sin embargo, por mucho que las hormonas del funcionario le obligaran a comportarse de esa forma, para Iustitia, encontrarse en medio de un embrollo burocrático, no era un momento ideal para excitarla, menos al ser virtualmente desvestida por ojos lascivos del hombre, sin contar con el bulto en su pantalón, hasta ese momento oculto a la mirada de Iustitia, pero al ser de una notoriedad protuberante, no le dejaban dudas sobre el estado anímico de su interlocutor. Con sumo cuidado de ocultar la mayor cantidad de piel posible se sentó, tomó su balanza y miró al agente.

— ¿Quiere que le explique todo otra vez?

El agente, al notar la posición tensa tomada por ella al sentarse, además de su fría mirada, supo que el futuro le prometía que nada de su interés vería; se había delatado.

— No se preocupe, no gaste su energía, de todas maneras su explicación no le va a ayudar para quedarse en el país, así que mejor empecemos. ¿De cuál país proviene usted?

— De ninguno, y de todos.

— Ahhh, esto va a ser largo —, suspiró el agente. — Vea, hágame un favorcito: estas preguntas no son para llenar por llenar un papel. La interrogo simplemente para averiguar cuando hay un vuelo para su país y poderla embarcar, ¿me entiende?

— Sí, sí le comprendo, pero la verdad, yo no vengo de ningún país, soy una idea; las ideas no tienen nacionalidad.

— Déjelo mejor así, pero sepa y entienda, si tomo el teléfono será para llamar al juez. Una vez que él esté presente en este cuarto, no habrá tu tía que valga; no será enviada al primer avión que salga, sino para la prisión más cercana.

— Para ingresar a una prisión debo primero cometer un crimen; hasta ahora, que yo sepa, no he cometido ninguno. Con amenazas, o sin ellas, nada me podrá hacer.

— ¿De dónde es?

— De ninguna parte y de todas.

— Aló, vea niña, llámese al juez y dígale que acá hay un caso difícil, que se venga lo más rapidito que pueda, ¿ok?

Silencio. Iustitia oyó la llamada telefónica sin decir palabra. Él se acomodó en su silla y se quedó mirándola concentrado en espera que esa rigidez por fin cediera y mostrara sus atributos en algún cambio de posición. Ninguno respiró, ninguno se movió, nada sucedió. La lucha terca y silenciosa entre la lascivia y la frialdad, no permitió que ninguno de los dos moviera tan siquiera un músculo. La escena que el juez encontró, al entrar a la oficina, fue una mujer ligera de ropas, mirando fijamente la cara del agente, que a su vez, se encontraba concentradísimo en el pecho de la chica.

— ¿Cuál es el problema que tenemos aquí? —, preguntó rompiendo la concentración de ambos contrincantes.

Retomando la compostura, agitado, el superior comenzó: — Señor juez. Tiene frente a usted a Asecas, Iustitia de nombre. Se ha negado a suministrar información sobre su procedencia al agente migratorio y a mi persona. Lo he mandado a llamar para que la haga entrar en razón para poderla deportar, o en caso contrario, para que la encarcele por el delito que a usted le parezca.

— ¿Qué datos tiene sobre ella? —, demandó sin siquiera mirarla.

— Nada, solo este pasaporte.

El juez lo tomó, lo mira con detenimiento, leyó el nombre Iustitia. Se preguntó dónde estaba el Asecas.

— ¿Por qué afirma que la señorita es de apellido Asecas?

— Ella misma nos lo dijo, ¿o no es así? —, se dirigió irritado a Iustitia.

— No, no es así —, respondió desafiante. — No tengo el apellido que el señor agente me imputa.

— ¿Ahhh no? —, ironizó irritado el agente. — Entonces, ¿porque no nos ha corregido nunca?

— Pues lo corrijo ya, para que no se confunda más. Mi nombre es Iustitia, tal como lo dice el pasaporte, Iustitia a secas

— Sí la ve, sí la ve —, gritó desesperado el agente. — Señor juez, ¡ésta nos está tomando del pelo!

— En realidad, el nombre o el apellido no es el problema; esta chica no tiene un pasaporte válido.

— Sí lo es —, interrumpió ella.

— No, no lo es —, manifiestó tajante el juez. — ¿Podría decirme de cual país proviene este papel? —, levantó el pasaporte agitándolo a la altura de la cara de Iustitia.

— No proviene de ninguno, simplemente es mi pasaporte.

— Asumamos que es válido; si usted tuviera algún problema en este país, a que embajada llamaría.

— A ninguna, yo nunca tengo problemas, no he tenido y no tendré; por algo soy lo que soy: equilibrada y justa. Si fuera detenida, sería bajo alguna arbitrariedad, como parece que ustedes lo están haciendo…

— ¿Arbitrario? —, interrumpió con sorpresa el juez. — Igual, justo o injusto, usted debería tener la posibilidad de llamar a su embajada para que le ayuden a defenderse.

— Yo necesito funcionarios que defiendan la idea que encarno; no que me defiendan a mí. ¿Y usted, qué haría si tuviera problemas en otro país? ¿Qué sucedería si fuera detenido bajo los débiles pretextos que ahora exhiben conmigo? A qué país acudiría, ¿al suyo?

— Señorita Asecas —, dijo el juez irritado. — No tratamos sobre mi país sino sobre suyo. Si tuviese un contratiempo, de cualquier tipo, ¿a qué país acudiría?

— A ninguno.

— ¿Qué hacemos? —, preguntó el agente al juez.

— No sé. Ella se encuentra en un limbo jurídico; si no es de ningún país, entonces no existe, le podría pasar cualquier cosa y no habría nadie a quien responderle—. Se dirigió a Iustitia: — ¿Qué tiene usted para decirnos?

— Nada —, respondió tajante. Se acomodó tranquila en la silla, se inclinó y apoyó los codos sobre las rodillas para hacerles ver que no tenía intenciones de seguir con este juego y que si la cosa iba para largo, ella no tenía problemas.

A los ojos del juez aparecieron, como estrellas fugaces, un par de pezones que hasta el momento no había notado. Un poco incómodo por la atracción que estos ejercían sobre sus ojos, cual poderosos magnetos, apartó la mirada y la detuvo sobre el agente superior, quien se encontraba concentrado en los pechos de nuestra protagonista y no se daba por enterado de la mirada del juez.

— ¡Agente superior! —, bramó.

Éste se volvió nervioso en dirección del juez: — Sí, ¿señor?

— Espere un segundo —, murmuró pensativo, retornó su mirada a Iustitia. — ¿Comprende usted que si tiene problemas en Colombia, no tiene a quién acudir?

— Sí —, respondió ella con aspereza.

— Agente superior, ¿ha realizado la requisa reglamentaria a esta dama?

— ¡Sí señor! Revisé personalmente la maleta; tiene una balanza y nada más.

— ¿Una balanza?

— Sí, una balanza.

El juez trató de evitar los pezones de Iustitia mientras sus ojos buscaban la maleta con la balanza. Al final alzo su mirada y encontró el rostro de Iustitia; no encontró ninguna expresión.

— ¿Ya requisó a la señorita?

— No. ¿Señor? —, interrogó el agente con su mirada, confundido al ver lo poco que se podía revisar en una dama vestida con un traje, donde prácticamente todo se podía ver.

— ¡Requísela!

— Señorita, póngase de pie para una requisa —, pidió con poca firmeza el agente.

Iustitia pbedeció. El agente, preso de los nervios, comenzó el proceso. No sabía muy bien dónde poner sus manos, eran pocos los lugares con algún tejido, pero ante la presión del juez, y su propio nerviosismo, hizo el procedimiento lo más superficial y rápido posible.

— No tiene nada.

— ¿Ya revisó si la tela que la cubre tiene doble fondo?

— Es tan delgada que no sería posible —, respondió.

— ¿Cómo lo sabe? ¡Revísela!

— ¿Cómo?

— Dígale que se la quite.

— Pero —, advirtió inquieto el agente. — ¡Quedaría completamente desnuda!

— No, no creo —, replicó serio quien comandaba la situación. — Ella debe tener ropa interior; nadie viaja sin ropa interior.

A estas alturas Iustitia comprendió hacia dónde quería llegar el juez, su nerviosismo se acrecentó. Bastante fastidio le había generado haber sido tocada, manoseada, por el tembloroso y sudoroso oficial. Un frío recorrió su cuerpo, comenzó a sufrir náuseas, su estomago se congeló, comenzó a notar un sabor ácido en su garganta; la nueva evolución de su situación le provocó unos escalofríos y una ansiedad que su cuerpo apenas toleraba.

— No tengo ropa interior —, aseguró en voz baja, casi en un murmullo. Apenada, miró hacia el suelo.

— Eso no es nuestro problema —, manifestó autoritario el juez. — Nuestro deber es requisar y revisar que las prendas no tengan doble fondo; mas cuando se trata de una persona que no colabora con la autoridad. Si este procedimiento no le gusta, bien puede quejarse ante la embajada de su país, ellos le ayudarán.

— Está bien, está bien —, cedió Iustitia. No tenía ninguna embajada ni funcionario que la defendiera; ante la amenaza de presentarse desnuda frente al par de personajes frente a sí, demostró su interés por colaborar. — ¿Qué necesitan saber?

— Ahh, ¡por fin! —, exclamó aliviado, el angustiado agente, quien ya no aguantaba la tensión producida por la situación. — ¿Nos va a ayudar?

— ¿Si les respondo me dejan ir? —, contracuestionó inquieta a sus interlocutores.

— No la podemos dejar entrar a nuestro territorio —, le respondió el agente. — Pero si responde a nuestras preguntas, le permitiremos escoger un destino para salir del país, ¿Cierto?—, se dirigió esta vez el nervioso agente hacia el juez.

— Solo si lo hace bien —, respondió este con desgana.

— ¿Nombre? —, preguntó el juez.

— Iustitia.

— ¿Apellido?

— No tengo, soy Iustitia a secas.

— Señor agente, revise las prendas de esta señorita —, comandó con una sequedad que no admitía derecho a réplica.

— No, no por favor, se lo aseguro, no tengo apellido, soy Iustitia a secas —, dijo temblorosa. Ahora sus lágrimas se asomaban por sus ojos, cruzó sus brazos para proteger su pecho.

El agente miró suplicante al juez, la dura mirada que recibió, le respondió lo que no había preguntado a viva voz. Se acercó vacilante a Iustitia; quien a su vez, retrocedió hasta que la pared le impidió continuar. Observó, llena de terror, al agente acercarse; volteó su mirada con ojos suplicantes hacia el juez.

— Señorita, bien puede usted colaborar con la autoridad y quitarse su vestido —, le comandó indiferente. — O el señor agente procederá a hacerlo por la fuerza.

— ¡No! ¡Ninguna de las dos!—, gimió ella sumiéndose en el llanto.

El agente aprovechó esa distracción; se acercó con rapidez, asió a Iustitia firmemente con una mano, con la otra agarró el cinto que rodeaba su cintura. Con agilidad, ella, girando a medias, tomó la mano que intentaba soltar el cinto, impidiéndole finalizar el movimiento.

— Juez, ayúdeme. ¡La señorita está dificultando el procedimiento! —, gritó al verse sometido por una débil mujercita.

El juez, mientras el agente y Iustitia forcejeaban, se quitó su abrigo. Acto seguido, se acercó a la lucha; con una potente llave de brazo inmovilizó el cuello de Iustitia, obligándola a inclinarse bajo su peso. Iustitia tras soltarse del agente para defenderse de esta nueva amenaza, advirtió el cinto de su vestido en completa libertad. El agente, de nuevo en control de la situación, se aferró al cinto; en un movimiento decidido lo desanudó. Los tres, enlazados unos con otros, intentaban alguno de los siguientes: Iustitia luchaba para no ser desvestida ni dominada, el juez intentaba con toda su fuerza de dominar y someter a Iustitia y por último el agente intentaba como bien podía, entre los bruscos movimientos de los otros dos, terminar de quitar el cinto y el grecoponcho de Iustitia. Al final, en un tropiezo, el agente perdió el equilibrio y se llevó consigo a los demás.

Una parte del vestido acabó en manos del juez; la otra, alrededor del cuello de Iustitia. La pobre se encontraba completamente desnuda. El agente volvió a la carga. Su víctima al notarlo, puso su pierna como barrera frente al agresor. El agente no retrocedió ante eso; tomó la pierna que trataba de impedir su acercamiento, la levantó con fuerza, y dejándose caer sobre la que servía de apoyo contra el suelo, impidió cualquier otro tipo de movimiento. Desnuda, con las piernas abiertas, Iustitia se revolcó con el agente para evitar ser sujetada. Para ese momento, el juez tenía toda su ropa en sus manos; no la revisó, la lanzó a un lado. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre Iustitia para inmovilizarla. El cuerpo del agente sentado sobre la pierna izquierda de Iustitia, la aplastaba contra el suelo; sus manos continuaban aferrado con fortaleza la otra pierna de la chica, estirándola en el aire. El juez, por su lado, puso su rodilla sobre el pecho de la sometida. Con sus dos potentes manos inmovilizó sus débiles brazos, hasta ese momento libres y batallando. La logró dominar al sentársele encima. Al verse aprisionada, con dos sujetos sentados sobre ella, Iustitia se contorsionó para liberarse, no le fue posible; era demasiado peso para sus débiles músculos. Cuando se rindió a lo inevitable, se dejó asir sin oponer resistencia.

Aferrado con todas sus fuerzas a las piernas de su víctima piernas, a los ojos del agente se materializó una cosa: una mata de enrollados pelos que bastante mal cubrían la vagina, expuesta a él, justo a pocos centímetros de sus ojos. Esta maraña nunca había conocido cuchilla de afeitar; las ideas no se afeitan, vienen tal como son. Iustitia solo es mujer, porque presentar una idea altruista bajo el cuerpo de un carnicero alemán, es posible que no ilusione a muchas personas. Así que, al ser mujer, vagina tenía; al ser idea, cuchilla de afeitar, no. Poco o nada le importaban estas consideraciones morfológicas y estéticas a nuestro agente superior; esa vagina, tan cerca de su cara, al estar ambas piernas abiertas de par en par, se presentaba con más detalles interiores de los que normalmente podría detallar en su pudorosa mujer. El juez no observaba nada de esto; se encontraba sentado sobre el pecho de Iustitia, le daba la espalda a lo que tanto deleitaba al agente. Eso sí, el juez debía, a su pesar, aceptar que todo esto le producía bastante placer a pesar de saberlo ilegal; sentir los senos de Iustitia estrujándose apretados entre sus muslos, le generaba una erección apenas contenida dentro de sus calzoncillos.

De modo intencionado, el agente se reacomodó. Cambió su brazo de lugar; en vez de asir la pierna de Iustitia en la forma incómoda en que se encontraba, bajó su mano y sujetó con fortaleza el muslo de su víctima, cerca al objeto de su deseo. Al mismo tiempo movió su pierna libre, situó su rodilla sobre el muslo de la pierna que Iustitia apoyaba extendida, impidiéndole movimiento alguno. En esta posición, logró liberar una mano; además, pudo ocultar la enorme erección que delataba su excitación. Iustitia se revolcaba y contorsionaba ante el nuevo contacto, logrando que el juez perdiera el equilibrio. El jurisconsulto, al no encontrar de donde asirse, le agarró el pelo con su mano libre; con la otra, le apretó el seno izquierdo. Iustitia aulló de dolor.

— Quieta, quieta —, le susurró el juez. — Esta es una actuación de la justicia nacional; usted, como objeto procesal, debe dejar que la justicia actúe en derecho y aplique la jurisprudencia correspondiente al caso.

— ¿Y cuál es mi caso? —, aulló dolorida.

— Que no tiene quien la defienda y se encuentra usted en manos, esta vez, literalmente hablando, de la justicia colombiana; y yo, su representante, le mostraré lo que es una actuación balanceada.

— Señor agente —, ordenó en tono autoritario. — Revise que la dama no esconda algún objeto prohibido.

— Sí, señor juez —, respondió alegre el agente, quien había perdido del todo su nerviosismo inicial. Acto seguido, con su mano comenzó a jugar con la mata de pelos que tenía justo al frente. Los jalaba aleatoriamente, entreteniéndose con ellos; después, con brusquedad, sin preámbulo, con su dedo índice la penetró. Iustitia se revolcó y gimió en rechazo a lo que sentía en su interior.

“¿Qué me está pasando?”, se preguntó Iustitia, al no comprender el porqué, de repente, se encontraba en semejante situación. Tan solo cinco minutos antes discutía sobre un malentendido burocrático. ¡Ahora se encontraba desnuda, con dos cerdos encima!

Invadida y ultrajada, una sensación terrible se apoderaba de ella; ya no era uno, sino dos cálidos dedos jugando en su interior. Intentó gritar, pero el juez jaló su pelo de un lado para el otro con fortaleza, golpeando su cabeza repetidas veces contra el suelo. La mano que sujetaba con tanta ferocidad su seno, ahora le tapaba su boca para evitar que sus gritos alcanzaran el hall principal, donde algún pasajero pudiera oírla.

Entre tanto dolor y conmoción, comienza Iustitia a notó, a pesar del terror, asco, repudio y fastidio que a su cuerpo recorría, su vagina humedeciéndose. Advirtió, horrorizada, que ella misma, con su involuntaria excitación, estaba facilitando el juego de una mano que no veía, pero que sentía invadirla hasta su más hondo interior. Indignándola, ultrajándola y humillándola de tal manera, que solo consiguió sentirse culpable de ayudar a tan ruin abuso. Trató de nuevo resistirse, se contorsionó, forzó sus piernas, pero no las logró mover, se encontraba completamente sometida.

— Calma, calma, estamos en la audiencia preparatoria —, se rió el juez mientras giraba su cuerpo para ver que sucedía detrás suyo. — Este es un procedimiento exploratorio. Si no tiene nada que ocultar, deje que la justicia investigue.

Cuando el juez trató de voltearse, Iustitia notó un poco de campo para liberarse, se retorció en rebeldía. Un mazazo cayó intempestivamente sobre su rostro; el impacto robó todas sus fuerzas en un solo instante. El juez había decidido detener la resistencia del sujeto procesal con un fuerte puñetazo. Un líquido cálido comenzó a descender por la cara de la sometida; aunque nada veía y su cabeza vueltas daba, comprendió, dentro de su estupor, que el juez giraba sobre su costado hasta darle la espalda. Pasó su lengua alrededor de su boca, pudo adivinar la falta de varios dientes; otros se habían quebrado. Sufrió un terrible dolor; el golpe, al parecer, había quebrado su quijada. Todavía inmersa dentro de la nube en el que el impacto había dejado, percibió varias manos tocando, dentro y fuera, todo su cuerpo. Pasó un periodo de insensibilidad, el mundo iba y volvía, todo, a veces era negro, a veces blanco, la inconsciencia la abrazaba y la abandonaba en lapsos intermitentes. En un instante de consciencia, abrió sus ojos; ya no tenía al juez sobre sí, este se encontraba sobre sus piernas, donde antes estaba el agente concentrado en su vagina. Un inmenso dolor, como si se desgarrase de adentro para afuera, le advirtió la existencia de una mano completa jugando en su interior. El entumecimiento en el que se encontraba su adolorido y mancillado cuerpo, no le permitía reaccionar para defenderse, solo poseía suficiente sensibilidad para percibir lo que con su cuerpo hacían. “¿Dónde está el agente?”, se demandaba confusa; lo encontró un poco más alejado, junto al escritorio, doblando, con toda la calma del caso, un pantalón que debería tener puesto. Observó, con terror, un erecto pene balanceándose en su rigidez al vaivén de los movimientos de su propietario. Intentó gritar; el dolor en su quijada era tanto, que no logró abrir su boca. Entonces gimió.

Una masa cálida se abrió paso dentro de su cuerpo, un puñal que la atravesó, solo que no dolía. Era una presencia, que cada vez que se profundizaba en ella, le robaba las pocas energías restantes para luchar, perdió el deseo de revelarse, de defenderse; pareciera que con cada envión, su fuerza disminuía. Era el juez. Consciente de su impotencia, se relajó, dejó que el constante ir y venir que la invadía, pasara lo más desapercibido posible. Lamentablemente, por más que lo intentara, eso no sucedía; era imposible ignorar una masa moviéndose en su interior. Las náuseas, siempre presentes desde el principio, se hicieron incontrolables, cada vez mayor repulsión le producía su situación. Preguntas flotaban en su cerebro cuando su mente transitaba, intermitentemente, por periodos lúcidos: “¿Qué me sucede?”, “¿Por qué me hacen esto?” Sin embargo las respuestas nunca obtenían respuesta; acaecía primero un periodo de semiinconsciencia en el que todo se volvía confuso.

Sus ojos a duras penas enfocaban el ambiente, tolo lo que sucedía a su alrededor era percibido por Iustitia como una mancha mas o menos reconocible. En un nuevo intento de comprender donde se encontraba, giro su rostro hacia los paneles que la separaban del hall de inmigración, pero a sus ojos apareció, a pocos centímetros de su rostro, lo que parecía un miembro erecto. Focalizó su mirada y en efecto, lo era. A una carcajada le siguió la voz ronca burlona del agente simulando parecer suave: — Se va a comportar señorita Asecas. Dentro del proceso judicial, debemos ahora proceder al peritaje oral —. Acto seguido, intentó posicionarse para introducir el pene en su boca.

El procedimiento resultó un fracaso absoluto. Es de tener en cuenta que en la vida real las cosas no funcionan igual al porno en internet. Por algo venderán libros con posiciones sexuales recomendadas; no solo hay que tener en cuenta las articulaciones y la elasticidad de movimientos propios, sino también, es de obligatorio cumplimiento, el contar con las posibilidades motrices y flexibilidad de la contraparte. Si, como en este caso, el orificio a penetrar se encontraba en un ángulo fuera del alcance de un movimiento lineal; además, no contaba con la colaboración debida, la operación se demostró imposible. Iustitia emitió ciertos gemidos que un oído agudo podría haber tomado por un, “no, por favor no”; pero, dado que el interlocutor estaba más interesado en acallar esos sonidos que en entenderlos, la tomó con fuerza del pelo a modo de palanca, la atrajo con fuerza en dirección a su pene. Se arrodilló en un ángulo bastante incómodo para introducírselo por la fuerza en la boca, pero, aun así, encontró resistencia. Decidió, ante la dificultad, ablandarla a golpes con una basurera metálica que encontró al alcance de su mano. Una lluvia de impactos contundentes se abatió sobre la cara de Iustitia. Frente al dolor generalizado en su cabeza, poco percibió los golpes individuales; advirtió solo los impactos que recibió en partes de su rostro, hasta ese momento intactas. Antes de desvanecerse en la inconciencia, notó una extraña sensación jamás sentida; su ojo explotar dentro de la cuenca ocular. Perdió el conocimiento.

La violación siguió su curso con todas las de la ley. Colaboraba el hecho que la víctima ya no oponía ninguna oposición, valga la redundancia. El juez y el agente nacional tenían entre sus manos un juguete, una muñeca inflable de carne y hueso con tres orificios que por tandas fueron llenados, percutidos y ampliados con violencia dependiendo de la necesidad del caso y los hurras que emocionaran al señalado.

Pasado un tiempo, la nebulosa que cubría a Iustitia iba cediendo espacio, de a pocos, a una agonía indescriptible. Punzadas de dolor recorrían todo su cuerpo. Advirtió estar boca abajo, sobre un charco de un líquido viscoso y cálido, su sangre. Sangre que la adhería a un piso helado. Su boca, abierta contra el suelo, emanaba sangre que se deslizaba hacia el exterior; la podía gustar. Lentamente, otro líquido viscoso, de textura y sabor diferente, se introducía en su boca por los agujeros donde antes había dientes, le producía arcadas. No podía abrir sus ojos. En el ojo izquierdo tenía la sensación de estar tan hinchado, que iba a explotar por sí solo; el derecho, lo percibía vacío, un hueco adolorido, justo el lugar donde emanaba el líquido que se introducía con lentitud en su boca. Lo que sentía en su bajo vientre, por detrás no lo podría describir, eran varios dolores y solo uno, eran tan intensos y tan constante que sentía su cuerpo paralizado de la cintura para abajo. “Habré quedado paralítica?

ltre sus manos un juguete, una a para abajo.eran tant intensos y tan constante que sentaso y la ntre sus manos un juguete, una “, se preguntó. Intentó mover un dedo del pié. Una punzada de dolor le hizo gemir.

El centro de su cabeza, colonizado por un pitido constante de aturdimiento, no le impidió oír las últimas palabras de sus victimarios.

— ¡Está despertándose! ¡Pegale! ¡Pegale! ¡Mejor salgamos de ella!

El mundo de Iustitia, por fortuna, con un impacto seco se sumió en un silencio, en una oscuridad, en una insensibilidad, que ella agradeció. Abrazó las tinieblas con alivio, por ellas se dejó cubrir.

*                *                *

La teniente Sáchica recibió una llamada; su reacción, ante la llamada, indicaba que era una clasificada como importante. Con suma atención oyó lo que su interlocutor le informó, respondió afirmativamente y colgó. Presta para actuar, corrió al cuarto de control de la comisaría para buscar refuerzos entre sus compañeros presentes; no había nadie, todos se encontraban ocupados con el partido de futbol. “¡Como si por ese par de equipuchos hubiera alguien que quisiera pelear!”, se pregunto desolada. “¡Son miles quienes lo hacen!” ¿Cómo logran extraer de su cuerpo energías para luchar entre ellos, después de esos tediosísimos partidos?, eso nadie lo sabe; la misma teniente Sáchica se lo preguntabq con frecuencia. Lo que sí sabía, era que media policía debe localizarse allí para que la ciudadanía no se matara por ese par de equipos sin importancia. — Está bien, no hay nadie, igual, no es ningún problema —, se dijo. Tomó su arma, buscó con afán, en el cuarto del fondo, un cuchillo. Al salir de la estación, corrió. Por ser el lugar donde fue llamada, relativamente cercano, continuó a pie. Según le habían informado, era necesario el sigilo; en este tipo de situaciones de emergencia, era de suma importancia entrar de incógnito. Ya cargaba con la culpa de una operación fallida, la de enero. Esa vez fue culpa del idiota de Jaime; las tres de la mañana no eran horas para mandar whatsapps. No fue error de la teniente, no tenía como saber que Jaime se le ocurriría emborracharse y llamarla a esas horas; sin embargo, todos los compañeros la habían culpado a ella. Así, aunque Jaime hubiera sido forzado a como castigo en un ayuno que aún no finalizaba, ese detalle nunca lo supieron en la comisaría, la sanción social contra la teniente quedó; alguien de la fuerza había que culpar Era lo más humano entre humanos: errar y ser señalado por los demás, y siendo claros, sí, sí fue su celular el que saboteó la operación de enero y a todos puso en riesgo, además de cortar en seco las oportunidades de promoción de todos los integrantes del operativo, ni que decir de las vacaciones por éxitos operacionales, en fin, ya había hecho mucho daño, esta vez no podía fallar.

Jadeaba, trata de respirar, no lo lograba, era demasiada la altitud, la teniente provenía de otra región, no estaba acostumbrada a la altura capitalina. Aunque creía desfallecer no se detuvo ni un solo segundo. Su futuro en la policía dependía de misiones de este tipo, no fallaría otra vez. Estaba mentalmente preparada para llegar a tiempo donde la víctima, y con su actuación, todos los que se encontraran en riesgo, su pellejo podrían salvar y a ella tendrían que agradecer..

*                *                *

Después de despedirse, Don Sergio, como le decían, tomó su bolsa con mucho cuidado para que los huevos no se quebraran. Descendió las escaleras que comunican el mercadito con la avenida principal. Había prometido mil y una vez a sus amigos, hacerles unos omelettes españoles deliciosos. Los aprendió a hacer cuando vivía en España con Iker. Ahora, otra vez en el país, tendría que hacerlos ese mismo día, porque de tanto prometer y tanto incumplir, ya no quedaba una sola amistad, un solo conocido, que le creyera sus tan promocionadas habilidades gastronómicas. Los huevos se balanceaban dentro de la bolsa, puestos con mucho cuidado por el tendero sobre la mantequilla y las papas. No es que le hiciera mucha ilusión a nuestro protagonista ponerse a cocinar papas, más con todo el tiempo que necesitan para estar listas, pero esta vez tenía el Péndulo de Foucault de Eco; entre el libro y google, buscando masones y complots inexistentes, pasaría rápido y entretenido el largo tiempo de cocción.

En la avenida principal se encontraba con un tumulto de gente, todos tenían camisas rojas. — Ahhh, estos brutos —, se dijo. — ¡Este es el barrio de los azules! ¡Acá va haber camorra! —. Pensó. Para la integridad de los huevos, lo mejor sería tomar el callejón de la 34, de allí girar por la avenida Libertador y volver a subir por la 36. Tomó su celular, comenzó a marcar el primer número de sus amigos para advertirles que no vinieran por la avenida principal, sino por la Libertador. Ninguno le contestó. “Seguro pierden su tiempo, invadidos por el tedio, viendo el partido”, se imagino sonriendo. Entró en el callejón. Vio, al fondo, la luz de la avenida Libertador. Entre los muros del callejón solo habían puertas cerradas y bolsas de basura. “Lo que hay que hacer para proteger uno huevos”, se rio para sus adentros. “Aguantarse lo que huele este callejón. ¡Esta podredumbre de vecinos que tengo!”. — ¡Mis vecinos son unos cochinos! —, gritó, con la esperanza que alguno de los vivientes, de cualquiera de los dos edificios, le oyera y algo le respondiera. El silencio le respondió: su queja ha sido ignorada, intentelo de nuevo. Sergio tenía su orgullo, no lo hizo. Pateó a modo de venganza la primera bolsa de basura que encontró a su paso. Ésta gimió. Refunfuñando, siguió su camino hacia la avenida. ¡Se detuvo en el acto! Volteó su cabeza hacia atrás. — ¡Mierda! —, solo atinó a decir.

Con mucho temor, se acercó a la bolsa que había gemido. Mirándola con mayor detenimiento, notó que no era una bolsa, sino un plástico que envolvía algo. No había que ser un genio para saber que era ese algo. Si existe algún conocimiento adquirido, que el paso de la guerra entre las mafias ochenteras dejaron en el inconsciente colectivo, es que cualquier algo envuelto en un plástico, es siempre un alguien; además, cualquier persona que encuentre ese algo, lo primero que debe hacer, es poner pies en polvorosa y, durante ese proceso, tratar de olvidar todo lo acontecido y visto durante el día. Don Sergio no hizo nada de esto, ya lo hemos dicho, aprendió a hacer omelettes con Iker. Si lo hizo fue porque en España vivía, no tenía el reflejo nacional adquirido para este tipo de situaciones. — ¿Hay alguien ahí? —, preguntó a la bolsa.

Se sintió tan estúpido al notar la inutilidad de su propia pregunta, que evitó repetirla. Llenándose de valor, tomó el plástico y lo descubrió; encontró una rodilla ensangrentada. Unos diez centímetros bajo ella, pudo ver unos pocos centímetros de hueso que salían de un roto lleno de sangre coagulada. No se atrevió a descubrir más, ya se imaginaba el resto. Tomó su celular y llamó al número de emergencias.

No trascribiremos la conversación, pues la cantidad de insultos que profirió nuestro protagonista a la voz que le respondió en algún call center capitalino, podría ofender los ojos y sensibilidades de buena parte de los lectores. Don Sergio no era maleducado; diremos, para terminar el argumento, que la reacción oficial, ante la llamada, podría ser descrita como un, “ajá, bueno, muchas gracias por su llamada, mi nombre es Lady y que tenga una buena tarde”. Afortunadamente la ira fluyó con rapidez en Don Sergio; mediante los más creativos insultos que la lengua española jamás haya visto, obligó a la desidia oficial del call center, a teclear en su computador lo suficiente, para que de aquí a una hora, la ambulancia llegara a donde era necesitada. Para Don Sergio no habían dudas, quien fuera el propietario de esa rodilla, pocos minutos le quedaban. Sintió su deber el hablarle algo optimista para que resistiera, o por lo menos, muriera consolado.

*                *                *

Fue Jaime quien convenció a la teniente Sáchica, de empezar a trotar alrededor del parque del barrio. La primera semana la forzó a bases de súplicas y mensajes subliminales a trotar tres vueltas. A la siguiente, cuatro, después cinco, eso sí, pasadas de las cinco, cada dos semanas aumentar una vuelta hasta llegar a las veinte, el número mágico, con el cual ya tendría el estado físico suficiente para poder soportar la altitud capitalina. Para ser sinceros, la teniente sospechaba era un cuento para que ella bajase de peso y él pudiera mostrarla ante sus amigos con orgullo. Se dejó hacer, aunque los motivos no estuviesen aun claros, el ejercicio sirvió.

En esta carrera, la que describimos, la teniente corría por la acera de la avenida el Libertador como jamás ningún otro policía de su comisaria habría sido capaz de hacerlo. Jadeaba, a duras penas respiraba; pero, iba a llegar a tiempo para salvar la situación; tendría su bono por objetivos logrados; podría restregarle en la cara a todos en la estación que, mientras ellos cuidaban que los hinchas de futbol no se tirasen botellas; ella, sola, que es lo más importante, salvaría a alguien de una emergencia; afrontaría el peligro con carácter, y lograría, si no había algún suceso horrible en algún otro lugar del país, salir en el noticiero. Para esto solo tenía que pasar la avenida, buscar el callejón donde estaba la emergencia y actuar.

— ¡Policía!, ¡policía! —, oyó un grito a sus espaldas. Se había pasado, alguien la había visto y le gritó de nuevo: — ¡Aquí! ¡Ayuda!

La teniente, jadeante, volvió sobre sus pasos. En un callejón oscuro encontró a un señor junto a una bolsa de la que salía por un costado, parte de una pierna. Suspiró llena de tranquilidad; llegó a tiempo para salvar la situación.

— Siquiera ha venido —, se tranquilizó el señor. — Mire, acá hay alguien —, le indicó a la teniente.

— ¿Alguien más le ha ayudado? —, preguntó ella en tono profesional.

— Es increíble, llevo media hora acá y usted es la primera persona que veo, ¡Dios la ha enviado! Pero… —, observó frustrado el señor que los lectores habrán identificado como Don Sergio. — ¿Dónde están los paramédicos?

Como respuesta, la teniente Sáchica sacó su arma de dotación y le disparó dos veces: una en la cabeza, otra en el tórax; no era necesaria una tercera bala, Don Sergio yacía muerto al lado de Iustitia. Ella cubierta por el plástico, él cubierto por la oscuridad del callejón; ella yacía por la actuación judicial, él, por la policial.

— Llegué a tiempo —, se felicitó la teniente. — He salvado a los doctores.

Se acercó al cuerpo de Iustitia apuntando con su arma. Dos luces iluminaban el callejón. Se oían gritos, eran los paramédicos. Quien lo creyera; los insultos de Sergio funcionaron, la ambulancia, que nadie esperaba, llegó. La teniente tuvo el tiempo justo para esconder su arma. No pudo disparar a Iustitia, pero no creía que fuera un problema; en el estado en que se encontraba, dudaba mucho que de su boca alguna palabra salga. Para evitar que eso siquiera tuviera la posibilidad de suceder, esta misma noche, la teniente, visitaría el hospital para hacerle una visita. El país no toleraría otro escándalo judicial, esta vez las cosas se harían al derecho, aunque fuera una vez. Dejó a los paramédicos hacer su trabajo y se ofreció ayudarles, observó compasiva a la paciente, era posible que no tuviera que visitarla por la noche; esa bolsa de huesos, carne y sangre estaba moribunda. La justicia nacional prevalecía sobre la justicia, así debía ser.

NOTICIERO DE LAS 7

— Muy buenas noches. Abrimos esta emisión de su noticiero, noticias 24, con una nueva increíble acción de sevicia contra las mujeres. ¡Continúa la violencia contra el género femenino! Un individuo identificado como Sergio Rodríguez, fue encontrado infraganti abandonando el cuerpo de una mujer; abusada y torturada por él mismo.

Gracias a la valiente acción de la policía nacional, la víctima fue rescatada de las garras de este personaje; dándolo de baja en el lugar de los hechos, demostrando, una vez más, que el crimen en este país no paga. La víctima fue heroicamente salvada por otra mujer, una heroína de la policía nacional, la teniente Sáchica, quien a continuación nos describe lo sucedido.

— El individuo, de apellido Rodríguez, fue encontrado, a eso de las seis de la tarde, botando en el callejón, entre la avenida libertador y la avenida principal, el cuerpo de una mujer aún sin identificar. Fue necesario abatir al individuo quien presentó resistencia al arresto. Le fue encontrado, entre sus pertenencias, un cuchillo con el que presuntamente amedrentó a la víctima, para después abusar sexualmente de ella.

Esta acción policial fue exitosa gracias a la colaboración de la ciudadanía. Este es un llamado a todos los televidentes: por favor, siempre que vean algo sospechoso, llamar e informar a la policía, colabore con nosotros, todos juntos podemos hacer al país un lugar más seguro, donde la justicia siempre saldrá avante. Muchas gracias.

— La teniente Sáchica ha sido distinguida por el presidente de la república como una oficial ejemplar, una demostración más que las fuerzas policiales se están profesionalizando para servir mejor a la ciudadanía. En la próxima gala de ascensos en el cuartel general, la teniente Sáchica, nuestra heroína, será condecorada, de manos del presidente de la república, con una medalla al mérito General Santander.

Nos informan fuentes médicas que el paradero de la víctima de este horrible crimen es desconocido, ¡pues la corrupción hospitalaria sigue haciendo de las suyas!

Al parecer el chofer de la ambulancia que recogió a la malherida víctima de este bochornoso hecho, recibía por parte de algún hospital regional, todavía a establecer, cierto dinero si llevaba a los pacientes a ese centro hospitalario. Lo grave del tema es que dicho hospital se encuentra ubicado en el otro extremo de la ciudad y la malherida no fue llevada al hospital más cercano, el Hospital General que se ubica a tan solo ocho cuadras de los sucesos.

El ministerio de salud rechaza tajantemente lo sucedido y aclara a todos los choferes de ambulancias que se deben ceñir a los protocolos, pueden sufrir, si siguen cometiendo estos actos, acciones procesales penales por arriesgar la vida de los pacientes. A continuación la declaración del ministro…

EPÍLOGO DEL PRÓLOGO

Por increíble que parezca, el comercio de heridos, entre choferes y hospitales, salvó la vida de Iustitia. La teniente Sáchica fue víctima, a su vez, de la burocracia y desidia estatal; por más que intentó, no logró ubicar su presa a tiempo para terminar su trabajo.

Sus investigaciones posteriores, demostraron que Iustitia compró un tiquete para el primer destino que saliera del país. El rastro se perdió en el aeropuerto de Panamá.

Ella, por medio de una enfermera, ya debidamente reseñada, logró comunicarse con una ONG extranjera que debió diseñar una operación ilegal para sacar a escondidas a Iustitia del país. Porque era bastante peligroso que la Iustitia tuviera que someterse a la justicia colombiana. ¡Sería el acabose! El trabajo de extracción fue dificilísimo en sí debido al frágil estado de salud de Iustitia y sobretodo, al estado psicológico en que se encontraba. Al final todo resultó hasta gracioso, pues ella salió del país por el mismo aeropuerto Áureo. Cómo estaba con los ojos vendados, la cara irreconocible, con una pierna enyesada, vestida con una bata de hospital y acompañada de un extranjero que le servía de muleta y además solo hablaba danés, los agentes de inmigración se intimidaron y no los molestaron.

Iustitia no logró, siquiera, entrar a Colombia, pero se prometió, como es obvio, jamás volver. Hasta ahora ha cumplido su promesa.

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