El Puerto

Sucedió una mañana. Esa, la del martes. Si hubiese sido el lunes, vaya y venga, ningún problema habría; sin embargo la fortuna, esa, la que dicta basada en el azar si el resultado será bueno, malo o regular, decidió que ese día resultara un martes. Bueno, no seamos así, no debemos atribuirle todos los inconvenientes al martes, no fue su culpa. La responsabilidad por lo sucedido podría ser imputable a la mala suerte, real causante de tantos imprevistos al promulgar como día afortunado al siempre vilipendiado lunes, en vez del martes. Ese lunes, el ahora graduado de suertudo, llegó temprano un importador a la oficina de aduanas con apremiantes necesidades de solucionar ciertos problemas portuarios. Su contenedor, sospechoso de contener armas ilegales, se encontraba congelado en puerto por las autoridades. La razón de la visita del empresario en persona, consistía en la obtención de una autorización legal, estampada, ojalá con varios sellos y unas tres, cuatro o cinco firmas, que le permitieran sacar en un camioncito que tenía allí, a la vuelta de la esquina, el contenedor con los bananos que él juraba habían adentro, tal como lo confirmaba el acta de importación, los que, si continuaban en ese forzado cautiverio, podrían estropearse. El importador subrayaba vehemente no importar armas, solo bananos. Su pedido era simple: liberar el contenedor ese mismo día y bajo ningún motivo revisar su interior; con su declaración de contenido bananero tendría que bastar.

Obviamente los términos de la conversación entre el importador y la empleada portuaria fueron llevados en términos vagos y poco vinculantes, porque ambos, profesionales en sus respectivas ramas, tomaban sus propias profesiones en serio; pues eran, a su propio parecer, personas honestas y negociantes rectos. Ignoraban, eso sí, si el otro también lo era, o por el contrario grabadora en mano tenían para aventarlos a la policía.

Realizados los saludos protocolarios, seguidos de las respuestas correspondientes, entraron en materia. Pasadas las preguntas de rigor por parte del empresario sobre la situación legal del contenedor y las posibilidades de liberarlo saltándose algunos formularios — nimiedades — siguieron las obvias negativas, por cuenta de la funcionaria, a realizar algún paso por fuera de la ley. El importador aclaraba, jurando por la virgen y por los santos, con su mismísima madre anexa en la declaración, que no venía a esa oficina a hacer peticiones indecentes, no señora, él era un hombre de negocios, recto y honesto; además, la sabía una funcionaria ejemplar. No obstante, tenía un problema de difícil solución y sabiéndola tan acuciosa en su trabajo, acudía a esa oficina para averiguar cuál era la manera para solucionar estos insólitos inconvenientes, ya que era la primera vez en su vida como importador que estos sucedían.

— No se puede —, respondió tajante la funcionaria. — Existe una normatividad vigente que hay que respetar. Explícitamente dice que ese contenedor se encuentra en cuarentena por sospechas de contener armas y será en próximos días revisado por la policía aduanera; sin embargo, yo, funcionaria portuaria, podría… ¿le provoca un cafecito?

— Sí, claro, muchas gracias —, dijo con cierta desgana el importador; la negociación no sería corta.

Conversaron, durante la forzada pausa del café, sobre el clima, lo duro que estaba el verano y lo afectados que se encontraban los cultivos de banano de la zona. La funcionaria insistió en el tema bananero, pero sobre esta fruta el importador no aparentaba poseer muchos conocimientos, aparte de acotar que la temperatura, en efecto, ya rayaba con lo incómodo; no soportaba llevar su propio traje por esas tierras. Terminado el café, la conversación pasó de los bananos y clima para entrar a temas más cotidianos e interesantes para ambos: lo complicada y corrupta que se había convertido la policía portuaria en los últimos meses.

— Es que con tanta corrupción, no es posible hacer nada. Para todo piden dos milloncitos. Pareciera que si la cifra comienza con un uno, no les sirve. ¿Qué le parece? ¡Ah! Ya no sabe uno que se creen; son unos descarados. Así no se pueden hacer negocios —, manifestó indignado el importador.

— Se equivoca doctor, es peor —, añadió la funcionaria. — No tienen problema con el uno al principio de la cifra, sino con la cantidad de ceros. Ya piden sin pena diez millones por todo, hasta por lo legal. Si no se les paga, abren el contenedor y dejan estropear lo que haya adentro.

— ¡Abrir el contenedor! — exclamó alarmado. — Eso es inaceptable, un verdadero abuso. Se madurarían los bananos. ¡Qué lio! Además, si la policía me pidiera esa cantidad de dinero, sería casi una extorción. Yo, por ética y principios, no los pagaría; además, se sale de mi presupuesto, solo poseo tres.

—  Con tres millones le quitan el dinero e igual revisan el contenedor.

— ¡Revisar! —, repitió alarmado. — Yo le tengo pavor a la policía, quién sabe que se pueden inventar para tratar de sacarme dinero. Usted, tan querida. ¿Qué podría hacer por mí para salvarme del abuso policial? —, preguntó imprudente el importador.

— Yo no puedo. El único con esa facultad es el coronel Aramburo, pero el hombre se mantiene en Medellín y es jodido, se lo advierto; hay que mejorar su humor de alguna manera. Asimismo, para él darle autorización necesita primero que esta oficina dé un visto bueno a su cargamento.

— ¿Por qué no lo han dado?

— Lo haremos, pero según los términos legales, tenemos veinte días para hacer la inspección —, respondió con desidia.

— ¿Inspección!? ¿Veinte días? ¿No hay forma de acelerar el proceso y evitar la apertura de la carga?

— No, hay una fila que respetar. Mire, adelante de su carga está el contenedor con los equipos del hospital de Briseño. Lo estamos inspeccionando por riesgo radiológico. Tenemos que proteger a nuestros niños. ¿Me entiende? —, dijo la funcionaria orgullosa. — Los del hospital no han querido facilitar el proceso; no se ayudan.

— ¡Mis bananitos! ¡Se van a podrir!  No sé qué hacer para evitar semejante catástrofe. No comprendo a los de ese hospital: no entienden el valor de ayudarse para ayudar a los niños que tanto necesitarán ese equipo. Yo en cambio soy de otro parecer ¿No hay alguna forma en que yo pueda ayudarme a facilitar el proceso para que no se pudran mis bananitos? —, insistió.

— Ya le dije, trabajamos con los tiempos legales. Soy una funcionaria honesta, solo me es permitido colaborarle de una forma: avisándole cuando su carga esté lista —, manifestó en aparente desinterés.

— ¡Tanto tiempo de espera me mata! ¡Me voy a arruinar! —, declaró teatral el importador.

— ¿Arruinar? No es el único —, se quejó la funcionaria. — Parece que los dioses se confabularon para joder a todo el mundo. La semana pasada mi carro se dañó, y vea lo que me dicen: el arreglo cuesta cinco millones de pesos. ¡Cinco! ¿Lo puede creer? Toda esa plata por tres pendejaditas en el motor. Es obvio que no los tengo, soy una funcionaria pública, usted sabe que nos pagan poco, sino decir casi nada. Por esa razón trabajo todos los días aquí, bien cumplidita, para ahorrar el dinero suficiente para reparar mi carro.

— ¡Que coincidencia! Yo tengo un primo mecánico —, exclamó en aparente sorpresa. — Con una habladita de cinco minutos lo convenzo para que le haga el arreglo. Fijo, lo hace gratis.

—  Pero yo no quiero repararlo —, reclamó quisquillosa. — Si ahorro tanto, es para cambiar las piezas por unas nuevas.

Un poco pensativo quedó el importador, al cabo de un minuto de silencio, se decidió, dijo: — Eso también tiene arreglo. Tengo otro primo en Apartadó que vende autopartes, yo se los pido; me adeuda tantos favores que de seguro me da los repuestos que usted necesita. Con mis dos primos su carro, se lo aseguro, queda nuevecito. Que cosas, ¿no? —, agregó admirado. — Al final de cuentas, nos podemos ayudar mutuamente —. Con esta frase terminó su oferta; la decisión quedó en manos de la funcionaria.

— Esto no es ninguna transacción por un favor que yo le hago —, dijo exculpándose. — Soy una funcionaria honesta y recta. Si usted me arregla el carro es porque somos amigos, y los amigos se hacen favores, por eso yo quedo muy agradecida con su amistad. No se imagina la emoción que me da saber que por fin mi carro va a funcionar bien. Eso sí, la sorpresa que voy a tener al encontrarme adentro tres milloncitos adicionales en billetes de a veinte; esa, no va a tener comparación. Gracias a Dios estarán ahí, porque, imagínese, yo tendré que pedirle un favor a mi coronel Aramburo: si no los tuviera, no podría hacer nada. Estoy casi segura que el coronel también tiene problemas mecánicos con su camioneta ¿Me comprende?

— Sí, claro, entiendo, pero me preocupa un tema.

— ¿Muy caro? —, se sorprendió la funcionaria.

— No, tengo una duda que me preocupa. ¿Qué va a pasar con el contenedor del hospital de Briseño? ¿No denunciarán el atraso en la salida de su carga?

— No se preocupe, acá tenemos capacidad de procesar cuarenta contenedores a la semana. Tenemos la facultad para hacer excepciones de este tipo solo una vez; los llamamos problemas de sistema. Lo de siempre, eso no impresiona a nadie. Pongo al hospital en el puesto cuarenta de la lista de espera semanal y muevo el suyo para el catorce. ¿Qué diferencia hace que el Rayos X salga un martes o un viernes? Ninguna. Nadie se dará cuenta; además, en algún momento los del hospital se darán cuenta que deben poner de su parte para que las cosas funcionen. Yo he pagado por este puesto, no es una inversión que yo haya hecho por caridad. Ellos podrán pasar con ese último cupo y salir de puerto el jueves o el viernes, si se ayudan.

Durante la imprudente explicación de la funcionaria, el importador escribía en un papelito la dirección para llevar el carro, con un anexo que decía: “¡Llévelo hoy mismo! Ojo, importante: no se puede, bajo ningún motivo, revisar el contenido de la carga. En la declaración dicen que son bananos, así deberá constar en el acta portuaria.”

La funcionaria leyó el papelito, sonrió y asintió. Fin de la negociación.

Eso era lo bueno de relacionarse entre amigos honrados un lunes, los problemas, así, conversaditos, tenían solución. Si se trataba de un martes, como el mismo en el que nos encontramos se podría notar que la atención portuaria era menos amable a falta evidente de cupos para negociar. El problema era que Alirio, el encargado de tratar por debajo de la mesa la salida del puerto del encargo ercano, no tenía conocimiento de esto. Llevaba bastante tiempo en la selva para comprender el comportamiento y personalidad de los funcionarios de la actualidad, y sobretodo, ignoraba la forma en que debía interactuar un buen ciudadano con ellos.

*             ​*             ​*

Antes de ingresar a las filas subversivas, Alirio vivía con su familia en un caserío cerca de Yondó. Su padre, Medardo Aramburo, un humilde campesino, sostenía la familia de siete miembros con la venta de yuca, maíz y en ciertas ocasiones, frijoles. La madre, Doña Ofelia, de pocos años en su cedula, en vivo y en directo una anciana joven a causa de su vehemente esfuerzo por aumentar la demografía nacional en un periodo tan corto de tiempo. Alejandro, con catorce años, el primogénito y hermano platónico de Alirio, quien era un año menor; Caterine, de doce, futura madre con cuatro meses de gestación, futuro humano producto de un vecino; Yolima y Diana, lo suficientemente niñas para, por lo pronto, ser aptas para la reproducción.

Hasta ese momento de su vida, Alirio, inmerso en las labores de la finca, y de vez en cuando en estudios primarios, solo había tenido dos contactos con representantes del estado. La primera vez, un poco traumática para la familia, sucedió cuando un personaje de la secretaría de agricultura, cargado de documentos colmados de sellos y firmas, les informó que traía una noticia mala y una buena para la familia: la mala era que habían detectado roya y se veían en la obligación de decomisarles el terreno donde vivían. La buena consistía en que a cambio de cien mil pesos, una fortuna en esos días, los borraba del sistema.

Algo que nunca comprendieron los inseparables Alirio y Alejandro, después de ver a su padre entregar el dinero sin oponer resistencia, era porque declaraban su tierra infestada de roya, si en la finca nunca se habían plantado cultivos de café. Su padre, por el contrario, estoico, consciente de la inutilidad de rebelarse contra el sistema y que si lo hacía podría ser peor, encontraba el resultado de esta entrevista oficial como un inevitable contratiempo, un desagradable incidente que eventualmente, con el paso del tiempo, pasaría. Medardo, ocupando su mente y tiempo en la manera de conseguir dinero para alimentar a su familia, no se tomó el trabajo de explicarles a sus indignados hijos que así era el mundo, injusto.

Años después, otro funcionario visitó la finca, esta vez provenía de la secretaría del medio ambiente. Se presentó acompañado por cinco personajes armados con motosierras. Aunque los temidos aparatos cortantes evocaban sanguinarias imágenes de miembros cercenados y, a pesar de terror inicial que estos despertaron en la familia Aramburo a su llegada, resultó que la pretensión del funcionario consistía en cortar todos los árboles que lindaban con la carretera porque, en teoría, se hallaban infectados de phytophthora o algo por el estilo; este hongo podría provocar la caída de alguno de ellos sobre un carro que pasara por esa vía. — Por aquí no transitan carros y los árboles están sanos—, se había defendido su padre mostrando, detrás de la corteza del árbol más frondoso, lo saludable que se encontraba.

Ese árbol cayó primero. La orden oficial de talarlo llegaba acompañada de una amenaza: una multa cargada de un número tan exorbitante que, ante la cantidad de ceros, Medardo se vio en la obligación de ceder. Al cerco no le quedó ni un solo árbol en pie; la madera fue llevada en un camión hacia algún aserrío y vendida buen precio. Con la tala y la posterior venta de la madera, un funcionario, o su superior, o ambos, eso nunca lo supieron, pudo retirarse al cambio de gobierno con ahorros suficientes para sobrevivir con cierta comodidad hasta el día en que su grupo político volviera a ganar unas elecciones.

Una vez la caravana oficial y los árboles desaparecieron de la vista familiar, confrontado por las miradas atónitas de Alirio y Alejandro, Medardo no supo explicarles que así era Colombia, injustísima. No sabía que peores cosas vendrían. La falta de árboles en el cerco generó un inconveniente que nadie previó: el viento, siempre contenido por ellos, comenzó a fluir entre los cultivos de los Aramburo como nunca antes lo había hecho. En tan solo seis meses el maíz se secó, nadie podía explicar la razón de este fenómeno pero, desde que el viento tuvo vía libre, esas plantas no pudieron recuperarse. Con el maíz completamente menguado, que antes le daba sombra a la yuca, resultó que este otro tubérculo también decayó. Por la falta de estos dos cultivos no pudieron hacer más alternancia con frijol porque el suelo se degeneró.

La finca, sin árboles, sin cultivos y sin roya, continuó. La familia también. Y la pobreza, ni se diga. Hasta que un día, el trágico, se presentó un grupo de guerrilleros ante su padre, increpándole su poco ardor patriótico. Para compensar tamaña falta, le exigieron una donación voluntaria a modo de colaboración revolucionaria. Para la familia Aramburo, el esquilmo del estado había sido definitivo. No podían ni siquiera acercarse a la cifra demandada, eso fue declarado de forma bastante precisa: — ¡A duras penas comemos! —. Y les creyeron. Debido a esto, bajo la mirada atenta de un fusil, su padre se vio en la obligación, al no contar con los recursos, de dar como dación de pago a su hijo más fuerte. Tuvo que ser Alirio, a la sazón con trece años, edad más que suficiente para portar un arma según la lógica guerrillera. Medardo no fue capaz de explicarle a su hijo por qué los grupos que se pretendían defensores del pueblo frente las injusticias del gobierno eran injustisisísimos. Ni que decir de dios, el karma y el destino; todos conspiraban contra su hijo menor, pues Alejandro, el mayor y más fuerte, nombrado por el comandante del grupo guerrillero como la moneda de cambio deseada que pagaría la deuda de los Aramburo con la sociedad, se encontraba en cama a causa de un fuerte paludismo; el muy afortunado se había salvado por cuenta de un mosquito y de rebote, había condenado a su hermano menor.

Escogido por default, y bajo la atenta mirada de varios fusiles, Alirio no tuvo posibilidades de opinar sobre su propio destino; rodeado por luchadores de la libertad fue internado en la selva de inmediato. En la corta despedida, su hermano Alejandro le juró convertirse policía para combatir a quienes cometían semejantes atropellos y de pronto, si contaba con suerte, tendría la oportunidad de matar a los cabrones que secuestraban a su hermano para obligarlo a combatir con ellos.

Alirio, en shock, enajenado, se dejó llevar. Su mente, colmada de pensamientos esperanzados sobre la posibilidad de volver con los suyos si se evadía, lo hacía creer con optimismo que su secuestro era algo temporal. Solo necesitó dos episodios traumáticos para cambiar de idea. En su primer intento de fuga, al ser atrapado, lo castigaron de la forma tradicional guerrillera: amarrado a un árbol durante un mes, al término del cual, necesitó otro para desentumecer sus músculos y volver a caminar erguido. Su segundo intento resultó igual de infructuoso, aunque un poco más traumático, pues en esa ocasión sus compañeros de fuga fueron fusilados y debió él, con sus propias manos, enterrarlos bajo amenazantes fusiles. Durante el proceso excavador ya se había hecho la idea que sus días terminarían en pocas horas dentro de un foso similar. No obstante, Don Manuel, el jefe del frente, sin proponérselo le salvó la vida al obligarle a reparar con sus propias manos una guadaña eléctrica con la que lo pretendían desmembrar. Vaya uno a saber por qué, pero al verlo reparar la guadaña, el jefe ercano detuvo la ejecución. No solo no lo asesinaron, sino por el contrario, lo ascendieron en la jerarquía guerrillera. Por demostrar sus capacidades mecánicas y eléctricas ante los ojos asombrados de Don Manuél, Alirio se convirtió en genio de la mecatrónica dentro de los estándares del grupo. Necesitaban capital humano de ese tipo con urgencia; fue promovido a explosivista.

Dados sus antecedentes, pasaron muchos años antes de merecer la total confianza y ganarse el derecho de hacer misiones por cuenta propia sin que sus jefes tuvieran el temor de un escape. Para ese entonces ya estaba adoctrinado sin posibilidades de cura; era seguro que después de cualquier misión, retornaría a la selva.

En su primera excursión fuera de la manigua, resultó toda una sorpresa para Alirio descubrir los cambios sucedidos en el mundo. Por increíble que parezca, el país no había alcanzado su nadir de decadencia, el fondo del pozo que tantos pronosticaban que alcanzaría en pocos años; es más, contra todo pronóstico su economía había mejorado. Con el paso del tiempo las carreteras seguían idénticas, pero los carros ahora eran redondeados y aerodinámicos; los vidrios de las edificaciones reflejaban el cielo como espejos; las baldosas cerámicas ya no eran acabados arquitectónicos aceptables; las personas vestían de una forma extraña, ya nadie usaba sombrero; los teléfonos no eran de dial sino que tenían botones; asimismo, cosa que le impresionó sobremanera, la gente podía enviar mensajes a ciertos aparatos llamados bíper, solamente con marcar a un número telefónico.

Todo había cambiado, incluido el valor de las personas. Aunque su hermano Alejandro trabajaba con el enemigo, la policía, y las pocas veces que tuvo contacto con él, le había mencionado que el mundo oficial ya no era el mismo — comprar funcionarios era cada vez más costoso y la forma en que estos interactuaban con los ciudadanos necesitados de trámites por debajo de la mesa era diferente — aunque nunca le contó ni cuanto valía un funcionario ni cómo se realizaban las transacciones. Alirio le creía: su hermano trabajaba dentro de la pocilga y cuando le contaba anécdotas sobre el interior del estado, narraba su funcionamiento al detalle. Ni la guerrilla, dentro de su ilegalidad, se comportaba de tal manera; ellos por lo menos tenían principios.

*​             *             ​*

Alirio fue acosado por sensaciones extrañas; tanto tiempo pasado en la selva le hacía sentir como un desadaptado en medio de la civilización. Una ciudad como Turbo, llena de motos, negocios y bares, con ruido permanente que lo aturdía, cantidades inimaginables de personas yendo de acá para allá sin descanso. Observaba impresionado el Wafe, el puerto de Turbo. Parecía uno americano, o al menos, la imagen mental que el poseía de un puerto gringo: — ¡Con muelle en cemento y todo! ¡Hasta caben tres lanchas al mismo tiempo!

Por falta de fogueo, o mundo como dicen, Alirio no estaba en posición de saber el real costo de un funcionario. Además, las misiones en la “civilización” siempre incluyeron explotar cosas, personas, o ambos; pero no interactuar con funcionarios. Esta misión era la primera vez que volvía a un pueblo, de los de verdad; las misiones fuera de la selva anteriores no pasaban de algún sector de la carretera o, a lo máximo, un caserío perdido. El encargo, para reclamar los materiales en el puerto, era la primera aproximación de Alirio en un pueblo y frente funcionarios públicos nacionales; por fin constataría en persona lo narrado por Alejandro.

Alirio recordaba que en sus años mozos, cuando su padre había interactuado con funcionarios municipales, comprarlos valía doscientos mil pesos. Se imaginaba, ahora, con todos los cambios que había sufrido el país, que los funcionarios eran más codiciosos que nunca, por eso se presentó en la oficina portuaria con ochocientos mil pesos; cuatro veces el valor que él estimaba justo. El dinero suficiente para convencer a quien lo atendiera de ayudarle con un paquete que necesitaba de afán.

Karina, quien le acompañaba, se quedó afuera de la oficina portuaria pues Alirio se lo había ordenado: —Esto es cosa de hombres. Cuando salga de la oficina y vayamos para Montería yo le explico como se hace para que aprenda —, le dijo Alirio de forma altanera.

Karina ignoraba por completo la ineptitud absoluta de su compañero para abordar negociaciones complejas sin la ayuda de un fusil. No puso ninguna queja ante la prohibición pues no estaba interesada en exponerse en trámites ilegales; si acompañaba a Alirio en esta misión, era porque su presencia era importante en Turbo, donde estaba el puerto, ya que una vez con los materiales explosivos y los actuadores en sus manos, tendrían que seguir juntos en un bus hasta Montería. La orden de José Joaquín indicaba que debían hacer todo el proceso el mismo día, pues al siguiente arribarían los expertos del IRA, quienes armarían y les enseñarían de paso, la forma de construir una bomba con cronometro a distancia con doble obturador.

Alirio y Karina se separaron al frente de la oficina aduanera. El experto explosivista al entrar notó con emoción que dentro de las instalaciones, poseían un ventilador. Tanto había progresado el país desde su ingreso obligado en la selva, que el instante fue demasiado para asimilarlo de un sopetón; necesitó tiempo para aclimatarse. Era incapaz de acercarse al mostrador sin tomarse un tiempo para digerir todas las novedades que sus ojos habían presenciado durante su primer día en la civilización. Tantos cambios, de cierta forma lo angustiaban. Solo encontraba tranquilidad en el hecho de poseer los ochocientos mil pesos guardados en su bolsillo; toda una fortuna: se podría comprar medio pueblo con ellos.

La verdad era que el devaluado peso colombiano, portador de más ceros que una serie algebraica, no valía nada. Esta cifra, así sonara a mucho, no compraba nada especial, mucho menos un funcionario portuario. Alirio, por falta de entendimiento económico y por cuenta de la larga estadía en la selva, no notó la continua degradación del valor del dinero a través del tiempo. De devaluación en devaluación, el tesoro colombiano cada cierto tiempo, sin que nadie se diera cuenta, emitía un nuevo billete, siempre con un número mayor, hasta que de pronto, la moneda se llenó de ceros. Cifras grandes, poco valor; sin embargo Alirio sentía en sus bolsillos toda una fortuna.

Pasado el periodo de asimilación, decidió acercarse al mostrador. El recinto de atención al público de la entidad portuaria consistía en un espacio abierto, en el que una barra de madera mal armada, a modo de mostrador, separaba a los civiles del empleado público. La personas que pretendían recibir sus paquetes encontraban, para su comodidad, una batería de cuatro sillas plásticas adheridas a un tubo metálico, de las cuales, tres era funcionales y la cuarta, colgaba como prueba del futuro que les esperaba a las otras tres. Una reja entre la barra de madera y el techo del recinto culminaba la separación entre las dos clases de personas. En el lado oficial, una puerta servía de acceso a la mercancía que permanecía acumulada en la bodega del lado. En el lado civil, una cartelera informaba sobre los precios por kilo de mercancía del año anterior, junto a citas cristianas escritas a mano por algún personaje del lado oficial.

La introducción por parte de Alirio fue llevada más o menos en los mismos términos que la acontecida el día anterior entre el importador y la funcionaria: favor entregarle una caja que esperaba con impaciencia, pero, bajo ningún motivo, la revisaran; mucho menos que alguien fumara cerca. Afirmaba que su caja contenía unas resinas dentales súper delicadas que se podían dañar si el humo ingresaba al interior de la caja.

— ¿Es usted dentista? —, preguntó poco impresionada la funcionaria.

— Cómo se le ocurre doctora —, respondió Alirio, inquieto al no hallarse preparado para este tipo de preguntas. — Mi patrón es el dentista. Necesita esas resinas de urgencia, por eso me mandó.

— Ok, las vamos a revisar. Si el contenido está en orden, la ley nos permite entregar el paquete en veinte días hábiles. Tendrá que esperarlos para recibir su paquete porque nos encontramos ocupaditos —, afirmó la funcionaria orgullosa de su poder y la indefensión de quien tenía al frente.

— ¡Veinte días! — exclamó aterrado. — ¡Es demasiado tiempo! ¡Se atrofiarán las resinas! Eso lo necesito hoy mismo. Perdón. Eso lo necesita mi patrón hoy mismo. Vea, mire, acá tengo los papeles para recogerlo —, dijo nervioso mientras mostraba unos papeles con todas las firmas y sellos de regla. Bastante trabajo le había tomado a Don Joaquín hallar un falsificador que hiciera esos papeles; si la funcionaria no se los aceptaba, iba a tener graves problemas con el comandante.

La funcionaria se marchó lentamente, quince minutos después volvió con la caja en un carrito a rastras. Se detuvo justo en medio de la oficina. Comenzó a revisar con detenimiento cada lado de la caja que contenía las supuestas resinas dentales. Leyó, con todo el cuidado del caso, el formato adherido en uno de sus lados; parecía en regla. Satisfecha, encendió un cigarrillo. Un grito de Alirio la hico saltar.

— ¡No! ¡No fume al lado de la caja!  —, gritó preso del pánico: se encontraba a dos metros de veinte kilos de pentonita, ¿Cómo explicarle a la funcionaria que volarían en átomos si fumaba al lado de una bomba?

Al ver la cara de disgusto de la fumadora y sopesar la necesidad que tenía de extraer su contenido ese mismo día, se aplacó un poco.

— ¿Me están dando una orden? —, preguntó la funcionaria ofendida por cuenta de un impertinente que no ha comprendido cuál era su posición frente a la oficialidad.

— Perdón —, dijo Alirio. — En ningún momento quería importunarla. Si la asusté discúlpeme, pero es que se deteriora la carga que tanto necesita mi jefe. Es súper sensible al fuego, una chispita y se daña todo. No se imagina lo que me pasa si le llevo al patrón los materiales en mal estado.

No recibió ninguna respuesta por parte de la funcionaria, quien, ante el evidente nerviosismo de su visitante, se tomó el esfuerzo de demostrarle su rango, importancia y altura social, sentándose sobre la caja con todo el desparpajo del caso mientras lo observaba con disgusto. Continuó con su cigarrillo al tiempo que jugaba con los papeles que Alirio le había entregado.

— Sí, señor —, cortó el silencio después de unos minutos. — Todo parece en regla, no obstante, en términos legales, disponemos de veinte días para procesar su carga. No se preocupe, cuando pase el término legal, lo llamamos y le avisamos que ya está lista para que venga a recogerla.

— Pero… ¡yo necesito la carga hoy mismo! —, estalló Alirio. — ¡Mi patrón me mata si se estropea el contenido de la caja!

— A mí no me interesa, ni me importa que contiene. Si las cosas de su patrón eran delicadas, no las debió importar. Acá todo tiene pasar por el filtro policial y portuario, y la verdad, para que sepa, somos bruscos.

Alirio, nervioso, no sabía cómo proceder ante una negativa tan altanera; peor aún, tan tajante. Suponía que un empleado público dejaría las puertas abiertas para que fuera el cliente quien hiciera alguna propuesta económica. No encontró en su contraparte una rendija por donde comenzar la negociación. ¿Qué hacer? Dudó un poco pero se decidió. Presentó de nuevo los papeles; en esta ocasión, con los ochocientos mil pesos entre ellos: — Pero mire, mis papeles están en orden —, insistió a duras penas conteniendo su turbación.

Los ojos fruncidos de la funcionaria notaron de inmediato tres errores crasos: primero, exhibió su dinero con suma indelicadeza, podrían ser filmados por una cámara; segundo, reveló toda la cantidad de dinero que tenía desde el mismo inicio de la negociación — un negociante que se ufane de serlo, nunca haría eso —; por último, importantísimo, la funcionaria supo desde ese instante que el dinero total a ofrecer no compraría tan siquiera una sola firma.

— Esa caja se quedará los veinte días —, sentenció.

La explosión de ira de Alirio se pudo escuchar dos manzanas a la redonda: al no tener Alirio su fusil de dotación consigo, — recuerden este era una misión de incognito — procedió a imitar el actuar de José Joaquín cuando daba órdenes a las mujeres del frente ercano. Obviamente existe una diferencia enorme entre unas combatientes semi secuestradas, semi sometidas, y una funcionaria pública: las primeras son unas asesinas entrenadas, pero, por imposición jerárquica, se deben someter a los cuadros más altos, quienes, obvio, abusan de sus subalternas. Por el contrario, las funcionarias públicas no han regado una sola gota de sangre a lo largo de sus años de servicio, pero su maldad no conoce límites, además, no saben mucho de jerarquías militarizadas, no han sufrido abusos por parte de nadie, por el contrario, son ellas las que han abusado de cuanto inerme haya llegado incauto al temido entramado burocrático. En el mundo público nacional, cada cual obtiene lo suyo como puede.

El acceso de ira de Alirio llegó hasta el punto de intentar un ataque físico a la funcionaria. Su tentativa de agresión fue abortada antes de comenzar por la imprevista y sigilosa llegada de dos gorilas, quienes con un par de golpes lo dominaron. Después, con metódica dedicación, le propinaron treinta golpes adicionales para que el mensaje, “Eso no se hace”, ingresara con la mayor nitidez posible en su cabeza, y, terminaron el método educativo con unas diez patadas por gorila como compensación por haberlos hecho sudar; hacía mucho calor.

Karina, quien continuaba a la espera, oyó el escándalo que resonaba en el interior. Sintió pánico. Sus miembros comenzaron a temblar sin razón aparente; se encontraba en la seguridad de la acera sin nadie que la hiciera sentirse amenazada. Sin embargo, el saber que su compañero se encontraba en problemas y que si este comprometía la misión, de carambola, ella podría ser culpada de su fracaso y su familia pagaría por ello, se le convirtió un pensamiento insoportable. ¿Debía intervenir? No estaba acostumbrada a la violencia; cuando sus compañeros de los Héroes salían el primero de mayo a lanzarle piedras a la policía, se inventaba cualquier disculpa, con una grabadora se gravaba a sí misma un mensajito para tener coraje y desaparecía del claustro universitario: no soportaba encontrarse en medio de ánimos agitados. Aturdida por el miedo, su mente fue visitada por la imagen de su padre muriendo a manos de José Joaquín. Su cuerpo se congeló. Debía terciar en la reyerta de alguna manera; se decidió entrar a la oficina. En ese mismo instante vio como dos gorilas llevaban a rastras a su compañero explosivista fuera de la oficina. Se congeló. Alirio la miraba a los ojos con una mirada suplicante. Ni un solo músculo de Karina reaccionó. Como una estatua, fue testigo de la desaparición de su maltrecho compañero y los dos gorilas.

Tomó aliento. Se asomó titubeante por el bordillo de la puerta, notando que la oficina se encontraba vacía con la sola excepción de la funcionaria se encontraba al otro lado del mostrador y bajo este, los papeles de Alirio y el dinero desparramado por el suelo. Vio la funcionaria agacharse a recoger los billetes y Karina, por puro instinto, hizo lo que siempre hacía cuando se encontraba en una situación en la que podría haber confrontación: sacó su pequeña grabadora numérica para grabarse a sí misma una voz de aliento. Le dicto al aparato un muy poco inspirador: — Tú puedes.

Entró. La subversiva principiante, todavía perturbada por la escena de violencia presenciada, le habría encantado que le ofrecieran un cafecito. Estaba pálida, a duras penas se sostenía en pie; no acostumbraba presenciar dramas de este tipo, pero comprendía que el personaje que tenía frente a sí, nada iba a hacer para calmarla. La mirada agresiva de la funcionaria la intimidó, en ella solo reconoció la infinita maldad propia de los empleados públicos. Amedrentada, fue capaz de sostenerle la mirada por un segundo. No deseaba en lo absoluto continuar ahí, pero no podía salir sin la preciada caja. La vida de sus padres y la suya dependían de ello. Sin saber qué hacer, y, sin ser capaz de sostenerle la mirada por más tiempo a la funcionaria, Karina se acercó al mostrador haciendo cara de boba.

— Esa plata no es suya, es del señor que acaba de salir —, dijo con voz temblorosa.

— ¿Y qué? Yo tomo la plata ajena cuando me da la gana —, respondió agresiva la funcionaria.

Karina palideció. A su boca no acudía ninguna palabra salvadora que la sacara de ese aprieto. Instintivamente metió su mano al bolsillo y sacó la grabadora para volverse a dar aliento. El aparato continuaba en funcionamiento. Esto la descompuso; no toleraba que ningún aparato electrónico tuviera personalidad propia. Batalló un poco con el único botón y se preparó para gravar de nuevo una voz de aliento. El aparato tronó en la oficina portuaria: “Tú puedes. Esa plata no es suya, es del señor que acaba de salir. ¿Y qué? Yo tomo la plata ajena cuando me da la gana”

Por la cara que la funcionaria hizo al oír su propia voz, Karina supo que la victoria, sobre la batalla aún no combatida, era ya concedida. Envalentonada por verse ganadora, estiró su brazo y en tono firme ordenó: — La caja del señor. ¡Esa, me la da a mí!

Señora madre de Karina, lamentamos informarle si acaso nos está leyendo, que su pasado ha sido bastante mencionado por una tal Elisabeth, funcionaria portuaria. El autor se excusa y advierte que tiene la mayor estima por su honra y reputación. Para su información, el narrador no es ningún difamador; ese título lo ostenta la tal Elisabeth; quien, en vez de aceptar la derrota y tramitar la entrega de la caja con la hipocresía que precisa el caso, en un ataque de ira, a usted, señora, vino a mencionar. No obstante, puede sentirse orgullosa: Karina no se movió de su lugar, ni siquiera cuando los dos gorilas, que antes habían apaleado su acompañante, retornaron. Atónitos, porque esta vez el escándalo provenía del lado oficial y no del civil, esperaron a que la funcionaria dejara de gritar y les diera una orden coherente: “¡Agarren esa caja y llévenla a donde esa — la hija de la cual usted es madre — quiera!” Así pues, señora, acompañándola en su dolor por su reputación mancillada, le envío mis palabras de apoyo y mis sinceras felicitaciones por la entereza de su Karina, que no solo no se intimidó, sino que antes de partir con los dos gorilas, ordenó a la tal Elisabeth a devolver ochocientos mil pesos que por error continuaban en su mano.

*             *             *

Agitada, llegó Karina al borde del Wafe, el puerto de Turbo, con una caja llena de explosivos y un detonador. Quién lo diría: un martes, a pesar de todo lo que habían difamado a su predecesor, en efecto, puede ser peor que un lunes. Ya era la hora del almuerzo y Karina, sola, en medio del puerto, no sabía qué hacer: si esperaba en algún sitio hasta que Alirio apareciera y mientras tanto, lloraba como una magdalena, o, la otra opción, tomaba un bus e iba a Montería, tal cual estaba planeado. Pero… ¿hacia dónde? Eso no lo sabía; Alirio era el principal cuadro de la operación; conocía las instrucciones de la misión. Si algo intuía Karina, a pesar de su inexperiencia en el mundo del crimen organizado y relaciones entre civiles y funcionarios oficiales, era que, después de obligar a un funcionario a desistir de su soborno y humillarlo, este utilizaría todo su poder para volver insoportable la vida del civil que se atrevió a tan osada proeza. Si, como en el caso que Karina se encontraba, este civil tenía consigo una caja llena de explosivos y detonadores, el problema futuro en el que se podía hallar si continuaba en el pueblo y era requisado por la policía, podría catalogarse como peligroso.

Karina poseía una llave para escapar de las garras oficiales; ochocientos mil pesos que ya adoraba con todo el alma, pues comprarían un pasaje de bus para Montería, porque a Alirio, ¡qué pesar! definitivamente no lo iba a esperar.

Karina, tomando decisiones impulsivas por cuenta de su creciente pánico, ignoraba que la funcionaria no tenía tiempo para venganzas. Está ocupadísima con el ingreso de su cargamento en el sistema, relegando al hospital de Briseño para el puesto cuarenta y uno. Los niños de ese municipio tendrían esperar otro mes, al fin y al cabo ya estaban enfermos, si se morían era porque dios lo deseaba, no porque ella hubiera cambiado un número en una celda de Excel.

Ignorante de todo y aterrorizada, partió Karina hacia Montería con bomba y detonadores en la silla del lado. Temblaba de pavor con solo pensar en algún retén de la policía en el camino. La inquietaba aún más un problema que al momento no le encontraba solución alguna: cuando llegara a la ciudad que se dirigía, no podría marcar ningún número telefónico, no lo conocía, no tendría ninguna dirección a la cual acudir, no podría contactar a nadie porque no conocía a nadie. Temblorosa y a punto de estallar en llanto, presentía que si José Joaquín comenzaba a creer que había desertado, la mandaría a matar en el acto. De alguna manera debía contactarlos al llegar: fuera a Don Joaquín, fuera a los explosivistas del IRA. Por el momento, entre esporádicas lágrimas, remembranzas de Juancho, miedo al futuro y pánico del presente, Karina se durmió en el asiento del bus.

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