Los beneficios de la guerra

Tribunal de justicia transicional

Caso 371.467-00

Aclaraciones sobre la denuncia del intento de asesinato del gobernador de Antioquia Guillermo Ortiz.

Versión libre y espontánea de Jesús Francisco Flórez Gómez, civil, implicado en la denuncia del intento de asesinato del gobernador Guillermo Ortiz. No posee ninguna acusación penal sobre estos hechos; sin embargo, debido a estar identificado como conocedor de la trama, el tribunal considera su testimonio vital para esclarecer todo lo relacionado con la denuncia que se presentó sobre este supuesto intento de magnicidio.

*             *             *

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Señor Jesús Francisco Flórez, tenemos constancia que una investigación policial fue iniciada por cuenta de unas declaraciones suyas realizadas en el municipio de Yarumal realizadas en un local público en las que indicó que al gobernador Ortiz lo iban a asesinar. ¿Qué nos puede contar al respecto?

JESÚS F. FLÓREZ:

¡Ah! ¿Para eso me hicieron venir acá? ¡Qué lástima! Pensé que era para darles asesoría en sistemas o algo así. ¿Quién fue el que les dijo ese cuento que yo había dicho eso?

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Perdóneme señor Flórez pero eso no es de su incumbencia, usted fue conducido a este despacho para clarificar una situación en la que usted está involucrado. Es usted quien debe dar razón de su pasado. El tribunal no tiene por qué dar explicaciones sobre dónde o quien nos entregó la información.

JESÚS F. FLÓREZ:

No se moleste en decírmelo señor altísimo, honorable e impoluto juez, dador de castigos con justa mano e intelectual jurisconsulto que con dos minutos de interacción ya admiro. El nombre del secreto testigo ya lo conozco, es el hijueputa de Héctor. El policía de apellido García y de rango sargento si no me equivoco, aunque más mayor será su imbecilidad.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¡Señor Flórez! Este tribunal se respeta. ¡Aquí estamos reunidos para solucionar el conflicto, repasar el pasado y cerrar los casos de esta guerra absurda! ¡Tratamos de cerrar el ciclo que desangró la patria! Si no contiene su vocabulario y respeta a quienes nos encontramos en esta sala, será procesado por desobediencia y obstrucción a la justicia.

JESÚS F. FLÓREZ:

¡Vea! ¡Igualitico que el sargento García! El hombre me amenazó con lo mismo, aunque, me da pena admitírselo a una señoría tan formidable como usted, señor juez de transición pacífica: el sargento mencionó más veces la palabra patria y fue mucho más enfático en los infiernos penales, procesales y leguleyos que mi deprimido y flácido culo iban a sufrir. No obstante, ya que veo sus intenciones claramente en ese fruncido despectivo de cejas y además, que usted se encuentra armado con códigos penales, artículos e incisos, muy al contrario del otro que solo traía consigo una pistola, me permito manifestarle que reconozco el riesgo para mi integridad autonómica por cuenta de su conminación a la buenos modales y maneras y, siguiendo el ejemplo que da la urbanidad de Carreño, me limito a desadjetivizar al sargento del calificativo que se merece y pido disculpas a su señora madre. ¡No la suya! La del sargento Héctor García. En fin, para que mi presencia no sea muy dolorosa para los presentes y con la intención de hacer esperar al ilustrísimo juez patrio lo mínimo posible, me limito a empezar mi declaración sobre la interacción que tuve con el mal llamado sargento Héctor García. Como ya le mencioné, el hombre me amenazó con procesos, cárcel, abogados, jueces y demás demonios si no le renovaba en vivo y en directo la supuesta declaración que sobre un magnicidio yo había realizado. Ahí, me toca admitírselo a este tribunal, mentí. Le dije al sargento García que yo tenía un amigo abogado que le daría con algún folio de la constitución en la cabeza para que viera como duelen las leyes nacionales; pero me imagino que él tiene un amigo peor, porque no se impresionó en lo más mínimo. Es más, me agarró del yeso con mucha fuerza con el objetivo de hacerme daño.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¿Yeso?

JESÚS F. FLÓREZ:

Sí, yeso. Yo estaba en el hospital y allí fue el hombre a buscarme. Pero continúo ya que veo que al tribunal no le interesa mucho la descripción de un policía infringiendo dolor físico a un civil. El mundo dominado por brutos y asesinos y al ilustrísimo moderador del tribunal transitivo pacifico terminal no le interesa.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Todo lo que usted declara se está tomando con atenta nota. Para bien y para mal.

JESÚS F. FLÓREZ:

¡Me considero notificado de sus intenciones, advertencias y amenazas! ¡Claro! Como buen juez que absuelve matones y asesinos, militares y guerrillos, no le queda otra que demostrar sus habilidades legales con un inerme civil. Cuando son las personas armadas las que han jodido el mundo por siglos y siglos. ¡El papa Urbano II tenía razón!

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Estoy confundido: ¿Acaba de mencionar al papa Urbano?

 JESÚS F. FLÓREZ:

Sí, el de nomenclatura segunda. Era la única persona con control de todo occidente, o por lo menos, de lo que creían que era el mundo católico. Para ese entonces un mierdero ingobernable como este país que nos alberga. Ese occidente estaba compuesto por reinos que cambiaban de reyes y fidelidades cada dos meses; se encontraban en guerras perpetuas contra otros reinos o luchas por el poder local. Lo único que en realidad lograban hacer, era menguar la población, empobrecer a los reinos, dificultar el gobierno de las almas, y de los cuerpos, cómo no. El santísimo, para remediar esa situación, incentivó una cruzada contra los infieles en tierra santa.

Por esa época, la del papa, no la de antes de este honorabilísimo tribunal, los turcos se apoderaron de la parte oriental del imperio Bizantino. Bueno, para ese entonces del imperio restaba simplemente un reino con una partecita en los Balcanes, y otra en el oriente, lo que hoy es Turquía. Entre los dos, Estambul, en esos días Constantinopla, su capital. En fin, los turcos invadieron toda la Anatolia y Nicea. Cuando tenían bien agarradito todo, amenazaron con conquistar la capital, la asediaron sin dar descanso a los bizantinos. Además, negaron la entrada a los peregrinos cristianos a Jerusalén, lugar sagrado; en manos árabes desde siglos, pero abierta a los peregrinos cristianos hasta ese momento. Eso en sí no representaba ningún problema grave para los occidentales: ¿por qué al papa le podría importar que los Bizantinos, su competencia religiosa por ser cristianos pero ortodoxos, perdieran parte de su país?

¿No saben que son los ortodoxos? Son cristianos también, pero no católicos, la diferencia radica en que los curas usan unos gorritos lo mas de divertidos; visten la misma faldita, pero negra; en vez de decorar las iglesias con estatuas, lo hacen con iconos; son unas pinturitas doradas con santos, vírgenes, Joseses y Jesuses puestos en un orden jerárquico que no entiende ni Mandraque pero, dependen del santo al cual la iglesia le hace honor; y, lo más importante, no tienen jerarquías universales; es decir, no se dejan mandar por el papa. Dicho esto, he aquí la pregunta: ¿por qué el papa Urbano II pidió a sus súbditos hacer una cruzada para salvar a un reino de “hermanos”, que en realidad detestaban?

¡Simple! Porque en su mundo, el europeo occidental, sus súbditos: los caballeros, reyes, reyezuelos, príncipes, no paraban de hacerse la guerra entre sí. A tan fogosos personajes lo mejor era tenerlos lejos, en guerra contra los enemigos de dios, y así permitirles a los habitantes de la región un respiro. Urbano II era bastante inteligente, sabía que lo más sensato era mantener a los guerreros enfrascados en una lucha contra el enemigo común, en vez de al interior de sus ducados ocupando su tiempo en molestar a los campesinos, violar chicas, destrozar cosechas y dificultar el gobierno, organización y estabilidad de los diferentes reinos que componían la cristiandad.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Muy interesante su disertación, ahora volvamos al caso que nos compete, ¿le parece? ¿O es que pretende continuar con el papa Urbano?

JESÚS F. FLÓREZ:

Yo todavía no he terminado. El sargento García tampoco estaba muy dispuesto a oír mi teoría pero, como usted me ha amenazado con aplastarme con todo el peso de la ley, y ese libro constitucional que veo en su escritorio parece muy pesado, le narraré todo tal cual sucedió, así que dispénseme y continúo… pero con Napoleón.

Es que las guerras de antes eran una machera. Les daban a los soldados y mercenarios unos machetes, bueno, espadas llamaban, y: — ¡Vayan para adelante y píquense! —, les animaban sus generales. Lo raro, es que eso hacían sin siquiera chistar, y en el campo de batalla quedaban la mitad. Lo bueno de esta táctica bélica era que todos quedaban muertos, bien muertos, ya no podían joder a nadie más. Pero esto que viene es mejor: a los seis meses hacían otra leva y volvían a dejar la mitad de los ejércitos en el campo, bien picaditos y amputados.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

No comprendo, ¿dónde está la bondad del caso?

JESÚS F. FLÓREZ:

¡Ahh! No me he explicado bien. Lo bueno es que se inmolaban solo por el ánimo de matarse; hablo, obviamente, de los fogosos guerreros. En las guerras napoleónicas los ejércitos eran gigantescos; estamos hablando de batallas con bandos de trescientos mil soldados cada uno. Después de la batalla quedaban esparcidos por el campo entre ciento cincuenta mil a doscientos cincuenta mil cadáveres entre ambos bandos. Normalmente estas batallas ocurrían en un pueblito o caserío perdido en el campo. Durante la refriega, al pueblito lo destruían y los habitantes que no huyeran, los asesinaban en el fuego cruzado. Aunque estas batallas eran una verdadera carnicería y el pueblito quedaba hecho cenizas con sus habitantes adentro, podríamos afirmar que estas eran guerras benéficas: los gobernantes dirimían sus controversias y las personas que querían ir a la guerra iban y morían; mejor aún, lo hacían de a miles. Toda esta extirpación de personas con ideales militares ocurría por un módico precio: la injusticia de inmolar a algún pequeño pueblito que tuviera la mala fortuna de encontrarse en el lugar justo donde dos generales habían decidido dirimir las diferencias de sus jefes y gobernantes.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Repito, ¿qué es lo bueno de eso?

JESÚS F. FLÓREZ:

Me explicaré lo más claro posible. Dos enormes ejércitos se reducían a la mitad en solo una jornada por el precio de un mísero pueblo y sus habitantes. Tantos guerreros muertos por tan insignificante precio, en una evaluación costo beneficio social, solo puede ser presentada como un negociazo. Lo explico de otra manera: Los guerreristas mueren en grandes cantidades, los problemas geopolíticos se resuelven y la gente pacífica sigue libre para trabajar y enriquecer a la nación, todo esto en un solo día.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Dejémonos de bobadas. ¡De una vez declárenos que fue lo que le dijo al sargento García para ver si podemos irnos a almorzar algún día!

JESÚS F. FLÓREZ:

Esto fue lo que le dije: las cosas se vuelven trágicas en la primera guerra mundial; es allí cuando los ejércitos empiezan a hacer levas obligatorias de millones de personas. Ya no hablamos de personajes deseosos de aventuras y peligros, tampoco de malandros buscando regar sangre ajena; esos, normalmente, eran los voluntarios, oficiales y altos mandos. El problema de la Gran Guerra era que la gran mayoría de los ejércitos estaban compuestos por personas que no querían ir a luchar; no ansiaban matarse entre sí. Además, en estas contiendas modernas, la cantidad de pueblos y ciudades que destruían se contaban en cientos, miles. No estamos hablando de una guerra napoleónica donde se destruían en un campo doscientos cincuenta mil vidas de combatientes y un pueblito de infortunados. La pérdida de un pueblo que tuviera la desgracia de encontrarse en medio del campo de batalla y la muerte de combatientes deseosos de derramar sangre propia y ajena, no destruían el futuro del reino o del país. La vida para los demás habitantes seguía más o menos igual, puede que bajo el gobierno de otro personaje, o bajo nuevas leyes, pero la vida, tal como la conocía un citadino o un campesino, pocas veces cambiaba en realidad. Los habitantes de un país durante la época napoleónica en verdad se beneficiaban de la guerra, porque los violentos de la comunidad se iban por cuenta propia al matadero, reduciéndose para dicha de la sociedad. Lamentablemente, las guerras mundiales cambian todo: regiones y países enteros quedan arrasados; los citadinos y los campesinos acaban completamente menguados; la forma de vida es destruida en todos los aspectos y los sobrevivientes, traumatizados y en ruina, deben comenzar de cero. Solo queda de consuelo saber que los oficiales y voluntarios murieron también en el proceso. En menor proporción, pero muertos al fin y al cabo.

Es que las guerras mundiales fueron un punto de inflexión. La causa de la mayor tragedia de la humanidad, el momento en que todo cambió. Ahora nos encontramos con las guerras modernas; estas, en las que los soldados gringos matan a los árabes de a miles sin distinción ni límite alguno.

¡Ellos son el acabose! ¡Los militares de ese país, matan millares simplemente con oprimir un botoncito, no exponen sus vidas! El desastre resulta en que matan a civiles sin consideración, sin arriesgar nada en lo absoluto; se mueren los buenos y los malos no.

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

Estamos confundidos acá. ¿Quiénes son los malos?

JESÚS F. FLÓREZ:

La tragedia consiste en que los militares americanos pierden la noción de la tragedia que generan. Porque una cosa es irse con un fusil o una espada a un campo de batalla para mutilarse y matarse entre sí, y otra muy diferente, tener como campo de batalla la pantalla de un computador mientras se toma un café. Ellos matan decenas de personas con solo oprimir un botón, sin arriesgar siquiera el pellejo. ¿Sabe cuál es la diferencia  entre las guerras anteriores y las modernas? ¿No?

La diferencia radica en que antes los combatientes se miraban a los ojos; podían ver en el otro que compartían el mismo destino, así estuvieran en bandos enemigos. Si en una lucha, donde se producen miles de muertos, no se mira a la cara a su víctima; sin ver el terror a la muerte, el miedo a la mutilación; sin oír las súplicas por clemencia; y, al mismo tiempo, sin sentir esos mismos temores que la contraparte siente, ¿cómo saber cuándo detenerse? ¿En qué momento se deben cansar de oprimir un botón sin exponerse; sin oler la carne quemada y ver la sangre derramada de amigos y enemigos; sin sentir cierta empatía hacia el enemigo o tener la sensación de compartir el mismo destino trágico? Al ver a sus víctimas inertes en el suelo, hasta el guerrero más sanguinario siente alguna sensación de igualdad con el contrincante; pero, cuando se es un ávido de aventuras, un asesino o un deseoso de violencia; cuando se está con el cerebro completamente lavado; cuando la noción de la tragedia humana que produce es inexistente; cuando se asesina un mayor número de civiles que combatientes y todo es presenciado a través de una pantalla, sea de un tanque, un avión o un centro de comando a miles de kilómetros, se revierte en su totalidad la lógica de guerra: los militares no se mueren, los civiles sí; los que quieren la guerra y la violencia viven, los que no, ¡no!

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¡Insinúa que la muerte de militares es buena!

JESÚS F. FLÓREZ:

Sí y no. Quiero explicarle: las guerras son benéficas para la sociedad cuando los que la quieren mueren y los que no, no; o lo hacen, pero poquito. Este tipo de guerras son el equivalente a un filtro social, dejando en el suelo a los elementos agresivos y destructivos de una sociedad. Dándole aire a los buenos y constructivos a causa de la autoeliminación de los primeros. Por eso mencionaba las cruzadas; los fogosos caballeros, en vez de violar chicas y quemar molinos en sus reinos, se inmolaban, para el bien de la sociedad, haciendo lo que más les gustaba en un país ajeno. A su vez, los mercenarios y soldados de la época napoleónica, se eliminaban a sí mismos en una sola batalla, en la que pocos inocentes infortunados morían; así, las sociedades se deshacían de elementos peligrosos, violentos o deseosos de aventuras, por el precio de un pueblito, sin destrozar el resto del reino, ni la vida de sus habitantes. La verdadera tragedia comienza con las guerras mundiales: allí, los que no son violentos ni quieren la guerra, son forzados a combatir y morir, con el agravante que en estas guerras destrozan todo el país, arruinando la economía y la vida de sus habitantes; por lo menos, en este caso, los que no querían la violencia y los que sí, murieron por igual. El problema fue que los odios que generaron fueron tantos, que garantizaron una nueva destrucción años más tarde. Los gringos, sin embargo, llevan la guerra a una nueva dimensión; asesinan personas de otros países en cantidades industriales a así quieran la guerra o no. Dado que sus soldados no miran a la cara a los muertos que producen; ni detentan sentimientos de igualdad frente a los combatientes enemigos, sino que por el contrario, se sienten superiores y los otros, los enemigos, son vistos de raza inferior y, puesto que su campo de batalla es la pantalla de un computador, no sienten que están generando una tragedia humana, que destrozan un país completo. En fin, a lo que me refiero, es que los gringos han revertido toda la idea de la guerra, ahora los malos, o sea, los que quieren violencia y desean la lucha, no mueren; en cambio, los que construyen un país de verdad, los trabajadores, o sea, los que quieren paz y estabilidad, sí. En fin, lo de los gringos no tiene comparativo con nuestro país pero la idea que le presenté al sargento y que le presento aquí al tribunal, es que en Colombia los malos mueren más bien poquito y los buenos lo hacen en cantidades. Debería ser al revés, como en la época napoleónica. Porque aquí estamos como en la primera guerra mundial. La guerrilla recluta a la brava campesinos para que se maten. Los militares hacen lo mismo. No destrozan masivamente pueblos a diestra y siniestra como en esa guerra, pero si acaban económica y socialmente todas las regiones por donde pasan. Deberían coger a todos los comandantes guerrilleros y generales de la patria, meterlos en alguna plaza de toros y darles unos machetes para que se maten entre ellos. Lo ponen en televisión abierta para saciar el morbo nacional y…

JUEZ DE INSTRUCCIÓN:

¡Usted piensa que esto es gracioso! ¡Que esto es un chiste! ¡Aquí hablamos de vidas humanas! ¡Colombianos como usted! ¿A dónde pretende llegar con este tipo de cuentos?

JESÚS F. FLÓREZ:

¡Ve! ¡Qué coincidencia! ¡El hijueputa del sargento dijo exactamente lo mismo antes de pegarme! ¡Usó hasta el mismo tonito! Ilustrísimo, impoluto y venerado señor juez, ¿es usted acaso un policía camuflado en constitución?

*             *             *

La sesión del tribunal debió aplazarse para otro día debido a la reacción violente del juez quien tuvo que ser contenido por el secretario y un guardia de seguridad para que no agrediera al testigo. A pesar de que el señor Jesús Francisco Flórez fue advertido de sufrir varios procesos penales por su incontinente verborrea, estos no se presentaron porque en la audiencia había una cámara de televisión; los jueces no abusan de su posición en video.

La sesión se debió reprogramar para días más tarde con otro juez de instrucción.

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