José Joaquín, el inspirador

Fusagasugá, como le conocían, recibió su mote hace diez años. Un poco antes, era un simple y humilde trabajador freelance que se ganaba el pan cobrando cuentas vencidas; es decir, era el asesino que venía después del ultimátum, en una extorsión. De origen humilde, pero fuerte personalidad, sobresalía por sus excepcionales habilidades laborales: hacia ambos extremos, cielo e infierno, dependiendo del merecimiento personal, había enviado a más de veinticinco tenderos y comerciantes. Veintiséis, si se cuenta al transportista que murió de infarto antes que él siquiera lograra desenfundar su pistola. Fue en ese entonces cuando pasó de ser un contratista outsourcing de la guerrilla, a un miembro permanente con derecho a ascensos profesionales.

Fusagasugá, su primer alias, lo recibió de sus compañeros del Frente Tercero cundinamarqués; no por pertenecer o haber nacido en ese impronunciable municipio, sino precisamente por lo impronunciable que resultaba para él. Justo el lugar, para su karma personal, de su primer encargo como guerrillero oficial. Esa misión en sí, podría ser catalogada como todo un éxito: la hija del empresario murió, éste pagó doble rescate: parte por el cuerpo de la niña y el resto por la liberación de su mujer secuestrada. Sin embargo, a pesar del éxito, quien comandó el operativo nunca pudo enorgullecerse de ello. No lograba relatar sus primeras proezas profesionales en la organización sin causar hilaridad colectiva: su incapacidad para pronunciar el nombre pueblo de su primer éxito socavaba poco a poco su reputación. Siempre que sus contertulios notaban que evitaba mencionar el nombre del lugar, le preguntaban: — ¿y dónde pasó eso? —. La respuesta, entre tartamudeos y gran esfuerzo mental, causaba risas y burlas; su posterior reacción iracunda ante las risas, desataba carcajadas incontenibles.

Fusagasugá, para esa época, ya podía ser catalogado un personaje irascible; se había ganado esa caracterización a pulso. Luego de ser ascendido a jefe de cartera y cuentas por vencer, donde demostró su gran laboriosidad, productividad e infinita capacidad creativa para lograr sus fines profesionales, sus compañeros empezaron a ver sus reaccione sante las risas del nombre Fusagasugá, un poco inquietantes por decir lo menos. — No creás que estos cinco minutos de risa te van a salir gratis; no te preocupés, otro día me la pagás —, respondía a los divertidos interlocutores; quienes sorprendidos, cesaban de sonreir.

Y la pagaron.

Cinco o seis “accidentes” laborales después, Fusagasugá, por cuenta de la autocensura, desapareció del vocabulario colectivo.

Don Manuel, el comandante del frente y máximo jefe de Fusagasugá, alarmado por la cantidad de accidentes mortales en el grupo, logró, mediante sutiles mensajes subliminares, convencer al iracundo y efectivo cobrador, que Fusa, la pronunciable palabra, era el diminutivo de Fusagasugá, la impronunciable. A partir de ese milagroso artilugio gramático, el ahora reconocido jefe de seguridad, pudo narrar sus proezas iniciales en orgulloso y fluido discurso. Además, bajo su creciente aura de sanguinario, logró, sin necesidad de nuevos discursos coercitivos, cambiar su mote a alias Fusa.

*             *             *

— ¿Quedamos claros? —, preguntó en tono serio José Joaquín a su audiencia.

— Sí, quedamos claros —, respondieron todos al unísono.

— El atentado ahora es toda una realidad —, celebró el comandante a su público. — Karina, usted que es nueva, dígame, ¿por qué vamos a realizar esta acción?

— Para informarle a las masas que continuamos presentes, mi comandante —, respondió diligente.

— ¿Por qué queremos que las masas nos vean?

— Para que nos reconozcan, vean el contraste entre el gobierno opresor y nosotros; lo que queremos es invitarlas a seguirnos, porque estamos seguros que cuando se levanten, todos juntos seremos invencibles —, respondió. Los otros subcomandantes observaban incómodos el interrogatorio; Karina los hacía quedar mal frente a José Joaquín. Ninguno podría contestar con tanta elegancia y lógica las preguntas del comandante; ahora, una novel miliciana, guerrillera por seis horas, los rebajaba a un puñado de ignorantes. “Malditos universitarios”, pensó más de uno.

— ¿Por qué las masas, a pesar del trato que el gobierno les ha dado, no se han despertado aún? —, retomó José Joaquín el cuestionario revolucionario.

— No les hemos enviado el mensaje correcto —, respondió en voz alta Karina.

— ¿No lo hemos hecho? —, preguntó contrariado.

— Me disculpo y retracto —, manifestó nerviosa Karina. — Pretendía decir, que no hemos sabido traducirlo a un tono que la población entienda. Nuestro mensaje debe ser el mismo: “Estamos con ustedes y somos sus representantes”. Lo que tenemos que modificar, es la forma como lo comunicamos.

— Karina tiene razón. ¡Démosle un caluroso aplauso a nuestra revolucionaria! —, pidió José Joaquín a los subcomandantes. Estos, de mala gana, aplaudieron, a lo sumo, cuatro veces por persona. Terminada la efusividad grupal, el comandante prosiguió: — Hemos utilizado el leguaje equivocado para comunicarnos con las masas. Matamos a los soldados que impedían nuestra interacción con el pueblo; no nos entendieron. Bombardeamos a la policía; no captaron el mensaje. Les pedimos disculpas por dejarlos sin hogares, ni hospital, por cuenta del bombardeo; no aceptaron nuestra humildad: por el contrario, nos insultaron. Les cobramos impuestos a las empresas para colaborar con la causa revolucionaria; los muy descarados hicieron demostraciones en contra nuestra. Cortamos el acceso a los productos de las multinacionales para liberarlos de las esclavizadoras cadenas del consumo; se quejaron por desabastecerlos. Eliminamos a los líderes comunitarios que se abogaban el derecho de decidir por ellos; indignados, nos dieron la espalda. Secuestramos a sus patrones para liberarlos del yugo capitalista; nos reclamaron por dejarlos en paro. Declaramos toda persona que saliera de su casa por la noche objetivo militar con el objetivo de rebajar el crimen, Medida que nos forzó a eliminar casi ochenta infractores; no nos lo agradecieron, peor aún, nos evitaron. Pero esta vez, sí señores, esta vez lograremos que la población entienda que somos nosotros los que estamos con ellos, no el gobierno. ¡Nuestro plan es infalible! —, gritó emocionado a su audiencia, aumentada por la presencia de guerrilleros rasos que, tras oír el sentido discurso, se acercaron conmovidos por las sinceras palabras.

— ¡Sí! —, gritaron exultantes todos los presentes. — ¡Es infalible!

— ¿Cómo vamos a obtener la movilización de las masas?

— ¡Volando el puente! —, gritaron eufóricos.

— ¿Cómo vamos a obtener el cariño de la gente?

— ¡Matando al gobernador Ortiz!

— Que el gobernador sea honesto, ¿cambiará el mensaje que queremos que entiendan?

— ¡No! ¡Sabrán que hemos eliminado a alguien que se cree con derecho de decidir el destino del pueblo! —, repitieron todos.

— El pueblo es soberano —, manifestó exultante José Joaquín. — Por eso estamos nosotros aquí, para guiarlo, para decirle que debe pensar, para dictarle el tipo de sociedad que le conviene, ¡la nuestra!

— ¡Hurrrraaaa! —, irrumpieron en emocionados gritos.

— El pueblo, ustedes saben —, declaró José Joaquín. — Es ignorante. Es un redil sin voluntad, que nos ve de una forma hostil por cuenta de los medios serviles y arrodillados, quienes malinterpretaran nuestras nobles acciones y los desinforman; sin embargo, esta vez entenderá. A las masas, gente mezquina y egoísta, personas codiciosas, pusilánimes, cobardes, nosotros les traemos la libertad, para que todos sigan nuestros lineamientos y nuestra guía, para salvarlos de ellos mismos, para hacerles entender que quieren; porque nuestra razón de ser, es el despertar de las masas.

— ¡Que vivan las masas!

— ¡Que vivan! Un hurra a nuestra compañera Karina, quien servirá nuestro instrumento de comunicación popular—, pidió ferviente José Joaquín.

— ¡Hurra! —, gritaron dos o tres sin entusiasmo; el silencio se apoderó de la reunión. Los subcomandantes, celosos, guardaron silencio; los demás combatientes veían a Karina como una recién llegada, no debería tener tanta exposición con el jefe.

José Joaquín, consciente que había destruido la euforia, no insistió, prefirió cambiar el tono del discurso para dejar a sus comandados con mejor disposición: — Si las masas no nos entienden esta vez, no se preocupen, las oligarquías sí lo harán; sentirán nuestra presencia —, amenazó. Estirando su brazo finalizó su discurso: — ¡Ahora a trabajar!

Mientras Karina y los demás se reunían en grupos según las labores consignadas, José Joaquín, el comandante del frente, se dirigió a una posición dentro del campamento en la que podía ver la frenética actividad alrededor suyo. Aparentó fumar tranquilo pero, en su interior, solo sentía orgullo al rememorar todas las pruebas que había pasado con su frente para llegar a estas montañas y ahora, planear el atentado de su vida: matar al único gobernador honesto que ha pasado por el país. Un fuerte mensaje, enviado de esta forma, no creería que las oligarquías gobernantes podrían ignorar.

*             *             *

Don Manuel, el comandante, y su frente, el tercero, debido a la presión concentrada y concertada entre militares y paramilitares, debieron moverse de su zona de influencia, Cundinamarca, hacia el valle del río Magdalena; corredor entre las cordilleras principales del país y lugar peligrosísimo para un guerrillero. Lograron, bajo un heroísmo sin parangón, sobrevivir a los paramilitares de la zona; además del ataque soterrado del bloque Magdalena Medio, comandado por un tal Timochenko, quien no tenía ninguna intención de compartir con otro grupo, así perteneciera a su misma organización, los ganaderos que ya estaba extorsionando. Envueltos entre dos fuegos, el amigo y el enemigo, Fusa, el jefe al que Don Manuel le tenía mayor confianza, recibió la orden de partir hacia las selvas del Guaviare para preguntar al comando central que hacer, y donde diablos se podían ubicar, sin ser atacados por los frentes amigos.

La suerte, esta vez, acompañó al Frente Tercero, pues el Frente Quinto, con base de operaciones en los alrededores de Mutatá, bajo la influencia de un incomprensible ataque de paranoia, había fusilado al ochenta por ciento de sus combatientes creyéndolos espías militares y traidores de primer orden. El veinte por ciento restante de sobrevivientes, desconfiando el uno del otro, estaban tan traumatizados por los actos presenciados, que no eran ya considerados parte de la organización, sino por el contrario, se consideraban elementos amenazantes que debían ser desarmados y eliminados.

La razón del comando central llevada por Fusa a Don Manuel, decía algo así por el estilo: “Que rico que enviaron a Fusa, muchos saludos revolucionarios; quedan entonces encomendados a eliminar los elementos restantes del Quinto. Si acaso ven algún integrante que todavía valga la pena, lo incorporan a su grupo. Las armas del Frente Quinto las reenvían al Guaviare; son necesarias para la defensa del comando central contra las fuerzas militares. Ah, muy importante, que Don Manuel no olvide prender la radio en la frecuencia 1080, no en la 990 como todavía lo sigue haciendo”.

El mensaje recibido, Don Manuel lo tomó tal cual; cambió su frecuencia radial; desplazó su frente hacia la zona aledaña a Mutatá; y nombró a Fusa encargado de buscar, encontrar y fusilar a los elementos restantes del Frente Quinto. Fusa, de una eficiencia rara de lo extraordinaria, hasta para los estándares criminales nacionales, así lo hizo.

De toda la agrupación sobrevivieron tres niños de doce años que devolvieron completamente traumatizados a sus familiares. Dos de quince, que parecían aún capaces de cargar un fusil, fueron forzados a partir del momento a servir en el frente invasor sin permitirles opinar sobre su nueva situación. Por último, una chica de dieciséis años, quien extrañamente en todo el desenfreno paranoico del Frente Quinto no había sido violada. Para corregir esta anomalía, Fusa la dio en dación de pago a los guerrilleros que mayor número de personas habían fusilado; ella se suicidó en el proceso correctivo.

En cuanto a las armas, las revisaron con minucia, pieza por pieza. Todas las encontradas en buen estado, se las quedaron; las que tuvieran fallas mecánicas o fueran consideradas de baja potencia, las enviaron al comando central, tal como lo ordenaron. De esta forma el Frente Tercero aniquiló por completo al Quinto, el cual ya se había menguado radicalmente por cuenta propia. Para vender semejante masacre a los otros bloques guerrilleros ubicados en otras regiones, ignorantes de lo acontecido, informaron que el suceso en realidad consistía en una fusión de frentes; cualquier cosa diferente que oyeran, era el ejército tratando de generar confusión, romper la moral revolucionaria y fomentar la deslealtad dentro de las filas. Quien comentara algo, así fuera una mínima cosa referente a los fusilamientos, sería enviado al tribunal revolucionario y recibiría la sanción establecida para estos casos de chismorreo; es decir, ser fusilado. El grupo, ahora acantonado con toda propiedad en Mutatá, debió tomar el nombre de Frente 35 para guardar las apariencias y seguir con el guion prescrito.

*             *             *

— Alirio, ¿cómo van los planes? —, preguntó José Joaquín al experto en explosivos, quien era el encargado de guiar a Karina en el proceso de instalar una bomba. Instrucción básica obligatoria para que ella no volara por los aires; sino, por el contrario, lo hiciera otro, y además, en el sitio deseado.

— Acá me encuentro con Karina —, respondió. — Estamos en proceso de elaborar la lista de partes que necesitamos para construir la bomba. Necesitaremos, más adelante, su ayuda para poder encargar los materiales.

— Claro que sí —, manifestó el comandante. — ¿Son muchas las cosas?

— Esta vez tenemos un inconveniente —, dijo Alirio. — Convinimos en la reunión que lo mejor, en esta ocasión, sería hacer la bomba con un cronómetro en vez de control remoto, ¿cierto? — No esperó la respuesta de su superior. — Bueno, el problema con los cronómetros es que uno nunca sabe si, al activar el reloj, la persona que se pretende volar siga ahí; por eso, yo propongo seguir con la idea del cronómetro, pero para estar seguros que el blanco va a volar, añadirle al cronómetro un control remoto.

— ¿Y eso para qué? —, consultó interesado José Joaquín.

— En vez de programar la bomba para explotar en una o dos horas, lo podemos hacer que sea solo para unos cuantos minutos; así, cuando Karina esté segura que el gobernador se va a sentar en su silla, puede activar la bomba y tener cinco o diez minutos para desaparecer antes que ésta explote, ¿qué tal le parece?

— Me parece muy bien —, dijo José Joaquín. — ¿Entonces?

— ¿Entonces? Usted es el jefe —, replicó Alirio.

— Yo soy el jefe, eso lo sé, ¿y?

— Digo —, respondió nervioso. — Tal como hacía Don Manuel; yo le hacía mi propuesta, si a él le gustaba, me autorizaba, en caso contrario, me decía que no.

— ¿Don Manuel? —, se agitó iracundo el volátil comandante. — ¿Le parezco Don Manuel?

— No, yo no quería decir eso —, contestó con un evidente temor, revelado en su temblorosa voz.

— ¿No quería? ¿Me cree idiota? —, gritó desencajado. — ¿Pone en duda mi mando? Le voy a recordar que yo soy José Joaquín, Don José Joaquín para usted, ¡ya verá! —, exclamó mientras extraía el revólver de su funda.

Ante el escándalo, varios jefes de escuadra se acercaron para ver lo que sucedía. Sus manos salvadoras arrancaron de la muerte a Alirio. Tomaron el revólver de la mano de José Joaquín; con quien debieron usar los más creativos consejos para enredarlo y calmarlo, hasta que por fin olvidara la razón de su ira.

Pasadas dos horas, Alirio, tembloroso, observó a José Joaquín encaminarse en dirección suya. La cara del comandante no era tan amigable como Alirio quisiera; sin embargo, se reconfortó al ver el cinto del revólver sin él. A un metro, José Joaquín se detuvo, lo miró de arriba abajo; al verlo estremecerse, sonrió. — Está autorizado —, dijo. Aclaró su garganta, se preparó para añadir algún otro comentario para paliar el terror de su interlocutor, pero no se le ocurrió nada; dio media vuelta y se encaminó hacia su cambuche, ya iba a ser la hora de la comida. Volteó por última vez su mirada y encontró a Alirio aún con cara de querer decir alguna cosa. — ¿Se le ofrece alguna cosita más?  —, preguntó desde la distancia.

— Sí, Don José Joaquín —, respondió tembloroso. No deseaba que los ánimos del comandante sufrieran ninguna alteración. — Es que… Es que…

— Es que, ¿qué? —, demandó impaciente.

— Es que yo no sé construir una bomba con doble gatillo —, afirmó en voz temblorosa. — ¿No podría llamarse alguno de sus amigos del IRA o de la ETA para que nos ayuden con eso?

La mirada de José Joaquín heló la sangre de Alirio. No obstante, al no ser sacada ninguna arma, ni ser amenazado de muerte o cualquier otro suplicio; tomó esa mirada de odio y ese silencio como un sí.

*             *             *

Fusa, el jefe de finanzas, tuvo una metamorfosis de alias, convirtiéndose en José Joaquín el mismo día de la purga del Frente 5. En la fila de capturados, a la espera de ser fusilados, se encontraba una pareja de guerrilleros acusados de ser una pareja homosexual. Uno de ellos era un tal José Calimenio y el otro se llamaba Joaquín, nunca le preguntaron su apellido. Nadie, hasta ese momento, se explicaba cómo habían sobrevivido a los fusilamientos durante la histeria paranoica. Los pobres, optimistas en un principio, — creyeron al Frente Tercero salvadores llegados para detener las masacres — se llevaron una buena decepción. En poco tiempo, con los primeros fusilamientos, descubrieron que el futuro no les deparaba nada bueno. Trataron de escapar juntos. Los capturaron a las tres horas. Condenados a muerte en un tribunal revolucionario por escapar, se les sumó a este par de desdichados, la desgracia de ser Fusa el nombrado ejecutarla.

Para ese momento, ya estaba cansado de disparar. Tristemente, para la pareja, Fusa había aprendido hacía poco una nueva palabra proveniente de una película de Drácula: palar. Palar consistía en tomar primero a José, el más callado; desnudarlo. Por su ano introducir una rama larga con punta filuda, preparada para la ocasión. Izar la rama, con José incluido, clavarla en vertical en un hueco cavada con antelación; donde erguida, mostraba a la vista de los testigos como bajo su propio peso, el tal José, en un principio a los gritos, después, callado, se empalaba hasta que en algún momento por su boca aparecía la punta de esa rama que hacía las veces de lanza; eso era palar.

Despertar del desmayo a Joaquín, el novio, para desnudarlo, exigió bastante esfuerzo. Una vez hecho esto, lo amarraron del pecho con un lazo para, en el árbol más cercano, colgarlo.  Pendiendo el hombre de una rama, la idea que Fusa tenía consistía en empujarlo, balancearlo y, en el momento adecuado, soltar el lazo para que cayera sentado sobre una lanza enterrada previamente y se palara de una forma más entretenida. Por desgracia, por más que intentaron acertar con el culo de Joaquín en la punta de la lanza, no lograron su cometido; era imposible. En el proceso Joaquín ya se había quebrado los dos brazos y una pierna, tenía varios orificios en su cuerpo producidos por la lanza, pero su culo se encontraba intacto. Fusa, aquejado de un ataque neurótico, cansado de intentarlo, hizo bajar a Joaquín, lo amarró al cadáver de su novio que, ya descendido, se encontraba a ras de suelo. Ambos personajes, el uno empalado y el otro moribundo, amarrados el uno al otro, fueron rociados con gasolina y encendidos.

Los gritos de dolor Joaquín quedaron grabados en la memoria de todos los que presenciaron su muerte; sin embargo, cada vez que eran mencionados los dos nombres, José y Joaquín, Fusa sonreía. Debido al constante uso de estos dos nombres, utilizados para mantener sonriente al iracundo Fusa, su alias desapareció para dar paso a uno nuevo: José Joaquín.

*             *             *

— A ver Karina, ya que por fin estamos solos —, comenzó José Joaquín. — Quiero estar seguro que usted se encuentra lista; explíqueme su función en el operativo.

— Comandante —, respondió insegura Karina. — Mi trabajo básicamente consiste en poner la bomba en el puente del río Piedras el día en que el gobernador Ortiz lo inaugure.

— Vea niña, ¿con quién cree que habla? Si le pregunto por el entrenamiento que le ha dado Alirio, no es para que me salga con una frasecita de diez segundos; es para que me responda con todos los pormenores del caso, así que volvamos a empezar: ¿cómo va a ser su trabajo?

— Mi comandante, mil disculpas por mi parquedad…

— Responda y no me haga perder el tiempo —, interrumpió José Joaquín.

— Listo, vea, Alirio y yo nos vamos a Turbo, allá esperamos recoger los materiales que usted va a encargar.

— ¿Esperamos?

— Vamos.

— Así me gusta, siga.

— Con los materiales empacados, tomamos un bus para Montería, allá nos debemos encontrar con facilitadores, quienes nos darán cobijo y suministrarán un espacio para que Alirio, el experto, acompañado de algún miembro del IRA o del ETA que usted llame, pueda construir la bomba de la forma que él se la describió a usted, mi comandante. Con la bomba construida, viajaremos en avión hacia Medellín. Ese mismo día nos trasladaremos, con la ayuda de los contactos de Alirio, hacia Briseño; pasaremos la noche y, al siguiente día, Alirio me llevará al puente para instalar la bomba. Él, por ser el experto, un activo irremplazable para la organización, se devolverá para el pueblo y se contactará con ustedes; en cambio, yo, pasaré la noche en un matorral cercano para esperar, al siguiente día, la ceremonia de inauguración. Una vez llegue el gobernador Ortiz, me infiltraré en la audiencia; en el momento que esté segura que el gobernador se va a quedar sobre el puente durante los discursos, activare, a control remoto, el reloj. Diez minutos voy a tener para alejarme del puente. Al explotar la bomba, entre el desorden generado, trato de volver a Briseño con alguien que lleve heridos o evacue la zona. No duermo en el pueblo, sino que tomo el primer bus que pueda para Yarumal. Allá me esperarán los mismos contactos de Alirio, quienes me esconderan durante dos meses en Yarumal. Cuando las aguas se calmen, me tendrá de nuevo acá.

— Muy bien, muy bien —, repitió satisfecho José Joaquín. — ¿Por qué va a salir bien la operación?

— Porque la planeo usted, mi comandante.

— Me halaga con su respuesta, pero dígame la verdad: ¿Por qué funcionará a la perfección?

— No sé responderle, mi comandante —, contestó evidentemente nerviosa Karina. — El plan funcionará porque es bueno.

— Me permitiré responder por usted ya que la veo medio atrancada —, dijo un sonriente José Joaquín, con aparente intención de calmarla. — El plan funcionará porque yo lo digo; es así de simple; además, yo incentivo a las personas.

— Es verdad, mi comandante, usted es un inspirador de primera —, intentó enaltecer a su sensible interlocutor.

— Sí, compañera, tiene razón, por alguna razón seré comandante; porque sé inspirar a las personas a trabajar con ahínco. Le voy a dar un ejemplo: ¿Sabe la forma en que la incentivaré a usted a realizar el operativo siguiendo al pie de la letra el plan?

— Ya lo hizo mi comandante, con el discurso inspirador que nos dio hace una hora; hasta lágrimas me sacó.

— Ahhh, ¿le salió una lágrima?

— Sí, me emocioné mucho.

— Entonces le daré otro discurso inspirador para que lagrimee otra vez; esta vez el discurso será para usted solita.

Karina, tomó posición firme; intentó imitar a un soldado, aunque por falta de práctica, la pose resultante fue un poco ridícula para un testigo. José Joaquín no se inmutó por eso.

— ¿Cuál es que es el nombre de sus padres?

— Jaime Alberto Jaramillo y Miriam Gonzales —, respondió Karina diligente.

— ¿De dónde es que viene usted?

— De Medellín.

— No, no pregunto eso; ¿en qué barrio es que viven?

— Ahh, perdón, nosotros vivimos en guayabal, ahí detracito del aeropuerto, en la calle 18.

— Pues bien, mire Karina cómo la inspiro: usted, que vive en guayabal, ahí detracito del aeropuerto, y tiene un par de familiares muy cercanos: don Jaime y doña Miriam. Si quiere que ellos vivan, el gobernador y el puente del río Piedras deben volar hasta la luna, ¿se considera inspirada?

Un hilo de voz tembloroso, casi inaudible, acompañado de dos grandes lágrimas, respondió: — Muy inspirada mi comandante.

— No le oigo. Respóndame, ¡pero con ánimo!

Karina, aterrorizada, entre sollozos, respondió con voz destemplada en el mayor volumen posible: — Sí, mi comandante, muy inspirada, no le fallaré.

— Eso espero, sino, ya sabe, se lo juro que tendrá motivos para arrepentirse.

— Yo le creo —, manifestó temblorosa.

— Créame, es lo mejor, lo digo yo, que ya no soy ningún jefe de seguridad, lo afirmo y lo cumplo porque soy el comandante del Frente 35.

*             *             *

José Joaquín, el jefe de seguridad, se convirtió en Don José Joaquín, el comandante del frente, debido a su veteranía, quince años en la guerrillerada; desde el más humilde extorsionista, pasando por toda la pirámide jerárquica en que se puede dividir un bloque guerrillero: cobrador, sicario, explosivista, adoctrinador de sector, jefe de cuadrilla, jefe financiero, jefe de seguridad y ahora comandante con mando sobre el frente asentado en la olvidada selva del Darién. Quiso la fortuna que muriera el antiguo comandante, Don Manuel, para que José Joaquín pudiera reemplazarlo. Los motivos de la muerte del antiguo y amado comandante continúan cubiertos por un velo de misterio. Un día, atendiendo una de las necesidades humanas más imperiosas, en específico, mientras atendía la que precisa de soledad y privacidad, Manuel, el querido Don Manuel, mentor de toda persona que por este grupo hubiera pasado en estos dieciocho años, voló en átomos. Terminaron sus restos tan impregnados de mierda de la letrina, o para ser el autor más preciso aún, quedó la mierda tan untada de restos humanos que, al no presentarse voluntarios para clasificar ambas materias orgánicas y darles la sepultura con los honores que cada una mereciera, decidió el frente, en solemne discusión, tapar la letrina acompañando la acción con cantos revolucionarios y con la promesa de hacer la próxima con ventilaciones.

Fue motivo de ardua disputa la explicación de tan triste suceso; dos teorías opuestas competían por ser la más certera fueron las adoptadas en esta discusión: la accidental, teoría formada por José Joaquín, en ese momento el encargado de la seguridad del difunto. Y, la infaltable entre personajes fuertemente adoctrinados: el complot asesino por parte de algún traidor; teoría apadrinada por el jefe de cuadrilla, alias Tiberio, y la gran mayoría de los subcomandantes, vale decir.

La explicación plausible sobre la muerte de Manuel, dada por José Joaquín, dictaba que el hombre, por ser tan aficionado al vicio del cigarrillo, no se contuvo, encendió uno en la letrina, con la mala fortuna que el metano acumulado en ella se prendió y en la consiguiente expansión de llamas, una de las granadas de su cinturón se activara y su propietario en átomos volara, o si literales fueramos en cuanto a lo discutido, en átomos se dividiera pero no volara, sino que en la mierda cayera; lugar donde sus restos cárnicos fueran encontrados. La segunda teoría, la natural, la del complot, obtuvo la mayoría de adeptos en un principio. Tiberio, después de una juiciosa revisión, con documentación de los restos de la granada y detalles topográficos, demostró por donde pudo haber sido lanzado el explosivo al hoyo sin que nadie viera al agresor. Fue recompensado por tan diligente investigación con un pelotón de fusilamiento. Su delito: ser instigador enemigo y desmoralizador de la disciplina leninista, crimen castigado con pena de muerte inmediata; bueno, eso lo dijeron después. Mientras demostraba por enésima vez a la comisión secrete de esclarecimiento reunida para tales fines, cayó en el mismo hoyo de la letrina de Don Manuel. Los próximos en línea jerárquica, pasaron uno a uno por el mismo pelotón, bajo la sospecha de ser sospechosos, y en la misma letrina sus cuerpos acompañaron a su amado comandante.

Sin que los guerrilleros rasos supieran lo que estaba pasando, se hizo la presentación del nuevo comandante, a partir de ese momento, Don José Joaquín. En la ceremonia de entronamiento, José Joaquín mandó a fusilar a dos guerrilleras y un guerrillero para dar ejemplo, aunque acusados de los más horrendos crímenes en contra de la ideología, fueron arropadas sus execrables memorias. María, la linda niña de quince años, y amante forzada de Don Manuel, cayó de primera. Juan de Dios, un insoportable hablador sobreviviente del Frente Quinto, con tendencias de galán de pueblo y origen de desórdenes en la disciplina guerrillera por parte de las combatientes femeninas, la siguió, y por último, Yadira, la más hermosa, la más inteligente, la más agraciada, extrañamente la aparente novia del nuevo comandante, también cayó al foso detrás de sus dos compañeros de infortunio. Más tarde las malas lenguas afirmaron que algún embrollo tuvo con el personaje de la mitad en este sánduche de cadáveres.

La sangre, tan ampliamente vertida en este cambio de mando, sirvió, de la manera que siempre lo ha hecho: como un amnésico colectivo sobre investigaciones aún no resueltas y a modo de anestesiante: un opiáceo general para desincentivar intentos de actos insurrectos contra la nueva autoridad por parte de los subversivos, valga la redundancia. En fin, la letrina de Don Manuel la taparon antes que los guerrilleros rasos vieran a sus antiguos jefes acompañándolo. Fue decorada con una corona de bejucos con hojitas de ceiba, las únicas cosas parecidas a plantas decorativas que pudieron encontrar en su afán. El silencio de la selva lo interrumpieron decenas de voces cantando una canción revolucionaria, con una promesa a gritos, al final, de jamás olvidar al comandante.

La garantía de fusilar cualquier persona que hiciera mención sobre la ya olvidada investigación y compañeros desaparecidos, fueron las primeras palabras del nuevo comandante a sus comandados. Las segundas ordenaron la construcción de una nueva letrina, esta vez con ventilación, no le diera a otra granada por explotar.

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