Querubines a la brasa

— ¡No me fusile! ¡Se lo suplico! —, implora aterrorizada.

— No se preocupe, no la vamos a fusilar ahora mismo. ¡Usted va primero a juicio revolucionario! —, sentencia el comandante con aspereza.  — Después, claro, tendrá que contentarse con todo el plomo que le vamos a conceder a modo de correctivo disciplinario.

— ¡Pero si yo no he hecho nada!

— ¿Qué no? ¿Y cómo explica lo que veo todo el día en los medios?

— ¡Pero que tengo yo que ver con eso! Yo no lo hice. ¡Seamos razonables!

— ¿Razonables? ¡Preparen el pelotón! —, ordena el viejo impaciente. — Acá no hay cabida para gente razonable, ¡solo revolucionaria!

— No, no, ¡no! —, implora la chica presa del terror. — Nada de pelotones, deme aunque sea una oportunidad, seamos sensatos.

— ¿Sensatos? ¡Caven el hoyo! ¡Acá no entra nadie sensato!

—  ¡Comandante, le hablo en serio! ¡Yo no tuve nada que ver con eso! Pero si tiene dudas, pídame lo que sea y yo lo haré. Se lo ruego, ¡concédame la oportunidad de redimirme!

— ¿Está segura? Le recuerdo que una vez le sea asignada la nueva oportunidad por el comité disciplinario usted no podrá deslindarse de ella so pena de perder a su familia en desafortunada manera.

La chica, aún temblorosa sopesa sus opciones: juicio revolucionario y su propia muerte de forma más o menos inmediata o, misión de dificultad desconocida, a riesgo de fallar y ser la responsable de su muerte y la de su propia familia bajo métodos que no quiere ni pensar. No pasa mucho tiempo hasta que su egoísta sentido de auto conservación decide por ella y, hablando a través de su boca, acepta lo desconocido así implique que sus allegados conozcan un final inenarrable.

El comandante sonríe. No toma mucho tiempo reunir el comité disciplinario – era el mismo que la iba a enjuiciar – que, en una corta conversación, deciden cual será la misión que deberá llevar a cabo la nueva recluta. Esta atiende la lectura de las conclusiones de la comisión disciplinaria con verdadero pánico.

— ¡Otro atentado! —, grita desesperada. — ¿Después de todo lo que pasó?

*             *             *

Todo empezó el día que llegó un mensaje secreto del frente 35. Era una orden que provenía del comandante de frente, José Joaquín, la cual ordenaba realizar un acto de presencia que fuera bien sonoro, ya que, según él, el frente urbano Adolfo Suarez había estado dormido durante mucho tiempo; era tiempo de despertar. Fue a causa de esa orden que se ideó un plan para demostrarle a la opinión pública nacional que el ERC y su bloque, Adolfo Suarez, se encontraban todavía presentes en la lucha. Para este trabajo fueron necesarios los Héroes de Guatavita, el grupo universitario del bloque, al cual se le encargó, en una reunión secreta, incendiar el único bus de la universidad nacional.

La idea de quemar el bus radicaba en que, al quedarse los universitarios sin su único medio de transporte, se darían cuenta de lo abandonados que se encontraban por el estado. Era una idea simbólico-abstracta que según los revolucionarios, podía influenciar profundamente a las personas sensibles. Como decía el dicho, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. O, cómo lo recitaban los militantes, uno no sabe lo que no tiene hasta que le abren los ojos. Y ese era objetivo de la misión: abrir ojos. En fin, ninguno de los universitarios se atrevió a cuestionar por cual razón la quema del bus iba a mejorar al país pues, por venir las órdenes directamente desde comandantes ercanos, las tomaron por mesuradas, lógicas y necesarias. Durante la reunión, que duró varias horas, se urdió el plan para llevar la misión por buen camino. Quedó al grupo la decisión sobre como sería la forma exacta de realizar la misión y decidir quién sería, entre ellos, el encargado de hacerlo realidad.

De estos fogosos revolucionarios salieron una cantidad de pretextos tan variados y creativos, excusándose de ser los más aptos para realizar la misión, que al final, siendo un tal Juancho el último en inventar su excusa y, por ser ésta muy poco convincente, decidieron en conjunto al término de la reunión, que sería él el encargado de incendiar la buseta.

Los milicianos crearon de inmediato una subcomisión encargada de ir a la estación de la avenida Guayabal para comprar gasolina, una soda dos litros y un paquete de cigarrillos; los materiales que se consideraban indicados para realizar la bomba molotov con mecha lenta, que el tal Juancho, debía instalar en la silla de atrás del único bus de la universidad. Quiso el destino interferir un poco en los planes revolucionarios, o tal vez no, fue más bien la naturaleza la que se entrometió en los planes del grupo, pues al final de cuentas la operación dependió de una reacción natural: el nerviosismo de Juancho; era su primer operativo como miliciano. El hombre al parecer estaba bastante agitado y nervioso ese día, había palidecido, temblaba sin control y no paraba de hablar. Fumando como un condenado esperó el bus en el sitio indicado para abordarlo. El problema fue que éste llego con tres horas de retraso al parqueadero de la universidad. La razón de la demora fue un acto especial de la facultad de medicina para chicos con labio leporino; una misión médica en la que los estudiantes de octavo semestre de la facultad realizaban exámenes previos a los niños que serían operados de forma gratuita por los profesores, un mes más tarde. El chofer del bus tenía que recoger a los niños en el parqueadero de la universidad y llevarlos a sus respectivas casas, pues eran pobrísimos y no tenían con que pagar el transporte. Cuando llegó el bus, tres horas tarde, aún le faltaba transportar la última tanda de niños, pero Juancho, insistente, temeroso de perder su oportunidad, logró convencer al chofer de abrirle un rinconcito entre los diez chicos con la disculpa de también él dirigirse para el norte de la ciudad.

La idea que el grupo había concebido de la bomba casera con temporizador era bastante ingeniosa. Primero se tomaba una botella dos litros y se vaciaba su contenido, después, se procedía a llenarla con gasolina. Mediante la introducción de un cigarrillo a través de un agujero que se le hacía a la tapa de la botella, se lograba crear una mecha lenta. El encargado, en este caso, Juancho, debía prender ese cigarrillo para que éste procediera a consumirse lentamente hasta que alcanzara el nivel del líquido inflamable contenido en la botella. Mientras el cigarrillo se consumía, el encargado de encenderlo tenía tiempo de sobra para bajarse del bus y perderse en la ciudad. Obviamente cualquier ocupante que estuviera al interior del vehículo, al ver las llamas descendería; cómo es apenas obvio, a nadie se le ocurriría quedarse dentro de un vehículo en llamas. Era un operativo sin grandes riesgos; el plan era brillante. Cualquier experto militar hubiera felicitado a los Héroes de Guatavita si no fuera porque el miliciano, a causa de su nerviosismo durante la espera del bus, se fumó la caja entera de cigarrillos y, cuando se encontró en el interior del vehículo con una botella dos litros llena de gasolina y sin mecha, no supo muy bien de qué manera proceder.

Dentro de su desespero por no fallar, se le vino a la cabeza una idea, no de las mejores, se puede ahora con conocimiento de causa afirmar; pero en su momento fue una idea a tomar en cuenta por cuenta del descarte, pues fue la única que llegó a su mente: decidió, con poco tino, poner la botella con gasolina en el otro lado de la banca en la que se encontraba sentado. Regó un poco de gasolina a través del espaldar hasta el otro extremo, dónde se ubicó. Avisó al chofer que podía detenerse en la siguiente esquina para él bajarse, e inmediatamente encendió su mecha líquida antes que ésta se evaporara. No se le ocurrió pensar que la llama iba a llegar a la botella con tanta rapidez.

En un segundo todo el lado izquierdo del asiento fue cubierto por una llamarada de enormes proporciones. Los desentonados y horribles chillidos de los niños, al ver la candela, inundaron de inmediato el interior del bus. El conductor, de reflejos ágiles, frenó el bus súbitamente al ver acompañados los infantiles gritos por humo en el ambiente. La desaceleración abrupta del vehículo hizo que la botella encendida saliera disparada hacia el frente, pasando por debajo de la banca de tres desdichados y en el proceso, los envolvió en llamas. La bomba hechiza terminó su recorrido justo en la puerta de entrada, su gasolina ardiente en segundos se regó y abrazó con avidez toda la parte frontal del vehículo, incluyendo al chofer, quién logró, entre gritos y espasmos de dolor, correr fuera del bus para restregar todo su cuerpo en un prado cercano. El chofer pudo ver con angustia como se carbonizaban los diez niños que tenía a cargo, quienes expresaban a los alaridos, en esa insoportable tonalidad que solo su edad puede producir, el indecible dolor con el que las llamas los consumían.

Estos lamentos y gemidos iban acompañados por otros con un tono mucho más grave, los del también desdichado Juancho. Él, al igual que los niños, se consumió vivo en el interior del bus. Quienes acudieron a ayudar, o al menos, a saciar su morbo viendo un vehículo con gente arder adentro, pudieron oír que esos agudos gritos provenientes del fuego eran acompañados por improperios de un adulto, que al igual que los primeros, al cabo de un minuto cesaron emitirse.

Ante tan horrible tragedia, los medios de comunicación no se hicieron esperar; en masa se volcaron a informar a los ávidos televidentes la manera en que los querubines, así bautizaron a todo el grupo de niños, habían dejado este mundo, poniéndole una presión insostenible al aparato judicial. Ellos narraron día a día, durante la primera semana, todos los detalles escabrosos del caso. Generando un intimidante estado de opinión, que de alguna forma coaccionó al tradicionalmente lento aparto judicial nacional, el cual, en inédita eficacia frente a la abrumadora, unánime y amedrentadora indignación nacional, reaccionó y produjo sus primeras condenas ejemplares: el conductor del autobús, sacado del pabellón de quemados del hospital, fue enviado a la cárcel de bellavista con una condena ejemplar de sesenta años por homicidio doloso. Dos semanas después, cumpliendo lo que vaticinaban sus familiares desesperados, murió de una infección pulmonar debido a las quemaduras sufridas durante el incidente. El propietario del bus fue condenado a treinta y cinco años por complicidad, pero se ha fugado; e insiste, a través de un abogado, que no tiene nada que ver con el asunto. Aún la policía y demás autoridades lo están buscando.

*             *             *

Karina a sus diez y nueve años comenzó entusiasmada, pero con cierto temor, sus estudios de sociología. Temor alimentado por la ansiedad que un futuro desconocido le deparaba; sensación bastante común entre quienes recién han terminado su estudios secundarios y arriban al punto de inflexión de una nueva vida. Contrastaba este sentimiento, el deseo de descubrir los secretos del camino elegido; las ganas de sobresalir en su nueva carrera y ser quien ella soñaba. Muy temprano, al comenzar su primer semestre, se sorprendió al descubrir que en su universidad existía un extraño código de conducta individual y colectiva. Código tácito que obligaba a los miembros de la facultad de humanidades, a la cual pertenecía, a tomar partido: fuera apuntarse a agrupaciones obligadas a encontrar la opresión gubernamental, hasta en un partido de futbol entre Medellín y Nacional, o, en caso contrario, pertenecer al grupo de los borregos, seguidores y conformistas, quienes bajo su ilimitada estupidez, falta de carácter y poco sentido social, no encontraban, durante el mismo partido de futbol, demostraciones de subyugación por parte del gobierno y las clases sociales dominantes. Es obvio que entre los estudiantes, pertenecer a estos grupos de ateos ideológicos era una especie de suicidio social; la persona que cayera en este error era de inmediato ignorada, separada y discriminada, durante el resto de la carrera.

Apenas iniciados sus estudios, la trampa en la cual se encontró Karina, persona sin convicciones fuertes, radicaba en que seguir el ateísmo ideológico en la universidad era aún peor que ser un facho; demostraba la falta de carácter, la complacencia al enemigo, la traición absoluta a las clases desfavorecidas, o peor aún, una ayuda tácita a los opresores, por cuenta de la silenciosa aprobación de su dominio. Para Karina todo esto no era otra cosa que una perorata incomprensible, pero, ante las terribles consecuencias que su falta de convicciones le traería frente a quienes deseaba como futuros amigos, la obligaban tomar alguna decisión: amigos en su facultad o rechazo generalizado.

Quiso la fortuna que sus problemas ideológicos no pasaran a mayores, pues una vez pasado el primer semestre, donde su indecisión estaba alienando contra sí parte de sus compañeros, llegó a principios del segundo semestre, de manera salvadora, un chico. De este estudiante nunca supo su apellido, ni de donde provenía, ni siquiera si estudiaba en su facultad. Aparentaba ser mayor, pero siempre se encontraba rodeado de otros estudiantes.

Esta grata presencia en su vida, de manera franca y complaciente le ofreció su cuerpo sin disimulo y le enseñó a conocer el propio; además de hacerla sentirse deseada y encontrar el placer en ser tocada hasta en los más recónditos lugares de su ser tangible e intangible.  Cómo un extra le regaló la afición a una o dos aberracioncitas sexuales bastante sabrosas; parte de su colección de bufandas palestinas, así el clima de la ciudad no permitiera soportarlas puestas ni veinte minutos; y por último, lo más importante, el amor a la guitarra.

Fue por cuenta de este chico, que encontró su lugar en los comités clandestinos de su facultad. Podía Karina ser parte de un unido grupo anticapitalista, sin necesidad de participar en estas orgías de reclamos desatendidos, pues se libraba de la parte ideológica de la reunión abrazada a su novio sin decir palabra para, una vez acabada la interminable lista de deudas sociales y pedidos de un futuro despertar de las masas, encabezar el grupo con su guitarra y su voz; justo lo que mayor placer le producía. Las melodías de Facundo Cabrales que su chico le enseñó, la fina voz de Karina y sus ágiles manos en guitarra, amenizaron por meses las reuniones clandestinas de los Héroes de Guatavita.

*             *             *

Tribunal de justicia transicional

Caso 238.9887-02

Conocido para la opinión pública como

“Los Querubines”

Apartes de la versión libre y espontánea de Roberto de Jesús Gamboa, alias El Profe, comandante en jefe de la división urbana Adolfo Suarez, perteneciente al frente 35 del ERC. División con responsabilidad directa sobre el grupo Héroes de Guatavita, infiltrado en la Universidad Nacional de Medellín. Testimonio realizado el 2 de abril de 2016, mediante el cual el sindicado presentó de manera voluntaria su versión de los hechos frente al tribunal especial de justicia transicional para la finalización del conflicto en el proceso aclaratorio sobre el caso “Los Querubines”. Hechos criminales que suponen los delitos de terrorismo, homicidio doloso agravado, daño en bien público, daño en bien ajeno, lesiones personales permanentes, rebelión, entre otros.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Señor Gamboa, explíqueme por favor, no comprendo cómo usted, el jefe único del frente urbano Adolfo Suarez, con injerencia directa en el grupo Héroes de Guatavita, afirma no tener absolutamente nada que ver con los hechos sucedidos el 17 de enero de 2007.

ALIAS EL PROFE:

Nunca he afirmado tal cosa, señor juez. Yo sí era el encargado del Adolfo Suarez; alguna responsabilidad me cabe por lo que hicieron los Héroes, pero quiero aclarar que no fui responsable directo de la tragedia. El resultado final de la operación en ningún momento fue intencional, ni mucho menos previsto; nuestra pretensión era completamente distinta. Solo deseábamos dejar en claro que frente la injusticia no había cabida para la neutralidad; nada más que eso; intentábamos enfrentar el ateísmo ideológico dentro del claustro universitario. El propósito, en términos generales, consistía en hacer un golpe de impacto para que el mundo estudiantil se preguntara a sí mismo, frente tanta inequidad presente en sus realidades, de qué lado de la historia querían estar.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¡Es una forma bastante abstracta de incentivar la justicia social! ¿En qué momento pensaron que asesinando niños, los estudiantes iban a apoyar la lucha armada?

ALIAS EL PROFE:

Me niego a contestar esa pregunta tendenciosa.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Bueno, entonces cuéntenos: ¿Cuál fue la reacción dentro del frente después del paso a otra vida de los niños?

ALIAS EL PROFE

Nosotros, los del Adolfo Suarez, estábamos en shock; preocupados obviamente por lo que los ciudadanos fueran a pensar de nosotros. Los del frente 35 obviamente tampoco estaban contentos, claro, inmediatamente nuestro comandante de frente, José Joaquín, escribió un comunicado de prensa negando lo sucedido. Si no estoy mal, achacó el incendio al abandono estatal del transporte universitario endosándole los niños a un desperfecto mecánico en el bus. Esa fue la reacción hacia afuera. Hacia adentro poco faltó para que nos fusilaran a mí y a la novia del Juancho.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN

¿La novia? ¿Quién es? ¿Qué tiene que ver con esta historia?

ALIAS EL PROFE

¿Ella? ¡Nada! Apenas empezó a salir el atentado en los noticieros día y noche, los Héroes de Guatavita se asustaron y se disolvieron; en la universidad no quedó ninguno. Cada cual se inventó la disculpa que mejor pudo y a otra ciudad del país se fue. Créame, eso resultó un lio mayúsculo para mí: por un lado José Joaquín me ordenaba hacer una demostración en la universidad en solidaridad con los niños muertos y en contra del estado indolente, pero por el otro, los mismas personas que yo debía usar para la protesta estaban huyendo de mí, del frente y de la universidad como bien podían. En fin, de los Héroes solo quedó la novia de Juancho, una chica llamada Karina, que para decir verdad no pertenecía al grupo, era una niña que solamente acompañaba a su novio a las reuniones por puro amor, porque en ellas se aburría de lo lindo, solo se alegraba cuando llegaba el momento de cantar. De revolucionaria no tenía nada.

Una vez se desbandó el grupo el grupo completo, solo quedó ella, presa del pánico, y buena razón tenía para temer: eventualmente la policía iba a hacer autopsias y pruebas de reconocimiento de ADN en los restos para poder entregarle a las madres sus respectivos hijos carbonizados y ahí, fijo, la identidad de Juancho iba a ser revelada. No hay que hilar muy fino para concluir que a falta de milicianos de los Héroes de Guatavita la policía se iba a agarrar de lo que fuera, lo que encontrara; en este caso la única conexión conocida con Juancho era su novia, Karina. Ella bien lo sabía y me lo dijo; Juancho era un solitario y aparte de los Héroes, ella era la única persona que la gente podía identificar como alguien cercana a él. Así, para evitar ser apresada injustamente, me pidió ayuda y yo, que tenía sentimientos encontrados por lo sucedido – aunque aclaro que mi conciencia está completamente tranquila porque no fui el culpable de nada, la culpa fue del tal Juancho –, me propuse evitar que hubiera una nueva víctima y la mandé para Mutatá, donde estaba acantonado el frente 35.

Cuando ella llegó allá, José Joaquín, que quería ajusticiar al primer aparecido para hacer pagar a alguien por el desastre operativo, casi la fusila. Gracias a dios yo no la acompañé porque le juro que me hubieran hecho cavar el mismo hueco donde me habrían enterrado después del pelotón. Yo no sé cómo logró Karina evitar el fusilamiento, creo, pero de eso no estoy del todo seguro, que se ofreció como guerrillera expiativa a cambio de ser salvada.

La verdad es que no le quedaba ninguna opción.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN

¿Guerrillera expiativa?

ALIAS EL PROFE

Guerrilleros castigados que deben hacer misiones cuasi suicidas. De vez en cuando alguno sobrevive, aunque son en realidad excepciones; casi siempre los mata el ejército.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Retomemos el atentado que nos compete, los querubines: ¿Qué tiene usted para decirle a los familiares de las víctimas?

ALIAS EL PROFE:

Yo vengo acá con todo el coraje y valentía que concede el pertenecer al ERC, para pedirles perdón. Perdón por no haber planeado mejor el atentado, perdón por no haber dado instrucciones más precisas, perdón por haber confiado ciegamente en mis milicianos.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¿Y por sus muertes?

ALIAS EL PROFE:

Por esas no. No me cabe cargo de conciencia alguna por la muerte de nadie. Esos niños asados son responsabilidad de Juancho. Él es el culpable de sus muertes. Yo tengo mi consciencia tranquila.

*             *             *

La sesión de versión libre fue interrumpida para atender a una de las madres de las víctimas que se desmayó al oír las excusas de alias El Profe y, debido a las constantes amenazas de muerte proferidas por los demás padres de los niños contra el mismo, la policía se vio obligada a ingresar. El ingreso de la fuerza policial caldeo más los ánimos y este testimonio debió detenerse en este punto. Tres padres resultaron heridos por la acción policial, la madre desmayada fue hospitalizada y tres familiares adicionales fueron denunciados oficialmente por el alias El Profe de atentar contra su honra y buen nombre, injuria y calumnia, intimidación, coacción e intento de asesinato, porque cuando salía del juzgado fue insultado y, en algún momento, recibió un escupitajo. Los involucrados en esta denuncia debieron pagar una fuerte suma de dinero el día de la audiencia de conciliación a quien ordenó la acción que terminó con la muerte de sus propios hijos.

*             *             *

— ¿Qué tengo que hacer?

— Matar al gobernador Ortiz con una bomba que haremos esta semana —, declara orgulloso José Joaquín, observando a los subcomandantes directo a los ojos; quienes a su vez, le devuelven miradas de aprobación.

— ¿Ortiz? ¿El gobernador Ortiz? ¿El único gobernador honesto que ha pasado por estas tierras? —, consulta aterrada.

— Eso no importa, es un gobernador.

— Pero… ¿Por qué no matar a uno sucio? Un muerto que envíe el mensaje a los ciudadanos: la guerrilla está con ustedes, los defendemos de los corruptos —, insiste Karina.

— Los ciudadanos son aliados del enemigo; han permitido que la prensa servil les lave su cerebro —, responde áspero José Joaquín. Posa su atenta mirada sobre la nueva recluta; necesita explicaciones. — Esta es la única oportunidad que tenemos de dejar un mensaje a la oligarquía; nosotros tomamos las oportunidades que tenemos, después, ya vemos, alguna justificación nos inventamos.

— ¿Tienen la oportunidad?, ¿cómo saben que es posible asesinarlo a él?

— Porque ese, el que fue alcalde hace unos añitos…

— ¿Quién?, ¿el ladrón que pagaba a modelos para que lo acompañaran? —, interrumpe Karina.

— Sí, ese mismo —, contesta impaciente José Joaquín. — Resulta que ahora quiere ser gobernador. En el futuro, no quiere ser comparado con Ortiz; por eso nos suministró la información: donde va a estar; a qué horas llegará; el tipo el operativo de protección que lo rodea; lo hemos analizado y en realidad es una oportunidad perfecta.

— Le vamos a ayudar al ladrón…—. Karina se contiene, no desea arriesgar su cuello, pero, ¡cómo callar! — ¿Quieren ustedes…? Perdón. ¿Queremos trocar un gobernador bueno por uno malo, solo para mandar un mensaje? — Pregunta en tono académico: — ¿Qué tipo de mensaje?

— Que aquí estamos y no nos gusta la oligarquía. ¡Punto!—, grita perturbado el comandante, cansado de dar explicaciones. — ¿Lo toma o lo deja? Escoja.

— Lo haré —, responde Karina impotente. — Lo haré…

— No se diga más —, celebra José Joaquín. — Venga para la sala operativa, le daremos los detalles.

Acto seguido, todos en procesión, caminan entre los árboles hacia un kiosco de paja, donde se encuentra el mapa de Antioquia, un cuadernillo con apuntes importantes sobre el operativo y la carta del exalcalde con la información suministrada. Se reúnen todos alrededor de José Joaquín mientras este explica con la mayor precisión posible, cual es la idea que tiene en mente. Karina, pálida, observa todo sin decir palabra; quiere vomitar, pero no desea, bajo ningún motivo, ensuciar el único mapa del departamento que el frente 35 posee, la podrían fusilar por ello. Por su cerebro pasean, en un carrusel de imágenes, el único gobernador honesto que ha pasado por estas tierras, diez querubines carbonizados y su Juancho, su amado Juancho, emanando humo por la espalda. Traga. Respira profundo. Suspira.

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