Dilemas

Chucho Pacho aún no comprendía porqué había sido citado por la policía; él no había hecho nada. Nada, claro, aparte de odiarlos; pero, eso no era un secreto, tampoco delito. Si fuera ese el caso, no habría suficientes guardias en la nación para cuidar una población carcelaria de semejantes proporciones.

Chucho, ante el llamado policial, dejó, en acción deliberada, su dinero en la facultad en que trabajaba; para él, al igual que a la mayoría de la población, cualquier contacto con las fuerzas del orden era mejor hacerlo sin un solo peso encima. Normalmente “Esto es un atraco” no difiere en lo absoluto de un: “caballero, deténgase, muéstreme sus papeles”. Ambos, el criminal freelance y el delincuente organizado, lo que en realidad pretenden es el contenido de la billetera. Los dos tipos de desfalco solo se diferencian en la honestidad del saludo protocolario; el uno directo, el otro sutil.

Chucho Pacho se preguntaba si un — Señor Jesús Francisco Flórez Gómez, tiene usted una citación con el sargento Héctor García, sírvase de acudir mañana a las ocho de la mañana en la estación de San Diego —, tenía el mismo valor semántico que el llamado a mostrar los papeles a las fuerzas del orden. Para él sonaban parecido. Frente a la duda, dejó el dinero en la facultad y salió hacia la estación policial a pie. Eso sí, aunque la billetera se encontraba en la más absoluta orfandad monetaria, en el bolsillo derecho de su pantalón escondía un billete de alta denominación destinado para usos extraordinarios. Nunca se sabe, en ocasiones la transferencia pecuniaria desde mano civil a mano policial no debe ser tomada como un simple saqueo; puede ser una simple transacción comercial: el civil, forzado por el egoísta interés personal, compra, a precio de ganga, la anulación de la capacidad creativa oficial; es decir, los futuros crímenes y delitos que el oficial amenace con imputarle a su contraparte durante la negociación.

“¿Por qué diablos me citaron en la policía?”, se preguntaba confundido Chucho mientras caminaba por la avenida Oriental. “Que yo sepa, la policía nunca se ha quejado de mis escritos en el periódico universitario. Bueno, es obvio, los policías no saben de su existencia; si no son capaces de leer el código criminal y, peor aún, comprenderlo, ahora van a tomar un periódico lleno de apuntes y reflexiones filosóficas pasadas de moda que ni siquiera los estudiantes más desocupados se atreven a abrir”.

“¿Me habrá alguien delatado ante la policía porque aconsejo en mis escritos a los alumnos no colaborar con la justicia colombiana? ¡Pero si eso no es un crimen! Es, por lógica, el consejo más razonable y humanitario posible. Cómo no recomendar a mis estudiantes evitar cualquier interacción con el sistema judicial, si es bien sabido que cualquier tipo de contacto, por mínimo que sea, puede traumatizar sin remedio hasta al carácter más recio. Ver a los jueces, fiscales, ayudantes y demás fauna legalista trabajar en pro de la justicia es, con franqueza, un acto masoquista.  Posiblemente es menos lesivo para la integridad mental y la estabilidad emocional, presenciar la tortura y muerte de su propia familia. Tamaño trauma se lo debo evitar a mis estudiantes. Es mi deber instruirlos para la vida. Aconsejarles evitar la justicia no es un crimen, todo lo contrario, es un acto loable. No creo que los policías me busquen por eso; tiene que ser algo diferente”.

“¿Qué habré dicho? ¿Qué hice? ¿Quién, con contactos, se habrá visto amenazado?”, Chucho se devaneaba los sesos sin encontrarle ninguna lógica al llamado policial. “¿Quién será ese sargento García? ¿Qué pretenderá?”

La avenida Oriental llegó a su fin, a partir de la glorieta tomaba un nuevo nombre, avenida del Poblado. Chucho, al llegar a la intersección, se detuvo, observó la glorieta que tenía al frente, giró su vista hacia un semáforo 300 metros a su derecha; nuevos dilemas acosaron su agitada mente.

*             *             *

El sargento García, acantonado en la estación de policía de San Diego, se encontraba ocupado con dilemas muy afines a sus intereses y preocupaciones más inmediatas: esperaba la visita de un testigo que podría destrabar su investigación y, asimismo, planeaba una nueva estrategia para compensar el desplante a Yanelly; quien aún no le devolvía sus numerosas llamadas. Obviamente, dada la urgencia e importancia de su misión policial, el espacio en su cabeza para Yanelly era menor de lo deseado. La imagen de la linda Yani se veía traslapada por la de un desconocido, un tal Jesús Francisco, el personaje descrito por el idiota de Nicolás, hasta el momento su único testigo, quien afirmaba segurísimo que era el tal Chucho Pacho, cómo le decían, quien poseía la clave sobre el caso del futuro atentado contra el gobernador.

Héctor suspiró; ese cabrón del Nicolás sí que le había hecho perder tiempo con sus declaraciones estrafalarias. Pareciera que todo el mundo se quería burlar de él: el detestable coronel, la complicada Yanelly, el alcohólico de Nicolás. ¿Habrá un complot en su contra? Los últimos días habían sido toda una pesadilla. ¡Y lo bien que había empezado la semana! Con Yanelly casi en la mano; sin misiones importantes que realizar; sin estrés; sin su trabajo en riesgo; sin el coronel encima suyo con ánimo de fastidiarle. Ahora, no obstante, su relación con el coronel se encontraba en los peores términos posibles; Yanelly de nuevo perdida y, para colmos, veíase obligado a malgastar su tiempo con entrevistas a borrachos.

Su caso se encontraba estancado; no le quedaba ninguna opción que interrogar al tal Jesús Francisco. Si resultaba verdad lo que Nicolás afirmaba, con una conversación de tan solo media hora con este sujeto, Héctor sabría si tenía un caso real o no. En diez minutos, cuando se presentara en su oficina, vería la utilidad de ese profesor; su único testigo. Si, por alguna razón, resultaba el atentado ser una falsa alarma; Héctor podría utilizar esa información en contra del coronel. Si, en caso contrario, la posibilidad de un atentado contra el gobernador Ortiz era verdadera, – según lo afirmó Nicolás, el supuesto testigo presencial – podría resolver el caso en corto plazo, para volver a dedicar su tiempo en cosas de mayor interés; por ejemplo Yanelly.

Héctor apoyó sus codos en el escritorio y soñó despierto. Imágenes difusas pasaron por su cabeza: El coronel, Yanelly; cada uno aparecía por su mente a intervalos intermitentes; el uno, jodido por completo, sentado en una celda, la otra, desnuda en su totalidad, sentada sobre él. Sonrió. Cuanto se alegraría con la caída de coronel, como deseaba verlo sufrir; que conveniente fuera que algún enemigo – el hombre tenía un gran número – le diera un tiro en la cabeza. ¿Era mucho pedir? El sargento puso su mirada al cielo. Todos los muertos que han decorado las páginas de los periódicas de esta patria por un simple cigarrillo, el robo de un celular o un insulto mal digerido, y el coronel, semejante cabrón, de sobrados méritos candidato a una muerte dolorosa, ahí, quietico y feliz, sin ninguna persona que lo ataque. ¿Por qué en este país siempre pierden los buenos y nunca los malos? ¿Acaso había que desaparecer a veinte personas, al igual que el coronel, para que la vida sonriera? El silencio reinante en la estación le indicó a Héctor que para eso no había respuestas. “Pues si el caso es así”, pensó el sargento mientras sonreía con malicia imaginándose un asesino serial. “El cabrón del coronel será uno de mi lista”. “Un día”, suspiró. “Un día”.

Entretanto, sin posibilidades de desaparecer a su enemigo a corto plazo, distrajo la espera con

Yanelly bailando desnuda en sus pensamientos. Para tristeza de Héctor, nunca en la vida le había visto siquiera un pezón, no obstante, la imagen de ellos, así fueran imaginarios, lo llenaban de felicidad. Imaginaba, con la poca información que tenía, su cuerpo totalmente desnudo. Yanelly, bastante dada a vestirse con elásticos pantalones de lycra, ya le había aportado suficientes detalles sobre la parte baja de su cuerpo. La superior, forrada con diminutas camisas y provista de enormes escotes, había sido también grabada en su memoria con fidedignos detalles sobre el tamaño y forma. ¡Eran enormes! ¿Con qué dificultad los introducía ella entre esas diminutas prendas? Los imaginaba, ambos empacados al vacío, recibiendo la libertad que algún día él les diera al quitarle la camisa a Yani; los veía sobresalir tambaleantes ante la gravedad y libertad recobrada.

Héctor obsesionado sin remedio con el pecho de Yanelly, había pasado más de un mes con este martilleándole su cerebro, jugando con sus hormonas; pero, ya no podía más, necesitaba verlo, tomarlo, apretarlo con ambas manos y… ¡que no le haría!

Se habría masturbado en ese mismo instante, si no fuera porque en cualquier instante su testigo, Jesús Francisco iba a presentarse en la oficina.

*             *             *

Chucho Pacho observó la avenida del Poblado desde la avenida Oriental; era la misma vía, pero se encontraba interrumpida por una glorieta. Si cruzaba por el medio de esta, eran solo veinte metros los que debía caminar para llegar a la nueva avenida, o, si su integridad quería salvaguardar de los imprudentes conductores nacionales, podía recorrer unos trescientos metros hasta un semáforo con una figura humana verde o roja que, dependiendo del momento, le permitiría pasar con cierta seguridad de no morir atropellado.

Para Chucho, la elección entre estas dos rutas se convirtió en todo un dilema; estaban en riesgo sus principios: “¿Será que paso o será que no? He ahí la cuestión”, se dijo. “Yo sé que el semáforo está allá, en la esquina. Si quisiera, hasta él podría caminar. No se encuentra lejos. Ni cinco minutos de mi vida se perderían; no llegaría tarde a la cita con el policía por eso. Pero si dudo, es por el alto valor que le tengo a la ética, al hacer lo correcto. Es por eso que mi conciencia me dicta cruzar la calle justo por toda la mitad, subirme al separador que han puesto para que precisamente no lo haga y luego, zigzaguear entre los carros para llegar a la otra acera. La cuestión es más profunda que decidir si atravesar una calle donde no se puede, es atentar contra… ¿Quién dice que no se puede? ¿Quién me impide hacer lo que me da la soberana gana? ¿El código de tránsito? ¿Y quién ha creado el código de tránsito? ¿Quién se ha creído con el derecho de imponerlo? La respuesta más plausible que se me ocurre es que ha sido redactado y discutido por el congreso de la república. Honorables representantes de la democracia representativa, quienes en un acto de patriótica virtud, se han sentado por horas, días y semanas para redactar la norma que rige el comportamiento vial de todos los ciudadanos de un país. Cuarenta y pico millones de personas afectadas por esta norma; pero, ¿es posible que alguno de estos demócratas, de verdad haya pensado en toda esa cantidad de personas al momento de crear estas normas? Que lo afirmen ellos, vaya y venga, su trabajo incluye mayoritariamente, entre otros oficios, el mentir con profusión sobre todo lo habido y por haber. Pero no nos digamos mentiras, algún guardado tendrán; quien sabe quién se ha beneficiado con cada inciso aprobado. Como saber si el numeral cinco del artículo tal, ha sido creado con en el bien general en mente, o, en el bien de las personas que rodean el círculo familiar y afectivo del político que las aprobó. Eso no lo sabemos; sin embargo es seguro, por estadística y probabilidades de actuación del honorable congreso, que habría que ser muy ingenuo para pensar que algún personaje de esos, en algún momento de la discusión, pensó en las personas de carne y hueso.

Un consenso logrado en la fétida corporación, nunca ha sido bajo un concienzudo balance entre los pros y los contras del tema a tratar, más bien, y sin tener nada que ver con el bienestar común, la discusión de días, semanas y meses, ha girado sobre cuales amigos y familiares de cada uno de los senadores serán beneficiarios por el estado si estos se deciden aprobar un inciso, y cuáles no. Los amigos y parientes rechazados tendrán su beneficio en la discusión de la próxima sesión, la próxima ley, artículo o numeral. La ley que dice que debo ir hasta el semáforo existe porque quienes la aprobaron chantajearon al gobierno de turno y este ha debido comprar cada uno de los votos a costo de favores; si no fuera así, la norma ni siquiera existiría. Es así como llego al dilema en que me encuentro aquí, parado en esta acera, con la avenida del Poblado justo al frente mío y el semáforo, a unos cien metros a mi derecha”.

“¿Al frente o a la derecha? A la derecha es seguro. Al frente es peligroso. Semáforo es resignación, conformismo, pusilanimidad. La mitad de la avenida es firmeza de carácter, principios, valentía. Si llegase acaso a ir al semáforo, mi acción sería condenable bajo cualquier perspectiva ética; porque, mirándolo bajo esta perspectiva: la acción de caminar hacia el semáforo y esperar allí, a que él, con su hombrecito titilante verde, me indique cuando cruzar la vía sin riesgo, sería una tácita aceptación de esa norma escrita que codifica el comportamiento dentro del territorio nacional. Pero, he aquí el gran pero, si yo llegase a aceptar esa norma escrita, así fuera con silenciosa sumisión, ¿no avalaría con ello a quienes la escribieron? ¿No legitimaría su labor, aun cuando sé que no se trataba de una normativa para mejorar la vida del país; sino por el contrario, de un chantaje contra el gobierno de turno, aprobándole algún inciso a cambio del favorecimiento de un amigo del político del cual poca idea tengo cómo se favoreció, pero bien sé en mi interior, que por inocente que sea el numeral que me obliga ir al semáforo, hay un ganador oculto que no se lo merecía? ¿Quiero yo, que ese personaje desconocido, pero a todas luces amigo, familiar, compañero, socio o amante de un congresista, se beneficie? No, claro que no, eso es corrupción, el cáncer de la sociedad. ¿Quiero yo, que ese representante que no me representa, se legitime como un válido creador de códigos de comportamiento, si su actuar siempre está fuera de lo correcto? No, no lo quiero legitimar”.

“¿Paso o no paso?”, siguió Chucho en su dilema. Ya había pasado la hora de la cita, su retraso iba a crecer si continuaba sumergido en cavilaciones interminables; debía solucionar rápido su dilema si todavía pretendía llegar con un retraso aceptable a su entrevista en la institución policial y su más tangible representante, un tal sargento Héctor García. “Esta es la cuestión: si cruzo, atento contra lo que la deontología llama lo correcto; pues es bien sabido que no se debe cruzar la vía por la mitad: es peligroso. Si voy al semáforo, cometo la barbaridad de legitimar a personajes ilegitimables; trastocaré todo el valor y sentido que tiene la definición de ética, por alguna otra definición vaga y gris, donde todo es posible, y los términos “correcto”, “impoluto”, ”ético”, se conviertan en solo eufemismos para ocultar el lodo. Así, al verme obligado a cometer un acto incorrecto, escojo el mal menor: ¡Por eso paso la calle por donde no se puede!”

Fue en ese momento, justo en ese momento, donde los correctos y profundos pensamientos de Chucho Pacho llegaron a esa conclusión, y concluyeron. Nada diferente pudieron hacer, aparte de ver al mundo girar sin control. El profundo pensador había sido en ese instante víctima de la lógica. Ya que si uno atenta contra las mínimas normas del sentido común, estas, no escritas en algún un código de tránsito, pero de mayor legitimidad, por estadística, tradición y peso cultural, si son de acatar; pues el primer beneficiado es el interesado mismo. Ellas, dentro de algún inciso no escrito, dicen que uno no debe cavilar sobre lo divino y lo humano; en cambio, debe, en acción consciente y decidida, mirar para ambos lados antes de cruzar una calle.

Una conductora, quien observaba a un ser humano levitar sobre los contaminados aires citadinos después de un gran estruendo de latas, también había faltado a una importante norma del sentido común: no utilizar el whatsapp mientras conducía.

En otra perspectiva, la del Chucho volador, tan profundo hacía unos segundos, en ese instante, al ver el frío asfalto que le esperaba, contaba con pensamientos más elementales y presentes; no cavilaba sobre la ética y la deontología, sino sobre lo rugoso, abrasivo y duro que pintaba el futuro.

Caso contrario, quien había pasado de ser una imprudente conductora y eventual testigo de improvisados supermanes, se convertía en el mismo lapso de tiempo en una filosofa llena de dilemas matemáticos: “¡Ay madre mía! ¿Cuánto me va costar esto? ¿No será mejor desaparecer?”

*             *             *

Llegaron las ocho y treintaicinco minutos de la mañana. Treinta y cinco minutos que el sargento García debió esperar, uno por uno, hasta darse cuenta que no iba a poseer ningún testimonio. Su testigo no se presentó. Con su ausencia, tampoco apareció el testimonio que probara la falta de fundamentos del atentado contra el gobernador y con ello, dar comienzo a la caída del coronel. También se perdió la posibilidad de obtener una declaración juramentada que podría resolver su misión en caso que fuera real, con esto se evaporó su idea de solicitar un cambio de estación; evadir el desagrado de tener al coronel cerca, y, poseer el tiempo suficiente para trabajar a la Yanelly como correspondía.

— A nosotros los policías ya nadie nos respeta —, se dijo Héctor frustrado ante el desplante de su testigo. Se ofuscó de solo pensar que afuera había alguien riéndose de él. Esa idea le era insoportable. Le provocaba buscar a ese hombre y acabarlo a trompadas. Normalmente el odio que sentía por los que creía le estaba tomando el pelo se disipaba en un momento, sin embargo la combinación de las humillaciones sufridas al tener que obedecerle al coronel así le insultase, la pérdida de Yanelly y el haber sido ignorado por completo por un ciudadano que no tenía opción diferente a presentarse ante él, le era un trago demasiado amargo. Héctor se preguntaba que había hecho para merecer tanto oprobio. Porque nada en su vida podía salir bien. Porque el destino decidía en su ruleta del azar dejarle todo lo malo y nunca lo bueno de la vida. Porque cuando por fin encontró una chica después de tantos años de soledad le mandaba al coronel como mensajero para decirle que él, Héctor, no merecía ni siquiera una pizca de felicidad. ¿Qué hacer ahora? ¿Continuar con su misión, o recuperar a Yanelly? ¿Continuar a la espera de su testigo, o buscarse otro? Pero, ¿era posible resolver un caso que había sido denunciado en una servilleta? ¿Más cuando el único testigo ni siquiera atendía el llamado policial?

Si fuera algo real, el testigo seguro habría acudido corriendo a ayudarle, a menos que hiciera parte del grupo conspirador, en ese caso su testigo ya se habría volado hacia otro país. En cualquier caso, Héctor se encontraba en su oficina, sentado, mirando la pared del frente de su escritorio, cual incompetente, sin hacer nada. La persona que conocía la veracidad o falsedad de la amenaza, andaba afuera, como si nada pasara.

Héctor no soportaba su situación; decidió salir a la calle para tomar aire, calmar su furia con la débil excusa buscar a su testigo por las calles de la ciudad. No sabía cómo lucía su testigo, solo conocía su nombre y su teléfono, al parecer trabajaba en una universidad; no tenía idea cual. A menos que el tal Jesús Francisco caminara con su nombre escrito en un rotulo pegado a su camisa, la empresa que el sargento pretendía, era del todo vana; aunque no del todo, por lo menos en el camino su furia quedaría atrás.

De la estación de policía de San Diego, hasta la universidad más cercana, la de Medellín, se cuentan unos tres o cuatro kilómetros de distancia; Héctor no pretendía caminarlos, todo lo contrario, había descartado la idea de hurgar por su testigo en alguna facultad. Él no iba a indagar por nadie durante el resto de la mañana; evitaba esa búsqueda por interés propio: estaba tan cerca de un episodio histérico por haber sido plantado, que la idea de descubrirse en la universidad equivocada le generaría tanta ira, que sabía, no podría controlarse. Lo mejor para él, su misión y su estabilidad mental era dejar esa tarea para el día siguiente; ya podría buscar su testigo en las universidades por teléfono desde la comodidad de su oficina en vez de visitar facultades a diestra y siniestra. Por el momento él solo haría una cosa: serenarse. Para eso había decidido ir la avenida Oriental y darse un paseo. A Yesenia, la secretaria del coronel tan atenta a todo movimiento en la estación, le diría que emprendía la búsqueda de Jesús Francisco para cubrirse las espaldas, pero no pretendía hacerlo; necesitaba airearse, ordenar sus ideas, calmarse y planear que hacer con sus tres problemas más urgentes: encontrar a Jesús Francisco, vengarse del coronel de alguna forma e imaginar alguna trama para reconquistar el interés de Yanelly.

Fuera de la estación, caminadas dos cuadras, avistó la intersección que divide a la avenida del Poblado con la avenida Oriental, su destino. En medio, había una glorieta de alto tráfico que debía cruzar. A unos trescientos metros a la izquierda vio un semáforo para peatones. Obvio, él no iba a caminar tantos metros solo para que un humano lumínico, verde o rojo, le dijera cuando pasar; nadie lo mandaba, mucho menos un bombillo. Mejor, cruzaría por el medio como siempre lo había hecho. Miró a su derecha y encontró, entre carros que bajaban a toda velocidad, un espacio por donde podría cruzar. Observó con detenimiento a su izquierda, estaba vacío, podía pasar. Dio el primer paso. Un estruendo le obligó a mirar hacia el frente, el lugar hacia donde se dirigía. Un cuerpo volaba por los aires. Todo sucedía en cámara lenta. La imagen que sus ojos captaban, era la de un hombre, cual Superman, volando por los aires acompañado por dos zapatos desgastados y una billetera, que ascendían por los aires siguiendo parábolas diferentes.

Bajo la atenta mirada de Héctor, el robusto cuerpo del momentáneo súper héroe volador llegó en su vuelo al punto que un matemático llamaría, el zenit de la parábola, la cumbre, el punto máximo en el que la gráfica empieza a descender hacia la cota cero. En un dibujo abstracto de un atropello vehicular: X, la variable de distancia aumenta con el paso del tiempo según la distancia recorrida desde el punto inicial, la coordenada que en su momento fue (0,0), origen de la medición. Sin embargo, Y, la variable de la altura, en este preciso momento ha llegado a su punto máximo, a partir de ahora, los números que la representan, tenderán a dirigirse al cero a medida que pasan los metros. Por desgracia para el hombre volador, la cota cero en Y no era nada más ni nada menos que el duro asfalto que le esperaba, una vez la siempre constante gravedad hiciera su trabajo.

Héctor no contó el tiempo transcurrido, a lo sumo, fueron solo dos segundos los que pasaron para que el máximo de Y se encontrara de nuevo en cero. Dureza, solidez y densidad, son estas las tercas propiedades físicas del asfalto, las que impiden llevar el número a valores negativos. El ex hombre volador de aquí no pasó. Su humanidad fue aplastada bajo su propio peso contra el duro asfalto, solo logrando deshacerse de esa opresiva presión, cuando rebotó unas dos veces.

Por fortuna para los traumas y sensibilidades de la conductora que lo atropelló, la parte delantera del carro donde se encontraba, escondió las terribles consecuencias del contacto entre una pesada masa blanda filosofadora, la estática e inflexible superficie de su carro, y la ruda, abrasiva, solida e inmutable superficie del asfalto. Por el contrario, el sargento, ubicado al frente de la escena, contempló con lujo de detalles todo lo acontecido. Curioso, observó a la conductora ignorar al hombre que se revolcaba en el suelo de dolor y, sin pestañear, continuó su chat en su celular con una evidente cara de disgusto.

Por su formación policial, Héctor buscó su teléfono para tomar una foto de la escena, pero al hacerlo notó algo: estaba de uniforme. — ¡Vida de mierda! —, renegó. — ¡Me va tocar ayudar!

Los vehículos, guiados por conductores curiosos, bajaban ostensiblemente la velocidad. Ocasión aprovechada por el sargento para llegar a la avenida Oriental sin arriesgar en demasía su integridad.

— ¿Qué pasó? —, preguntó a la mujer que, sin despegar sus ojos del celular, se bajó malhumorada del vehículo.

— Yo no sé, apareció así de repente.

— ¿No será porque usted wasapeaba?

— ¿Yo? ¡Cómo se le ocurre! —. Tililín. Sonó su celular con ese característico tono de whatsapp.

— Señor, ¿está vivo? —, preguntó Héctor, con la pretensión de aparentar ser buen oficial, quien al herido que ya había dejado de revolcarse en el asfalto.

— Sí —, gimió este. — Llamen una ambulancia.

El hombre se encontraba tirado en el piso en una posición extraña. Era evidente que varios huesos apuntaban hacia el lugar equivocado. Gemía e ignoraba, invadido por el dolor, a los dos personajes que estaban de pie frente a él. Intentando tomar una posición más cómoda que le disminuyera el dolor, apoyó su cabeza a modo de almohada sobre uno de sus zapatos que había caído justo junto a él. El otro zapato se encontraba muy lejos para ofrecer confort. Su billetera, la otra acompañante del vuelo parabólico, cayó sobre el capó del carro que lo acaba de atropellar; ahí, tan lejos, no servía de consuelo.

— ¿Ya llamó una ambulancia? —, preguntó el sargento a la conductora.

— ¿Cómo se hace eso?

— Es el mismo número de la policía.

— Pero usted ya llegó —, respondió mostrando una cara que denotaba un absoluto desprecio por la presencia policial.

— Estoy de descanso, yo no puedo ayudarle —, replicó Héctor con fastidio.

— ¿Cómo así? ¿Lo va a dejar ahí tirado?

— No señora, me quedare aquí hasta verla llamar con su celular al *123 para pedir una ambulancia y la policía.

— A mí no me parece.

— ¿No le parece?, ¿Qué significa eso?

— Que no me parece —, manifiesto obstinada. — Eso lo debería hacer usted.

— Si lo que usted desea, es que su número no quede registrado para poder volarse; se equivoca mi señora: ya le tome una foto con mi celular. Si me llaman como testigo, declaro contra usted, bajo el peso de mis obligaciones constitucionales. No solo eso: también presento la fotografía suya al lado del cadáver.

— ¡Todavía estoy vivo! —, manifestó el hombre en el suelo. — ¡Llamen la ambulancia!

— Si usted se presenta de testigo en un juicio, digo al jurado que usted no quiso ayudar —, dijo la conductora para nada amedrentada. — Además, declaro que usted me pidió plata para sacarme del problema. No solo eso; hago la declaración hecha un mar de lágrimas que fue otra persona quien lo atropelló y usted me incriminó porque no le quise dar dinero…

— ¿Es eso una amenaza? —, interrumpió, Héctor, en un acceso de ira. — Su insinuación es en sí, un crimen. Siga así e irá usted a la cárcel.

— ¡Nunca! ¿Tiene pruebas? Yo le estoy…— Tilililín. Es interrumpida de nuevo por su celular. Lo atiende ignorando por completo el policía que tiene al frente. — ¿Aló? Si mi amor, estoy aquí emproblemadita, me demoro un poquito para llegar, pero esperame. No seás tan afanado, esperame que yo si te voy a recoger, solo que un poquito tarde. ¿Dónde estás? ¿En la universidad de Medellín? Yo te recojo, solo dame media horita.

— ¿De verdad cree que va a salir de esto en media horita?

— Depende de cuánto ayude usted —, manifestó imprudente.

— ¿Ahora me intenta comprar?

— No señor agente.

— Soy sargento.

— No señor sargento, lo que pretendo es simplemente que usted olvide lo visto y ya.

— ¿Así como así?

— Sí señor.

— Sargento.

— Si señor sargento.

— ¿Y porque haría yo eso?

— Primero, porque en caso de juicio usted quedaría tan afectado como yo. Ya le dije que si se vuelve testigo en un juicio, me lo cago. Segundo, mírelo: ese es un zarrapastroso, no tiene ni donde caer muerto, nadie lo va a extrañar, lo podemos dejar ahí, el mundo no va a perder nada.

— Es un ser humano —, replicó indignado Héctor.

— Es un pobre.

— A mí no me parece, tiene pinta de profesor.

— Yo soy un ser humano —, balbuceó entre convulsiones el herido. — Y soy profesor.

— Miremos la billetera —, dijo en pose autoritaria. Señaló el capó del carro y la conductora diligente tomó la billetera y se la entregó. La abrió; la esculcó. Buscó en los bolsillos, uno por uno, sin encontrar un solo centavo. Revisó si tenía tarjetas de crédito. Nada; ni siquiera una débito. Desinteresado, lanzó la billetera sobre el agonizante, la iba a necesitar para que lo atendieran en el hospital.

— ¿Quién es el hombre? —, preguntó curiosa la conductora.

— No he leído su nombre —, dijo Héctor indiferente. — A quién le importa, no tiene un peso. Cambiando de tema, ¿se dirige usted para la universidad Medellín?

— Sí.

— ¿Me lleva?

*             *             *

Chucho, recostado sobre sus trituradas costillas, observaba atónito al policía y la chica que lo había atropellado montarse en el carro y dejarlo tirado en el asfalto. No pudo gritarles su insulto preferido porque el dolor, esa sensación que impide a las personas expresar sus sentimientos más inmediatos, había borrado por completo su cerebro y lo había llenado con solo un sentido, el nervioso, imposibilitándole, a causa del intenso sufrimiento, manifestar su indignación. Los espasmos de dolor, que el herido sintió de manera intermitente, le hicieron pensar en la muerte; pero en los momentos de calma, notó que se trataba de solo huesos, muy dolorosos por cierto, pero no moriría. Chucho Pacho estaba seguro de una sola cosa: su futuro inmediato iba a ser, para no entrar en palabras tabú raciales, un futuro cargado de situaciones y eventos que cómo mínimo podrían ser calificados como dolorosísimos. Ante estas perspectivas, tomó el camino de menor esfuerzo, se desmayó. Dejó a otros el pesado fardo de encargarse de su persona y de todos los procedimientos necesarios para dejarlo en algún hospital; él no estaba para esos trajines.

Sin embargo, no.

Para su desgracia, no habían pasado ni cinco minutos cuando emergió de su desmayo con plenas facultades cognitivas; tuvo que revolcarse de dolor en el asfalto durante otros cinco o diez minutos. Cuando se calmó, vio llegar a los infaltables morbosos, quienes le ofrecieron agua a cambio de poder presenciar de primera mano su sufrimiento. Además, de la nada, producidos por generación espontánea, aparecieron unos tres o cuatro doctores, con la mala suerte para el herido, que el bueno, justamente por ser bueno, poseía casa de campo, amante y un mercedes último modelo que deseaba conducir con ella para descansar el fin de semana. Fue claro que este doctor, al ver al herido rodeado de otros colegas, se fue calladito y, los doctores restantes, los malos, los que no tenían vacaciones, vida, mercedes, ni amante, intentaron de tomarle el pulso justo en la muñeca que tenía quebrada. Los gritos, insultos y espasmos de dolor de Chucho, los ofuscaron y uno por uno se fueron desvaneciendo de la escena.

Mientras tanto, alguien le preguntó, — ¿A quién quiere que llame? ¿A la policía o a una ambulancia? —. Escogió la ambulancia. Tuvo que esperar una hora para que ésta llegara y otra hora para que lo montaran en ella. En fin, llegó al hospital, dónde en vez de atenderlo, lo dejaron un rato mientras le hacían preguntas importantes: — ¿Cuál es su seguro? ¿No tiene? ¿Quién va a pagar por su tratamiento? ¿No sabe? ¿Puedo ver su billetera? Pero si la tiene vacía. ¿Cómo se llama usted tan pobrecito? ¿Jesús Francisco? Está bien. ¿Algún apellido? ¿Por qué no contesta? ¿Esta inconsciente o se durmió?

Chucho Pacho se despertó al siguiente día en otra habitación, en la que encontró dos camas con extraños, los cuales no pudo dejar de ver, así quisiera cambiar su panorámica. Después de mucho cavilar sobre las razones de esta forzada visual, descubrió el porqué: se encontraba enyesado de pies a cabeza y en la posición que lo habían dejado después de la operación, iba a pasar los siguientes dos días.

Uno de sus vecinos de cuarto, el que tenía la mano libre, se apoderó del control del televisor y lo forzó a ver todas las telenovelas mexicanas en cartelera. Chucho, afortunado, perdió de nuevo la conciencia durante dos días, en los que, dormido, sanó lo suficiente para merecer el cambio del yeso completo que lo vestía a manera de armadura, por unos simples yesos en pierna derecha, pecho, hombro, y brazo izquierdo. Un cuello ortopédico le quitó por completo cualquier posibilidad de la vista periférica y unos vendajes mantuvieron sus costillas más o menos en su lugar. Mientras no riera, tosiera o respirara no sentiría dolor.

Al cuarto día, lo enviaron para la casa con una formula médica para la compra de ibuprofeno y una carta firmada por el director del hospital amenazándolo con abogados y juicio si en término de quince días hábiles no pagaba la cuenta del hospital.

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