Las razones que propician una noche solitaria

El teniente García, recién ingresado a las fuerzas del estado, acompañaba al entonces capitán Aramburo en una patrulla de rutina por el pueblo de Yarumal. Quiso la fortuna que Aerocol, la aerolínea nacional, hiciera una promoción un mes antes, en la que el capitán, por pura suerte, se había ganado un pasaje doble para las islas de San Andrés. Ahora bien, el pasaje debía aprovecharse en los siguientes dos meses o, por el contrario, perdería toda validez. Obviamente como Aerocol era Aerocol, la promoción fue hecha a propósito en una época que no coincidía con las vacaciones de nadie y además, no contaba con ningún día festivo; y eso que en el país hay uno cada lunes. En fin, el capitán Aramburo, con tiquetes en mano, necesitaba obtener unas vacaciones extra; pero para ello, debía cumplir con el reglamento de la policía:

DECRETO 1355 DE 1970 — “Por el cual se dictan normas sobre la Policía” — LIBRO PRIMERO — TITULO I — DE LOS MEDIOS DE POLICÍA — CAPITULO II — “De los permisos y vacaciones”

ARTICULO 18. Modificado por el art. 109, Decreto Nacional 524 de 1971

Se otorgará el permiso al solicitante cuando la ley o el reglamento de policía acredite que los méritos laborales puntuables para la solicitud vacacional extemporánea sean cumplidos a cabalidad. Así, podrán los funcionarios de policía demandar tiempo de descanso adicional (una semana) si cumplen alguno de los siguientes supuestos:
a) Quince (15) capturas, con sus correspondientes pruebas, de criminales transgresores de delitos graves.
b) Veinticinco (25) capturas, con sus correspondientes pruebas, de criminales transgresores de delitos menores.
c) Cinco (5) guerrilleros capturados, con sus correspondientes pruebas.
d) Tres (3) guerrilleros dados de baja en combate abierto.

El entonces capitán Aramburo no tenía ninguna posibilidad de cumplir los incisos a, b ni c, su historial policivo no contaba con casi capturas. No era su culpa, estaba emplazado en una zona guerrillera y estos ya se habían encargado de hacer una concienzuda limpieza social , fusilando todos los ladrones, drogadictos y gays del lugar. En resumen, no quedaba nadie para capturar, a excepción de los miembros de la guerrilla que la policía no estaba en capacidad de perseguir. El inciso d – tres guerrilleros dados de baja -, en cambio, se encontraba dentro de sus posibilidades; aunque en teoría debería ser catalogado como de mayor dificultad que el inciso c.
Por accidente, el semestre anterior, una granada se le explotó a un par de ercanos mientras se transportaban en una moto, en medio de la carretera que comunica Yarumal con Briseño. El capitán Aramburo no tenía idea hacia donde iban, ni mucho menos que pretendían hacer con esa granada; sin embargo, logró anotarse la muerte de ambos milicianos como un éxito operativo de su autoría.
Con dos guerrilleros muertos en su haber, Aramburo solo necesitaba uno adicional para acceder a su semana de vacaciones, utilizar sus tiquetes de Aerocol y viajar a San Andrés con Yesenia. Para ello, hizo uso de su poder de mando y convocó al teniente García para una misión: buscar un guerrillero. Obviamente no pretendía que fuera uno de verdad, eso era muy riesgoso; estaban armados hasta los dientes. El teniente García tenía que buscarse una persona que no pareciera peligrosa pero que no fuera extrañada por nadie; en síntesis: un vagabundo.
García, en poco tiempo, encontró en Puerto Valdivia, el pueblo vecino, un hombre recién llegado que vagaba por la carretera sin ningún propósito aparente, un tal Rogelio. Le ofreció un trabajo en Yarumal y sin mucho esfuerzo lo convenció para que lo acompañara en su moto, directo al punto de encuentro. Llegados a una vereda solitaria en Yarumal, fueron abordados por el capitán Aramburo. Quien mediante engaños, logró que Rogelio se adelantara un poco en el camino y, sin mediar palabra, le pegó dos tiros con su pistola en la espalda. Muerto Rogelio, ambos policías procedieron a vestir de guerrillero al cadáver y con un revólver, de esos que llaman de reserva, decoraron la escena para que pareciera que había sido él quien los había atacado primero.
Funcionó. El capitán Aramburo recibió su semana de descanso, la cual utilizó para copular con Yesenia como un loco en una playa paradisiaca. El teniente García recibió la primera baja en combate contraguerrillero de su hoja de vida. Si acaso algún par de guerrilleros descuidados explotaban por sí solos con una granada, podría pedir su semana vacacional también. O, si se encontraba muy necesitado, podría engañar otros vagos para decorarlos con el mismo tratamiento . Se contuvo. No pasó lo primero, ni quiso realizar lo segundo.
Rogelio, por su cuenta, fue considerado una victoria del establecimiento frente a las huestes guerrilleras.

*         *         *

— ¡Hoy! ¿Por qué hoy? Justo cuando tengo a Yanelly lista para la cama, me vienen con esto: ¡Cita con el coronel! —, se lamentó Héctor frustrado, en la sala de espera de la estación de policía de San Diego. — ¿Por qué? ¿Qué hice en la otra vida para merecer esto? ¿Violé una monja? ¿Asesiné algún papa? ¿Acaso el karma viene a cobrarme alguna cuenta desconocida por vencer? ¿Por qué hoy? —, volvió a preguntarse, envuelto por la desesperanza.
Su ira y desespero era comprensible. Con todo el trabajo y complicaciones que había presentado la resistencia de la dicha Yannelly, por fin, luego de un sin número de intentos y fracasos, ella le dio el sí: “Dale, esta noche en tu casa”. Y ahora, ¡ahora! ¡Cómo decirle que no podría ser! Todo por cuenta de una estúpida cita con el coronel. “¿Por qué un viernes? ¿Qué es tan urgente que no se pueda hacer un lunes?”, renegó descorazonado. “Ningún crimen se agravará por esperar tres días; en cambio, ¡la pérdida de Yanelly puede ser por siempre!” Héctor pensó desesperado que tipo de mensaje debía enviarle para que, aunque fuera cancelada la cita, las esperanzas de un futuro encuentro continuaran vigentes. No se le ocurrió nada.
— ¿Por qué decidí ser policía? —, gritó frustrado en el corredor de la estación. Sus compañeros lo miraron de reojo. Los que conocían su historia, rieron disimulados por su fracaso pasional. Nunca debió promocionarlo antes de realizarlo; eso le sucedía por hablador. Los que no sabían que esa noche se había perdido una monumental revolcada con su amor platónico, lo observaban con cierta desaprobación: “Si no le gusta la policía, ¿entonces que hace aquí?”.
— Por qué decidí ser policía… —, suspiró sosteniendo su cabeza entre ambas manos.

*         *         *

La perfecta relación entre el jefe y subordinado pasó de provechosa a degenerarse hasta ser catalogada como ruin. Llegó a ese punto, por cuenta de un craso error de procedimiento por parte del teniente García durante una misión; un caso llamado El Profesor. El encargo consistía en algo de rutina, desaparecer un profesor universitario que ciertos doctores del partido de derecha consideraban demasiado izquierdoso. Para eso solo tenían que acudir a su casa, secuestrarlo, llevarlo a algún paraje remoto, dispararle dos veces en la cabeza con un revólver, lanzar el cadáver al río Cauca, después utilizar el revólver del asesinato, como prueba en la investigación, para involucrar algún otro profesor izquierdoso y transformar, de forma milagrosa, un secuestro y desaparición forzada, en un crimen pasional exitosamente resuelto por la policía nacional. Nada especial, lo de siempre.
García debía lanzar el cadáver del profesor al río; otros ya se habían encargado de enviarlo a otro mundo: no obstante, su labor se vio complicada por agentes externos. Las complicaciones para el teniente comenzaron sin darse cuenta un año atrás, cuando una sequía llamada por los meteorólogos, El Niño, y por los colombianos, El Apagón, abrazó al país y secó todos los cauces de los ríos. El río Cauca en esa época no era el caudaloso afluente de hoy, sino, por efectos del prolongado verano, un río mediano sin mucha importancia. Para García eso no era ningún inconveniente, su orden consistía en lanzar el cadáver al Cauca, nada más. Y eso hizo; sin pensar que también era necesario tener en cuenta no solo en el cadáver y el punto de desecho, sino en las consecuencias de lanzarlo cuando el otrora gran afluente se encontraba casi seco.
Al día siguiente el profesor fue encontrado medio kilómetro río abajo, y, a causa del creciente el revuelo nacional por la suerte del reputado académico, debió el capitán Aramburo ejecutar de urgencia una operación de limpieza en el lugar de la desaparición, de tal forma, que la investigación posterior por parte de los entes investigativos fuera imposible de llevar a buen término. Eso no lo hizo muy feliz. Claro que no. Aramburo no tenía inconvenientes en efectuar procedimientos de esta índole para evitarse problemas él mismo, era natural. Pero el hecho de hacer una limpieza de la escena, para mayores traumatismos, en el lecho de un río, solamente para salvar al teniente García; hizo que en él creciera un odio tal, que podría ser catalogado de irracional. García por su lado, tampoco lo quería; había hecho lo que le habían ordenado y sin embargo solo recibía insultos por parte de su antiguo aliado. Ambos, cada uno por su lado, se prometía a sí mismo que en el momento que tuviera la oportunidad destruiría al otro; no obstante, por el momento, a ninguno de los dos le interesaba levantar sospechas sobre este asesinato. A García, por obvias razones. Al capitán Aramburo, porque su futuro, así no lo quisiera, estaba ligado al de su detestado subalterno. Si algún investigador decidiera escarbar en el pasado, podría encontrar a Rogelio, y eso no le convenía a ninguno de los dos.

*         *         *

Esperó tres largas horas, no era nada diferente a lo que tenía en mente. Durante la espera alcanzó a marcar tres veces a Yanelly y otras tantas colgar. “¿Qué decirle?”, se preguntaba ansioso. “¿Cómo evitar que la posibilidad de verla desnuda se pierda para siempre?” No obtuvo respuesta. Ésta no apareció debido a la profundidad intelectual de la pregunta, sino a causa de la aparición del coronel, quien por fin llegó, y para colmos, con afán.
— ¡Venga a mi oficina de inmediato! —, gritó al pasarle por el frente.
— ¿Sí, mi coronel? —, preguntó Héctor al entrar en la oficina de su superior.
— ¿Sí, mi coronel? ¿Sí, mi coronel? —, demandó alterado el otro. — A mí, mi mamá me enseñó a saludar. Buenas noches mi coronel, aquí estoy para servirle. ¿A ver? ¿A ver?
— Buenas noches mi excelentísimo coronel, estoy aquí a su disposición y será todo un placer servirle. ¡A sus órdenes! —, declamó, mientras hizo una venia.
— ¿Excelentísimo? ¿Placer? —, demandó iracundo. — ¿Qué piensa que soy? ¿Un presuntuoso? ¿Me cree contento, acá, a estas horas, con usted al frente mío?
— No mi coronel. Yo sé que usted aborrece los viernes por la noche aún más que yo.
— Ahora sí nos entendemos —, manifestó calmándose. — Sabe que no quiero estar acá, mucho menos con su persona, así que hagámonos un favor: realicemos esta reunión en el menor tiempo posible, para tener su cara presente en mi oficina solo el tiempo necesario.
Héctor, con disgusto, aceptó con un leve movimiento de su cabeza. El coronel entendió que se encontraban bajo la misma frecuencia, por consiguiente, encendió su computador. En silencio, tamborileando con sus dedos sobre el escritorio, se quedó concentrado en una pantalla que demoró un minuto largo para encenderse.
Héctor, decidido, aprovechó ese momento para sacar su celular e intentar enviar un mensaje de esperanza a Yanelly: “Ya salí para allá, pero hay trancón; me demoro un poquito”. Para su tristeza, antes de escribir la mitad de su inspirada frase, el grito del coronel Aramburo lo sacó de su concentración: — ¿Quién se cree usted? ¡Ah! Aquí no vino a wasapear; lo quiero ahí, quietico, esperando con respeto a su superior —, vociferó indignado. El coronel intercambió en su furia intensas miradas de odio entre la lenta pantalla del computador y su subalterno.
Frente semejante muestra de autoridad, a Héctor no le quedó ninguna opción diferente a estarse de pie, en pose militar, con la mirada expectante clavada en su superior. El coronel, incómodo por tener unos ojos fijos sobre él, se rigidizó. Con aires de grandeza, comenzó a escribir la clave de acceso en su computador. Por desgracia para su pretendida alcurnia, era incapaz de escribir sin mirar el teclado. Rendido ante el peso de la realidad, curvó su espalda, dirigió su mirada hacia el teclado y comenzó a ingresar con su dedo índice, letra por letra, la clave de acceso. “Es un idiota”, sonrió Héctor sintiéndose superior a su tecnológicamente inculto jefe. Su satisfacción se desvaneció apenas lo vio luchar con el mouse; moviéndolo aquí y allá; haciendo clicks con inusitada fuerza, intentando ingresar al sistema policial. “¡Esto va para largo!”, suspiró resignado.
“¡Ay mi Yanelly!”, se lamentó, triste. Sabía que a este paso no llegaría a tiempo. Mientras el coronel luchaba e intentaba ingresar al intranet de las misiones policiales, Héctor decidió entretener su mente con su imaginación centrada en los botones de la camisa de Yanelly. Siempre los había examinado con intriga: ¿Cómo aguantaban? Si siempre se encontraban a punto de reventar debido a la gran masa que debían contener. “¡Ahhh, ese par! ¡Son tan grandes!” Dejó su mente flotar en el océano de la imaginación; soñó con esos pechos; los botones cediendo ante la inmensa presión; cómo la camisa se abría y ellos salían disparados hacia afuera, balanceándose bajo su propio peso, hasta que quietos, él podía lamerlos y… Comenzó a sentir cierta extremidad crecer sin control. Demasiado tarde. “¿Por qué los policías tenemos que llevar la camisa dentro del pantalón!?”, renegó incómodo. “¿Qué hacer?” Por el instante el coronel estaba concentrado en el computador pero, ¿qué haría apenas encontrara frente a él un bulto que a duras penas cabía en la ropa interior de su subalterno? Sin pensárselo dos veces, Héctor se sentó en la silla frente al coronel.
— ¿Acaso le he dicho que se siente? —, gritó este indignado.
— Es que… tengo un calambre —, se disculpó Héctor.
— ¿Un calambre? ¿Me cree un idiota? —, replicó con la cara roja de la ira. — Lo que usted quiere demostrar, es su falta de respeto por la institución y mi persona. Pues bien, ¿ve esto? —, dijo mientras sostenía unos papeles en el aire. — Era su misión; ¡ya no! Era bastante sencilla —, prosiguió vengativo. — Solo tenía que capturar a este raterito —, señaló una foto en la segunda página. — ¿Se acuerda de alias Colimocho? La tenía fácil; hasta la dirección de su casa está en el sistema. Habría ganado los puntos suficientes para pedir un traslado y ahorrarse el desagrado de verme a diario, pero, ¿sabe qué? ¡No! Este caso fácil no se lo voy a dar. Por su insurrección; por sentarse cuando no es llamado; por tenerlo que ver a diario en mi estación; por su fea cara en frente de mi escritorio; usted se ha hecho acreedor de este otro caso. ¿Sabe cuál es su problema ahora?
“¡Ah Mi Yanelly! Esto va para largo. Aguanta. Apenas este se distraiga te envío un mensajito. Ya voy para allá. ¡Espérame!”, volvió a suspirar con mirada ausente. “Si pudiera por lo menos escribirle una frasecita esperanzadora”. — No, mi coronel, no sé cuál es mi problema —, respondió a la espera de la retahíla que le sigue a la pregunta retórica.
En efecto, hela aquí: — Mi querido Sargento, resulta que la guerrilla del ERC pretende atentar en estos días contra el gobernador, o contra algún alcalde de los llanos de Cuibá: el de Yarumal o el de Santa Rosa. Para este trabajo enviarán a un comando hacia el puente del río piedras durante su inauguración, que es en una semana, o, para la apertura de la escuela de la vereda Cabeceras, en dos semanas; alguna de las dos. Este comando es muy posible que sea de una persona no más.
— Mejor dicho, no saben nada —, afirmó Héctor con desgana.
— ¿¡Se atreve a insultar a la inteligencia militar!? —, gritó indignado el coronel.
— No mi coronel. Nunca —, contestó hipócrita. — Dígame, ¿cuál va a ser mi trabajo?
— ¿Cómo que cuál? Obvio. ¡Evitarlo! Si algún mandatario muere por cuenta de la guerrilla en el transcurso de este mes, será su culpa. Lo destituiré en el acto, y la empapelada que se va a ganar… ¿me entiende?
— Sí, mi coronel —, dijo sin ocultar en su mirada el hastío y desgano que le producían la nueva misión. De pronto lo pensó mejor, cambió de pose hacia una proactiva: — ¿Me permite un segundo, yo apunto lo que me acaba de decir en mi agenda?
— Claro, no faltaba más. Bien pueda… —, respondió el coronel contento de ver a su subalterno, de cierta manera, doblegarse ante él.
Héctor sacó su celular y escribió, “Yany preciosa, paré en el supermercado, ¿qué quieres que compre?”
— Coronel, dígame los detalles para yo proceder —, demandó diligente.
— Esos son —, contestó con una sonrisa sarcástica.
— ¿Cómo así? ¿Con eso debo yo empezar una investigación?
— Sí sargento. Y espero, desde luego, que sea bien hecha y que incluya de cinco a ocho capturados.
— Entonces, con tan pocos datos, deberíamos advertirles al gobernador y a los alcaldes que refuercen las precauciones porque están en peligro.
— No señor, nada de avisar. A nosotros lo que nos interesa, más que cualquier otra cosa, es la percepción de seguridad. Si damos la alarma, cundirá la paranoia y creerán que no hacemos bien nuestro trabajo.
— ¡Pero corren peligro! —, alegó alarmado Héctor.
— Para eso está usted, ¡para evitarlo! Ahora, saque otra vez su agendita y apunte. ¡Lo estoy esperando! Escriba. El autor del atentado no puede ir a la cárcel. Tiene que sacarle la información sobre sus jefes, donde están y cuáles son sus milicias en la ciudad. Los artefactos explosivos, armas, o cualquier otro artilugio que pretendan utilizar para el atentado, deben ser asegurados y guardados acá en las instalaciones. ¡Ojo! Sin dejar registro; ya sabe que esas cosas las necesitamos después para casos especiales.
— ¿Y los cinco u ocho capturados? —, preguntó Héctor.
— Esmérese, alguien hay que capturar —, ordena el coronel.
— ¿Y el autor?
— El autor debe desaparecer, pase lo que pase. Así no logre sacarle ninguna información, me lo desaparece. Y por favor, mire bien que el río tenga agua.
Héctor lo miró con odio. Habían pasado los años, pero Alejandro Aramburo un día lo pagaría, así ahora fuera un pomposo coronel. ¡Que lo sepa bien! Él, el ahora sargento Héctor García, se encargaría de vengarse a como diera lugar. Aún no poseía ningún plan concreto para destruir a Aramburo por el asesinato de Rogelio, o la del Profesor. Para bien o para mal, sargento y coronel, dependían el uno del otro, pues se conocían demasiado bien sus trapitos sucios; no se podían aventar entre sí porque ambos se hallaban untados por la misma mierda. El hecho que el coronel supiera todo sobre él, se convertía en un peso insoportable; no obstante, por el momento no había nada que hacer para remediarlo. Solo requería del tiempo suficiente para encontrar la oportunidad de hundir de una vez por todas a su odiado superior. Se tragaría todos los insultos si era necesario, pero que se vengaría, lo haría.
Le quedaba el consuelo de que al coronel Aramburo la situación le producía tanta incomodidad como a él
— ¿Entonces? —, peguntó el coronel con un deje de agresividad. — ¿Estamos?
Héctor recapacitó; no era sabio amenazar al coronel con la muerte Rogelio. Sin mucha opción, se rindió ante lo obvio; era consciente que no era el momento conveniente, puesto que se sabotearía él mismo. Desanimado, pero hasta cierto punto enajenado a causa de otros pensamientos, Héctor afirmó con su cabeza, hizo el saludo militar y se retiró.
El coronel Aramburo hizo una mueca de desprecio.

*         *         *

El sargento Héctor García recorrió la estación a paso marcial. Una vez afuera, sin tener encima la presión de alguna mirada, sopesó sus opciones: a su jefe tendría que obedecer; investigaría el atentado. Pero primero lo primero, debía atender un problema más urgente: intempestivamente, emprendió una carrera hacia la estación de bus, todavía estaba a tiempo para llegar donde Yanelly, para cumplir con lo prometido y recibir lo tanto soñado.
Los buses, para variar, se encontraban atiborrados de gente que, con caras cansadas, volvían a casa después de una semana laboral. Eso era lo malo de los viernes por la noche, el tráfico era insoportable; todo el mundo quería, fuera salir de fiesta, fuera ir a la cama temprano, pero igual, para ambas actividades, usar la calle 33 de por medio: justo la que Héctor necesitaba tomar. Desesperado, se empacó cual sardina en un bus que, transportando humanos en salmuera – si se cuenta el sudor humano como tal – continuó su camino hacia su barrio, la montaña en el horizonte, pero a la cual le tardaría más de una hora llegar.
No lo logró. Fueron las once y media cuando arribó. Ya no había rastro de Yanelly; al parecer se cansó de esperar. De ella solo quedaba un recuerdo; una llamada pérdida en el celular: no la oyó por el ruido del tráfico. No tenía nada que hacer, perdió su oportunidad. Héctor, realmente triste por la ocasión perdida; ardido de odio contra el coronel; frustrado por encontrarse en soledad; no le quedó más opción que masturbarse se imaginaba a s mientras su amada sobre él. De vez en cuando, una lágrima se asomaba por sus ojos. Con Yanelly, si volvía a dirigirle la palabra, tendría que empezar de cero. En cuanto a la misión: problema para el siguiente día.

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