LA PÉRDIDA PARA SIEMPRE DE UNA ILUSTRE TURISTA

Todos los asistentes del aeropuerto El Dorado miraban atónitos a la pasajera que caminaba en dirección a migración. Ella cargaba sin dificultad un maletín de dimensiones lo suficientemente justas para pasar como equipaje de mano hasta en las aerolíneas más quisquillosas.  Con su caminado descomplicado y sin prestar atención a las miradas que recibía, la nueva visitante recorría el laberinto de reatas que, desde la entrada de la sala de migración, zigzagueaban en dirección al funcionario de aduanas. La fila, abarrotada de viajeros, detuvo el continuo andar de la viajera, mas no las miradas de los pasajeros hacia ella.

Vale la pena entonces hacer una pequeña descripción de nuestra protagonista, Iustitia. Vestía un traje propio de la cultura del país de donde al parecer procedía, la antigua Grecia. Debido a que Iustitia era la representación de una idea realmente vieja, su moda no correspondía a la Aquea, ni a la Dórica como se creería, sino a la Pelasga, la original de esas tierras. Contrario a la concepción decimonónica extendida hasta nuestros tiempos sobre los atuendos griegos y su supuesta elegancia, lo que Iustitia llevaba puesto no pasaba de ser un saco de lino con un hueco para introducir la cabeza; en otras palabras, un poncho largo rectangular: donde las partes más largas del rectángulo colgaban y cubrían la parte frontal y trasera de la persona que lo vestía; los costados se presentaban a la vista completamente descubiertos. Para ceñir esta túnica al cuerpo, un cinto era usado rodeando ambos extremos, el delantero y el trasero. Cinto que, a modo de correa, evitaba la separación excesiva de ambos extremos del lino y así ocultaba un poco de piel a la vista de un tercero. Por ser la época griega bastante laxa frente al pudor y el exhibicionismo, y, al no existir lo que ahora llamamos ropa interior, básicamente quien estuviera vestido a la moda pelasga mostraba prácticamente todo. O bueno, no todo; para algo era ese lino a final de cuentas.

El fino y delicado rostro de Iustitia se encontraba al natural, sin adornos, bronceado por el sol mediterráneo. Su nariz, curva, aportaba un toque de rudeza en sus facciones; las cuales eran acompañadas por unos labios finos, un par de ojos oscuros y pelo negro. No era una belleza, aunque no estaba mal, la importancia, a los ojos de los testigos, no era su rostro, ni su figura, lo primordial era su casi desnudez.

Llegó el turno de Iustitia.

— ¿Nombre?

— Iustitia.

— ¿Apellido?

— Mi nombre es Iustitia a secas.

— Señorita Asecas, ¿que la trae por aquí?

— Curiosidad, o bueno, digamos turismo. Quiero observar de primera mano como ha hecho un país entero para pasar toda su existencia sin mí. Vengo para conocer y que me conozcan, que la gente sepa que en realidad sí existo y que, cuando tengan la audacia de mencionarme, por lo menos lo hagan con la referencia verdadera y no con una distorsionada e imaginaria.

— ¿Cuándo piensa salir del país?

— Yo no pienso hacerlo, he venido para quedarme —, afirmó segura.

— ¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Cómo piensa hacerlo sin permiso de estadía?

— Cuando este país me conozca, tal como soy, va a querer que yo de aquí nunca más me vaya.

— ¿Tiene reserva de hotel?

— No.

— ¿Alguien que la reciba?

— No.

— Bueno, señorita Asecas, le informo que el acceso al país, por lo pronto, ha sido denegado. Tendrá usted el placer de conocer el cuarto oscuro del aeropuerto El Dorado.

El aeropuerto El Dorado era la terminal aérea más importante del país. Su nombre no representaba bajo ningún motivo el esplendor de la infraestructura nacional; todo lo contrario, si acaso existiese alguna pieza de aleación de zinc con alguna tendencia cromática hacia el dorado, debía tenerse como una desafortunada coincidencia.

La terminal había sido planificada y construida bajo unos estrictos requisitos de diseño: desde la entrada al terminal hasta la puerta de embarque, debía generar en los pasajeros un sentimiento inmenso de descanso, con suspiros victoriosos incluidos, al saberse a las puertas del avión. Así mismo, en el recorrido contrario, quienes ingresaban al aeropuerto en una nave y deseaban tomar algún taxi en el exterior, debían primero sentir y asimilar, con gran ausencia de anestesia, a cual país ingresaban. De esta manera, con sus dos propósitos únicos para con sus usuarios, esta terminal contaba, al igual que todos los aeropuertos del planeta tierra, con un cuarto oscuro; lugar donde ingresan ciertos desafortunados personajes que no les es permitido salir del país, y otros desventurados que, aparte de tener que viajar hacia esta región del planeta, poseen, bajo la óptica de los funcionarios aeroportuarios, algo por lo cual puedan ser fastidiados sin miramientos.

El cuarto oscuro, no era falto de luz, simplemente es la forma de referirse a un lugar donde todo lo que sucede está cubierto de cierto secretismo, un poco de ilegalidad y mucho de abuso.

Iustitia no comprendía que sucedía, para ella su visita al país era muy necesaria; juzgaba imperativo que la población de este territorio la conociera. Por esto decidió, con cierta ingenuidad, y una exagerada consideración por sí misma y los ideales que encarnaba, que en un avión con destino a este país se debía montar para por fin darse a conocer. Creía en la bondad de las personas y juraba convencida que sería recibida con júbilo.

El cierre de un cajón por parte del funcionario la despertó de su ensoñación. Había sacado un formato especial, un papel desteñido con cuatro casillas para llenar: Nombres, Apellidos, Pasaporte, Nacionalidad y un espacio generoso para observaciones, fue lentamente llenado por el agente aduanero.

Nombre: Iustitia

Apellido:

Observó el pasaporte para ver como se escribía Asecas.

— Señorita Asecas, ¿dónde está el apellido en su pasaporte?

— No tengo, yo me llamo Iustitia, Iustitia a secas.

— Ahhh, me toma usted del pelo. ¿Sabe que todo lo que dice está siendo grabado y puede ser usado en su contra en caso de considerar yo, que viola alguna de nuestras constitucionales normas, entre ellas, el burlarse de un agente de la ley?

— Entiendo que debe hacer usted su trabajo, pero no comprendo su indisposición, me llamo Iustitia a secas.

Apellido: Se niega a declararlo.

Nacionalidad…

Miró el pasaporte con detenimiento, parecía ser emitido por un país desconocido. No tenía grabada ni una sola bandera, ningún escudo con leones o águilas, mares, lagos o montañas; estaban ausentes todas las frases en latín del tipo lex, rex, deus; o las francesas dieu et le peuple, le magnifique royaume de bla bla blá, patrie, république. Nada. El oficial sostenía un mísero pasaporte con hojas blancas y una única imagen en la portada. Lo inspeccionó con esmero, examinó hoja por hoja, revisó bien que las páginas no estuvieran pegadas entre sí, observó con detenimiento la costura, todo parecía en orden, y sin embargo, no. No presentaba sellos de salida de ningún país, mucho menos de entrada. Una balanza en tonos dorados se exhibía en la portada, y bajo ella, escrito en relieve, con letra de color plateado, aparecía una sola palabra, Iustitia. Seguida por el nombre en griego, δικαιοσύνη. Bajo este, con letras más pequeñas, la traducción al francés en tipografía decimonónica: justice, et tout ce que cela comprend ¿y en español? Nada. Para el oficial, hombre de una sola lengua, esto fue un problema. Su mal humor se acrecentó al no entender nada de lo poco que estaba escrito.

— ¿Dónde está el león? —, gritó agitando en el aire el pasaporte. — ¿Un cóndor, una águila, aunque sea un oso?!

— ¿…?

— Mire, mire. ¿Qué ve? —, vociferó mientras restregaba el pasaporte en el vidrio separador.

— Nada.

— ¡Exacto! ¡No hay nada! ¡Sin animalitos en el pasaporte aquí no entra nadie!

Otro sello cayó. Esta vez, el documento que tuvo el honor de ser grabado por la oficialidad nacional, fue el pasaporte. Un gigantesco FALSO decoró para siempre la primera página.

Nacionalidad: A establecer.

Número de pasaporte: A establecer.

Observaciones: Presenta pasaporte falso, actitud desafiante y burlona. Afirma querer establecerse en el país más del tiempo permitido; las razones esgrimidas para esto son confusas. La persona que se identifica como Asecas, Iustitia, no aplica para ingresar al territorio nacional. Solicito ingreso inmediato para interrogatorio y deportación.

¡Tassss! ¡Tassss! Dos sellos adicionales. Y por último, la firma. La entrevista migratoria llegó a su fin. Por una sobria puerta lateral de la sala de migración, Iustitia y el agente accedieron a un nuevo mundo; el mundo donde todo tipo de abuso puede ser posible, el cuarto oscuro. Allí, mientras el agente aduanero hacía la entrega oficial de Iustitia a su inmediato superior, ella, sentada en una silla plástica, en medio de un cuarto que contenía solamente un escritorio y un archivo metálico, observaba confundida a su alrededor.

El jefe aduanero a su vez la miraba intensamente.

Si una persona, durante una conversación casual con una interlocutora vestida a la pelasga, hace acopio de la paciencia suficiente para cambiar de vez en cuando de perspectiva y se concentra cuando la entrevistada se reacomoda en su silla cada tanto, podrá ver, si ella se agacha los suficiente, sus senos entre los laterales de su túnica. Pues bien, el funcionario migratorio superior contó con la paciencia necesaria. Cambió la posición y la dirección de su mirada en variadas ocasiones, pero continuaba con evidentes deseos de observar más, porque como buena mujer que Iustitia era, involuntariamente se inclinaba lo suficiente para que su interlocutor notara la forma como sus redondeados senos nacían, pero no tanto como para enseñar su final. Así, el agente aduanero, de pie, con su vista desde lo alto dirigida hacia abajo, aparentando anotar algo en el formato de ingreso, podía con sus ojos recorrer el lado descubierto de Iustitia y confirmar lo ya narrado: en la moda pelasga no se poseía ninguna prenda debajo de la túnica.

Iustitia se encontraba sentada en la silla plástica. La parte delantera de su túnica fluía entre sus piernas. Dejaba a plena vista ambos muslos y ocultaba, a duras penas, la zona del cuerpo que más quería nuestro agente ver; por lo tanto, mientras el agente salía de la oficina, el superior entretenía su mente imaginándose lo que habría detrás de la túnica.

— Asecas, Iustitia, tengo el deber de informarle que usted se encuentra en esta oficina porque no cumple con todos los requisitos para ingresar al país. Es mi deber legalizar la orden de deportación a su país de origen, pero, primero lo primero, ¿puede abrir su maleta para constatar que nada prohibido se encuentra en su interior?

— ¿Me deportan? —, preguntó Iustitia sorprendida.

— Señorita Asecas —, dijo el oficial con un deje de impaciencia. — No me haga perder el tiempo con lloriqueos o disculpas. Usted será deportada. No hay posibilidad alguna de evitarlo. Así que evíteme y evítese molestias. ¡Abra su maleta!

Iustitia observó con cierto recelo a su interlocutor. Pensó en manifestar algún razonamiento para convencer al oficial sobre la importancia de su estadía en el país, pero luego lo miró a los ojos; observó en él tanta desidia, tanto fastidio, tanta desgana, esa pereza que caracteriza siempre al burócrata nacional cuando debe pararse de su sillón, que desistió. Se agachó para tomar su maleta. Examinó donde ponerla, no encontró donde. Posó una mirada interrogante sobre el agente. Éste, con una mueca brusca, le hizo entender que era allí mismo donde debería hacer todo. Iustitia ignoraba que arrodillada de esa manera, su vestido, debido a su postura e inclinación natural de las telas a moldearse según la ley de la gravedad, dejaba a la vista, desde la perspectiva superior del agente, la presencia de sus pezones, hasta ese momento ocultos. Ellos, de una proporción perfecta para el tamaño de los senos que los portaban, no siendo muy grandes, habían sido endurecidos y extraídos de su cálido letargo por cuenta del frío capitalino; un gran plus en cuanto a las consideraciones del único testigo de su exhibición. El superior se deleitaba con el movimiento de los senos, la manera en que se ocultaban y reaparecían los pezones dependiendo de la posición que Iustitia tomaba al intentar abrir su vieja maleta que se resistía a sus esfuerzos.

Iustitia, con un esfuerzo desproporcionado para el tamaño del candado que manipulaba, logró mover los seguros, abrir la maleta, mostrar su contenido. Volteó su mirada hacia el superior de aduanas; lo encontró concentrado en ella, no en su equipaje. Él todavía lograba ver un pedacito de la areola derecha, sonreía al imaginarse el resto; no tenía mucha preocupación por lo demás. Hallaba bastante intrigante todo ese espacio visible entre ambos senos; un cañón que se perdía al descender por el tórax entre las profundidades de la tela y la piel, ocultándose bajo la oscuridad creada por los pliegues del vaporoso atuendo. Fuera de este cañón, en el exterior de la túnica, la mirada del superior continuó su recorrido hasta que se detuvo en las rodillas que, expuestas fuera del lino, se encontraban apoyadas en el suelo. Al frente de éstas, se ubicaba la maleta con una única cosa en su interior, una balanza. La mirada continuó deambulando de las rodillas hacia unos muslos que se escondían bajo la única tela que la cubre. Arriba, su mirada encontró otra mirada, la de Iustitia, sus ojos le informaron que ella ya intuía lo que buscaban los suyos. Al mismo tiempo, la mirada de Iustitia suplicaba por una reacción al ensimismado superior.

¿Una balanza?  Reaccionó intempestivo el oficial. Volvió a ella; ya se había reacomodado en su lugar ocultando de su vista todo lo que le interesaba. Bajó de nuevo la mirada, encontró la maleta y su contenido. — ¿Una balanza? ¿Por qué diablos viaja usted con una balanza?

— Es un símbolo —, respondió aliviada por captar su atención. — ¿Me entiende?

— Bla, bla bla. No me interesa —, la interrumpió. — Mejor agáchese y guarde su balanza qué, sea lo que sea que signifique, para mí y el proceso de deportación que voy a llevar a cabo, poco valor tiene.

¡Regio! ¡Delicioso! Se deleitó en su interior el superior migratorio. Iustitia cayó en su trampa. Se desacomodó la túnica al inclinarse para tomar la balanza; sus lindos senos volvieron a asomarse para gratificar la vista de nuestro agente aduanero. Iustitia alzó la balanza, ignoraba el real interés del funcionario, se levantó sosteniéndola con firmeza en su mano derecha, con la izquierda tomó uno de los platos y lo movió hacia abajo. Lo enrollo con cuidado y en la maleta con mucha técnica guardó. Levantó sus ojos para ver si el agente superior estaba satisfecho y se encontró de frente con la concentrada mirada de él. Reconoció de inmediato en ella hacia donde se dirigía; había experimentado en incontables ocasiones ese tipo de inspecciones oculares.

No era del tipo de mujer acostumbraba sentir pudor, ni se intimidaba ante situaciones de desnudez; aceptaba la naturalidad del cuerpo humano, al fin y al cabo somos animales y no venimos precisamente al mundo con ropa. Sin embargo, ser blanco de ojos que la escudriñaban fijamente, sin el velo inocente que la timidez provee, no le era agradable.

El caso es que era muy notorio que la mirada del agente solo se encontraba focalizada en un punto que únicamente evocaba actos sexuales. Iustitia no se sintió ultrajada. Que el hombre tuviera sus pensamientos, allá él, pero que se reflejara impreso en su rostro el arrojo de animal en celo, eso si la hacía sentirse incómoda. Sería inocente, pero bastante tiempo de su vida la había pasado en su tierra natal para contar con cierta experiencia en esas materias. Solo debía tomar el ejemplo de sus dioses para saber todas las formas y motivos que existían para copular desaforados, procrear hijos como conejos y cercenar miembros sexuales por cualquier contratiempo. Nada de eso iba a suceder; Iustitia lo sabía. Era ingenua para los estándares de su tierra, pero el hecho que fuera una mujer que encarnaba una idea altruista, no significaba que fuera casta y pura. Cada vez que sus naturales hormonas se lo pidieron, sus piernas al primer llegado abrió. Cuando no eran hormonas sino simple tedio, a conocidos también su calor interior compartió.

Sin embargo, por mucho que las hormonas del funcionario le obligaran a comportarse de esa forma, para Iustitia, encontrarse en medio de un embrollo burocrático, no era un momento ideal para excitarla, menos al ser virtualmente desvestida por ojos lascivos del hombre.

Con sumo cuidado de ocultar la mayor cantidad de piel posible se sentó, tomó su balanza y miró al agente. — ¿Quiere que le explique qué significa la balanza? —, dijo Iustitia para interrumpir de la forma más sutil posible los pensamientos del agente superior.

El agente, al notar la posición tensa tomada por ella al sentarse, además de su fría mirada, supo que el futuro no le prometía paisajes de su interés; se había delatado.

— No se preocupe, no gaste su energía, de todas maneras su explicación no le va a ayudar para quedarse en el país, así que mejor empecemos. ¿De cuál país proviene usted?

— De ninguno, y de todos.

— ¡Ahhh, esto va a ser largo! —, suspiró el oficial. — Vea, hágame un favorcito: estas preguntas no son para llenar por llenar un papel. La interrogo simplemente para averiguar cuando hay un vuelo para su país y poderla embarcar, ¿me entiende? Si no colabora me veré obligado a llamar al juez y ese, se lo aseguro, no tiene tanta paciencia como yo.

— Yo le comprendo, pero no puedo mentirle. De verdad yo no vengo de ningún país, soy una idea; las ideas no tienen nacionalidad.

— Aló, vea niña —, dijo el superior migratorio a alguna secretaria por el teléfono. — Llámese al juez y dígale que acá hay un caso difícil, que se venga lo más rapidito que pueda, ¿ok?

El silencio invadió la oficina. Iustitia oyó la llamada telefónica sin decir palabra. Él se acomodó en su silla y se quedó mirándola concentrado en espera que esa rigidez por fin cediera y mostrara sus atributos en algún cambio de posición. Ninguno respiró, ninguno se movió, nada sucedió. La lucha terca y silenciosa entre la lascivia y la frialdad no permitió que ninguno de los dos moviera tan siquiera un músculo. La escena que el juez encontró, al entrar a la oficina, fue una mujer ligera de ropas mirando fijamente la cara del agente, quien a su vez se encontraba concentradísimo en el pecho de la chica.

— ¿Cuál es el problema que tenemos aquí? —, preguntó rompiendo la concentración de ambos contrincantes.

Retomando la compostura, agitado, el superior comenzó: — Señor juez. Tiene frente a usted a Asecas, Iustitia de nombre. Se ha negado a suministrar información sobre su procedencia al agente migratorio y a mi persona. Lo he mandado a llamar para que la haga entrar en razón para poderla deportar, o en caso contrario, para que la encarcele por el delito que a usted le parezca.

— ¿Qué datos tiene sobre ella? —, demandó sin siquiera mirarla.

— Nada, solo este pasaporte.

El juez lo tomó, lo miró con detenimiento. Leyó el nombre Iustitia. Se preguntó dónde estaba el Asecas, la nacionalidad o algún dato de interés migratorio.

— ¿Podría decirme de cual país proviene este papel? —, preguntó en tono mientras agitaba el pasaporte a la altura de la cara de Iustitia.

— De ninguno, es simplemente mi pasaporte.

— Asumamos que es válido; si usted tuviera algún problema en este país o en cualquier otro, a que embajada llamaría.

— A ninguna, yo nunca he tenido problemas, ni los tendré; por algo soy lo que soy: equilibrada y justa. Si fuera detenida, sería bajo alguna arbitrariedad, como parece que ustedes lo están haciendo…

— ¿Arbitrario? —, interrumpió con sorpresa el juez. — Bueno. Sea como sea, justo o injusto, usted debería tener la posibilidad de llamar a algún funcionario de su embajada para que le ayude a defenderse de monstros como nosotros.

— Yo necesito funcionarios que defiendan la idea que encarno; no que me defiendan a mí.

— ¿Qué hacemos? —, preguntó el superior migratorio al juez.

— No sé. Ella se encuentra en un limbo jurídico; si no es de ningún país, entonces no existe, le podría pasar cualquier cosa y no habría nadie a quien responderle—. Se dirigió a Iustitia: — ¿Qué tiene usted para decirnos?

— Nada —, respondió tajante. Se acomodó tranquila en la silla, se inclinó y apoyó los codos sobre las rodillas para hacerles ver que no tenía intenciones de seguir con este juego y que si la cosa iba para largo, ella no tenía problemas.

Ante los ojos del juez aparecieron, como estrellas fugaces, un par de pezones que hasta el momento no había notado. Incómodo por la atracción que estos ejercían sobre sus ojos, cual poderosos magnetos, apartó la mirada y la detuvo sobre el agente superior, quien se encontraba concentrado en los pechos de nuestra protagonista y no se daba por enterado de la mirada del juez.

— ¡Agente superior! —, gritó.

Éste se volvió de un brinco en dirección del juez, por cuenta del súbito cambio de tono por parte de su superior jerárquico: — Sí, ¿doctor?

— Espere un segundo —, murmuró pensativo en juez, retornó su mirada a Iustitia. — ¿Comprende que si tiene problemas en este país, no tendrá a quién acudir?

— Sí —, respondió ella con aspereza.

— ¡Agente superior! ¿Ha realizado la requisa reglamentaria a esta dama?

— ¡Sí señor! Revisé personalmente la maleta; tiene una balanza y nada más.

— ¿Una balanza?

— Sí, una balanza.

El juez trató de evitar los pezones de Iustitia mientras sus ojos buscaban la maleta con la balanza. Al final alzo su mirada y encontró el rostro de Iustitia; no encontró ninguna expresión.

— ¿Ya requisó a la señorita?

— No. ¿Señor? —, el agente tragó saliva. Interrogó con su mirada al juez, confundido al ver lo poco que se podía revisar en una dama vestida con un traje, donde prácticamente todo se podía ver.

— ¡Requísela! —, ordenó el juez.

— Señorita, póngase de pie para una requisa —, pidió con poca firmeza el agente.

Iustitia obedeció. El agente, tembloroso, comenzó el proceso. No sabía muy bien dónde poner sus manos. Eran pocos los lugares con algún tejido pero, ante la presión del juez y sus deseos de cumplir lo más rápido posible la orden, hizo el procedimiento lo más superficial y corto posible. — No tiene nada —, informó.

— ¿Ya revisó si la tela que la cubre tiene doble fondo?

— Es tan delgada que no sería posible —, respondió.

— ¿Cómo lo sabe? ¡Revísela!

— ¿Cómo?

— Dígale que se la quite.

— Pero —, advirtió inquieto el agente. — ¡Quedaría completamente desnuda!

— No, no creo —, replicó con seriedad quien comandaba la situación. — Ella debe tener ropa interior; a nadie se le ocurriría viajar sin ropa interior.

Un frío temblor recorrió el cuerpo de Iustitia; comprendía hacia dónde quería llegar el juez, su corazón se aceleró. Bastante fastidio le había generado el haber sido tocada, manoseada, por el tembloroso y sudoroso oficial. Una gota de sudor propio recorrió lentamente su espalda; comenzó a sufrir náuseas; su estómago se congeló; un sabor ácido se hizo notar en su garganta; la evolución de su situación le provocó unos escalofríos y una ansiedad que su cuerpo apenas toleraba.

— No tengo ropa interior —, aseguró en voz baja, casi en un murmullo. Apenada, miró hacia el suelo.

— Eso no es nuestro problema —, manifestó autoritario el juez. — Nuestro deber legal es requisar y revisar que las prendas no tengan doble fondo, no vaya ser que los pasajeros ingresen a este centro aeroportuario con droga; más cuando se trata de una persona que no colabora con la autoridad. Si este procedimiento no le es de su agrado, bien puede quejarse ante la embajada de su país, ellos le ayudarán.

— Está bien, está bien —, cedió Iustitia. No tenía ninguna embajada ni funcionario que la defendiera. Ante la amenaza de presentarse desnuda frente al par de funcionarios, hizo evidente su interés por colaborar. — ¿Qué necesitan saber?

— ¡Ahh! ¡Por fin! —, exclamó aliviado el angustiado agente, quien ya no aguantaba la tensión producida por la situación. — ¿Ya sí se decidió ayudar?

— Si les respondo lo que desean, ¿me dejan ir? —, interrogó turbada a sus interlocutores.

— Bien sabe que no la podemos dejar entrar a nuestro territorio —, le respondió el agente. — Sin embargo, si responde a nuestras preguntas, le permitiremos escoger un destino para salir del país. ¿Cierto?—. El oficial, mientras tragaba saliva, dirigió su pregunta esta vez hacia el juez.

— Solo si lo hace bien —, respondió este con desgana. Retomó los papeles que había dejado instantes atrás sobre el escritorio.  — ¿Nombre? —, preguntó.

— Iustitia.

— ¿Apellido?

— No tengo.

— Señor agente, revise las prendas de esta señorita —, ordenó con una aspereza que no admitía derecho a réplica.

— ¡No! ¡No por favor! Se lo aseguro, no tengo apellido, soy Iustitia a secas —, dijo temblorosa. Ahora sus lágrimas se asomaban por sus ojos, mientras cruzaba sus brazos para proteger su pecho.

El agente miró suplicante al juez. La dura mirada que recibió, le informó que debía hacer. Se acercó vacilante a Iustitia, quien a su vez retrocedió hasta que la pared le impidió continuar. Observó, llena de terror, al agente acercarse; volteó su mirada con ojos suplicantes hacia el juez.

— Señorita, bien puede usted colaborar con la autoridad y quitarse su vestido —, le comandó indiferente. — O, el señor agente procederá a hacerlo por la fuerza.

— ¡No! ¡Ninguna de las dos!—, gimió hacia el juez en llanto mientras se sujetaba con fuerza su propia túnica.

El agente aprovechó esa distracción. Se acercó con rapidez, asió a Iustitia firmemente con una mano, con la otra agarró el cinto que rodeaba su cintura. Con agilidad, ella, girando a medias, empuñó la mano del oficial que intentaba soltar el cinto, impidiéndole finalizar el movimiento.

— Juez, ayúdeme. ¡La señorita está dificultando el procedimiento! —, gritó al verse sometido por la firme mano de Iustitia.

El juez, mientras el agente y Iustitia continuaban con su forcejeo, se quitó su abrigo. Acto seguido, se acercó a la lucha. Con una potente llave de brazo inmovilizó el cuello de Iustitia, obligándola a inclinarse bajo su peso. La chica, tras soltarse del agente para defenderse de esta nueva amenaza, advirtió el cinto de su vestido en completa libertad. El agente, de nuevo en control de la situación, se aferró al cinto; en un movimiento decidido lo desanudó. Los tres, enlazados unos con otros, intentaban y luchaban encarnizados por realizar alguno de sus objetivos personales: Iustitia se enfrentaba para no ser desvestida ni dominada; el juez intentaba con toda su fuerza de dominar y someter a Iustitia; y por último, el agente, intentaba como bien podía, entre los bruscos movimientos de los otros dos, terminar de quitar el cinto y liberar la túnica de Iustitia. Al final, en un tropiezo, el agente perdió el equilibrio y se llevó consigo a los demás.

Una parte del vestido acabó en manos del juez; la otra, alrededor del cuello de Iustitia. Se encontraba completamente desnuda. El agente volvió a la carga. Su víctima, al notarlo, puso su pierna como barrera frente al agresor. El oficial no retrocedió ante eso; tomó la pierna que trataba de impedir su aproximación, la levantó con fuerza y, dejándose caer sobre la otra pierna, que servía de apoyo contra el suelo, impidió cualquier otro tipo de movimiento defensivo. Desnuda, con ambas piernas abiertas a la fuerza, Iustitia se revolcó con el agente para evitar ser dominada. Para ese momento, el juez tenía su túnica en las manos; no la revisó, la lanzó a un lado. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre Iustitia para inmovilizarla. El cuerpo del agente, sentado sobre la pierna izquierda de Iustitia, la obligaba a permanecer contra el suelo; sus manos continuaban aferrado con fortaleza la otra pierna de la chica, estirándola en el aire. El juez, por su lado, situó su rodilla sobre el pecho de la sometida. Con sus dos potentes manos inmovilizó los débiles brazos de la chica, hasta ese momento libres defendiéndose. Logró dominarla al sentársele por completo encima. Al verse aprisionada, con dos sujetos sentados sobre ella, Iustitia se contorsionó para liberarse, no le fue posible; era demasiado peso para sus músculos. Lo intento varias veces, pero no lograba liberarse aunque fuera un poco de la presión. Cuando se rindió a lo inevitable, se dejó asir sin oponer resistencia, por lo menos así no se hacía daño.

Frente a los ojos del agente se materializó un objeto, que durante el fragor de la lucha había permanecido difuso: una mata de enrollados pelos que bastante mal cubrían la vagina de Iustitia, ahora expuesta a él, justo a pocos centímetros de sus ojos. Esta maraña nunca había conocido cuchilla de afeitar; las ideas no se afeitan, vienen tal como son. Iustitia solo es mujer, porque presentar una idea altruista bajo el cuerpo de un carnicero alemán, es posible que no ilusione a muchas personas. Así que, al ser mujer, vagina tenía; al ser idea, cuchilla de afeitar, no. Poco o nada le importaban estas consideraciones morfológicas y estéticas a nuestro agente superior; esa vagina, tan cerca de su cara, al encontrarse ambas piernas abiertas de par en par, se presentaba con más pormenores interiores de los que normalmente podría detallar en su pudorosa mujer.

Por su lado, el juez, no observaba nada de esto; se encontraba sentado sobre el pecho de Iustitia, le daba la espalda a lo que tanto deleitaba al agente. Eso sí, el juez debía, a su pesar, aceptar que todo esto le producía bastante placer, a pesar de saberlo ilegal. Sentía los senos de Iustitia estrujándose apretados entre sus muslos. Su erección era apenas contenida dentro por su pantalón.

De modo intencionado, el agente se reacomodó. Cambió su brazo de lugar; en vez de asir la pierna de Iustitia en la forma incómoda en que se encontraba, bajó su mano y sujetó con fortaleza el muslo de su víctima, cerca al objeto de su deseo. Al mismo tiempo movió su pierna libre, situó su rodilla sobre el muslo de la pierna que Iustitia apoyaba extendida, impidiéndole movimiento alguno. En esta posición, logró liberar una mano. Iustitia se revolcó y contorsionó ante el nuevo contacto, logrando que el juez perdiera el equilibrio. El jurisconsulto, al no encontrar de donde asirse, le agarró el pelo con su mano libre; con la otra, le apretó el seno izquierdo. Iustitia aulló de dolor.

— Quieta, quieta —, le susurró el juez. — Esta es una actuación de la justicia nacional. Usted, como objeto procesal, debe dejar que la justicia actúe en derecho y aplique la jurisprudencia correspondiente al caso.

— ¿Y cuál es mi caso? —, aulló dolorida.

— ¡Que no tiene quien la defienda! Se encuentra usted en manos, esta vez, literalmente hablando, de la justicia colombiana; y yo, su representante, le mostraré lo que es una actuación balanceada.

— Señor agente —, ordenó en tono autoritario. — Revise que la dama no esconda algún objeto prohibido.

— Sí, doctor —, respondió alegre el agente, quien había perdido del todo su nerviosismo inicial. Acto seguido, con su mano comenzó a hurgar en la mata de pelos que tenía justo al frente. Los jalaba aleatoriamente, entreteniéndose con ellos; después, con brusquedad, sin preámbulo, con su dedo índice la penetró. Iustitia se revolcó y gimió en rechazo a lo que sentía en su interior.

¿Qué me está pasando? Se preguntó Iustitia entre espasmos de nauseas. No comprendía el porqué, de repente, se encontraba en semejante situación. Tan solo cinco minutos antes discutía sobre un malentendido burocrático. ¡Ahora se encontraba desnuda, con dos funcionarios encima!

Invadida y ultrajada, una sensación terrible se apoderó de ella; ya no era uno, sino dos cálidos dedos jugando en su interior. Intentó gritar, pero el juez jaló su pelo de un lado para el otro con fortaleza, golpeando su cabeza repetidas veces contra el suelo. La mano que sujetaba con tanta ferocidad su seno, ahora le tapaba su boca para evitar que sus gritos alcanzaran el hall principal, donde algún pasajero pudiera oírla.

Entre tanto dolor y conmoción, Iustitia, a pesar del terror, asco, repudio y fastidio que recorría su cuerpo, notó su vagina humedecerse. Advirtió, horrorizada, que ella misma, con su involuntaria excitación, estaba facilitando el juego de una mano que no veía, pero que sentía invadirla hasta su más hondo interior. Indignándola, ultrajándola y humillándola de tal manera, que solo consiguió sentirse culpable de ayudar a tan ruin abuso. Trató de nuevo resistirse, se contorsionó, forzó sus piernas, pero no las logró mover, se encontraba completamente sometida.

— Calma, calma, estamos en la audiencia preparatoria —, se rio el juez mientras giraba su cuerpo para ver que realizaba el oficial a sus espaldas. — Este es un procedimiento exploratorio. Si no tiene nada que ocultar, deje que la justicia investigue.

Cuando el juez comenzó a girarse, Iustitia notó un poco de campo para liberarse; se retorció en rebeldía. Un mazazo cayó intempestivamente sobre su rostro; el impacto robó todas sus fuerzas en un solo instante. El juez había decidido detener la resistencia del sujeto procesal con un fuerte puñetazo. Aturdida y paralizada por el dolor, sintió un líquido cálido que descendía por su rostro; aunque nada veía y su cabeza daba vueltas, comprendió, dentro de su estupor, que el juez giraba sobre su costado hasta darle la espalda. Pasó su lengua alrededor de su boca, pudo adivinar la falta de varios dientes; otros se habían quebrado. Sufría de un terrible dolor; el golpe, al parecer, había quebrado su quijada. Todavía, inmersa dentro de la nube en el que el impacto había dejado, percibía varias manos tocando, dentro y fuera, todo su cuerpo. Pasó un periodo de insensibilidad, el mundo iba y volvía. Todo, a veces era negro, a veces blanco, la inconsciencia la abrazaba y la abandonaba en lapsos intermitentes. En un instante de lucidez, abrió sus ojos; observó que ya no tenía al juez sobre sí. Éste se encontraba sobre sus piernas, donde antes había estado el agente concentrado en su vagina. Un inmenso dolor, como si se desgarrase de adentro para afuera, le advirtió la existencia de una mano completa jugando en su interior. El entumecimiento en el que se encontraba su adolorido y mancillado cuerpo, no le permitía reaccionar para defenderse, solo poseía suficiente sensibilidad para percibir lo que con su cuerpo hacían.

En su cabeza, que daba vueltas, se preguntaba confundida donde se encontraba el agente; solo percibía al juez sentado sobre ella y su mano jugando en su interior. Un fuerte dolor interno le hizo girar la cabeza. Fue en ese instante que encontró al oficial a unos metros, junto al escritorio, doblando con toda la calma del caso un pantalón que debería tener puesto. Observó con terror un erecto pene balanceándose en su rigidez al vaivén de los movimientos de su propietario. Intentó gritar; el dolor en su quijada era tanto, que no logró abrir su boca. Entonces gimió.

Su llanto fue interrumpido por una masa cálida que se abrió paso al interior de su cuerpo, un puñal que la atravesó hasta su más hondo ser, solo que no dolía. Una presencia, que cada vez que se profundizaba en ella, le robaba las pocas energías restantes para luchar, perdió el deseo de sublevarse, de defenderse; pareciera que con cada envión, su fuerza disminuía. Era el juez, se le había adelantado al oficial. Consciente de su impotencia, Iustitia procuró relajarse, dejó que el constante ir y venir que la invadía, pasara lo más desapercibido e indoloro posible. Lamentablemente, por más que lo intentara, eso no sucedía; era imposible ignorar una masa moviéndose en su interior. Las náuseas, siempre presentes desde el principio, se hicieron incontrolables. Cada vez mayor repulsión le producía su situación. Preguntas flotaban en su cerebro cuando su mente transitaba intermitentemente por periodos lúcidos: ¿Qué me sucede? ¿Por qué me hacen esto? Sin embargo las preguntas nunca obtenían respuesta; algún un periodo de semiinconsciencia nublaba sus demandas y cuando reaparecía la claridad mental, se posaban de nuevo las mismas preguntas, hasta que la niebla cubría su intelecto otra vez.

Sus ojos a duras penas enfocaban el ambiente, todo lo que sucedía a su alrededor era percibido por Iustitia como una mancha más o menos reconocible. En un nuevo intento de comprender donde se encontraba, giro su rostro hacia los paneles que la separaban del hall de inmigración, pero a sus ojos apareció, a pocos centímetros de su rostro, lo que parecía un miembro erecto. Focalizó su mirada y en efecto, lo era. A una carcajada le siguió la voz ronca burlona del oficial simulando parecer suave: — Se va a comportar señorita Asecas. Dentro del proceso judicial, debemos ahora proceder al peritaje oral —. Acto seguido, intentó posicionarse para introducir el pene en su boca.

El procedimiento resultó un fracaso absoluto. Es de tener en cuenta que en la vida real las cosas no funcionan igual al porno en internet. Por algo venderán libros con posiciones sexuales recomendadas; en las que no solo hay que tener en cuenta las articulaciones y la elasticidad de movimientos propios, sino también, es de obligatorio cumplimiento, el contar con las posibilidades motrices y flexibilidad de la contraparte. Si, como en este caso, el orificio a penetrar se encontraba en un ángulo fuera del alcance de un movimiento lineal y, además, no contaba con la colaboración debida, la operación se demostró imposible. Iustitia emitió ciertos gemidos que un oído agudo podría haber tomado por un, ¡no, por favor no!; pero, dado que el interlocutor estaba más interesado en acallar esos sonidos que en entenderlos, la tomó con fuerza del pelo a modo de palanca, la atrajo con fuerza en dirección a su pene. Se arrodilló en un ángulo bastante incómodo para introducírselo por la fuerza en la boca, pero, aun así, encontró resistencia. El hombre miraba en todas direcciones mientras pensaba que hacer. Sus ojos encontraron una basurera metálica ubicada justo al lado donde yacían los tres. Decidió, ante la dificultad en que se encontraba, ablandar a golpes con la basurera la resistencia de su víctima.

Iustitia sufrió una lluvia de fuertes golpes contundentes sobre su rostro. Frente al dolor generalizado en su cabeza, poco percibía los golpes individuales que recibía; advertía solo los impactos que golpeaban en partes de su rostro que hasta ese momento habían permanecido intactas. Antes de desvanecerse en la inconciencia, notó una extraña sensación jamás sentida; su ojo explotar dentro de la cuenca ocular. Perdió el conocimiento.

La violación siguió su curso con todas las de la ley. Colaboraba el hecho que la víctima, inerme, no oponía oposición alguna, valga la redundancia. Los funcionarios nacionales tenían entre sus manos un juguete, una muñeca inflable de carne y hueso con tres orificios que por tandas fueron llenados, percutidos y ampliados con violencia, dependiendo de la necesidad del caso y los hurras que emocionaran al señalado.

Pasado un tiempo, la nebulosa que cubría a Iustitia, de a pocos, comenzó a ceder espacio a una agonía indescriptible. Punzadas de dolor recorrían todo su cuerpo. Advirtió estar boca abajo, sobre un charco de un líquido viscoso y cálido, su sangre. Sangre que la adhería a un piso helado. Su boca, abierta contra el suelo, emanaba este líquido que se deslizaba hacia el exterior; lo podía gustar. Lentamente, otro líquido de contextura viscosa y con sabor diferente, se introducía en su boca a través de los agujeros donde tan solo unos minutos antes se habían encontrado dientes. Este fluido le producía arcadas.

No podía abrir sus ojos. El ojo izquierdo tenía la sensación de estar tan hinchado, que iba a explotar por sí solo; soportaba su agudo dolor solo por el hecho de sufrir punzadas mucho más dolorosas en otras partes del cuerpo. El ojo derecho, lo percibía vacío, un hueco adolorido. Sentía una ausencia en su cuenca ocular; su ojo. Este hueco solo emanaba el líquido viscoso que se introducía con lentitud en su boca.

Lo que sentía en su bajo vientre, por dentro y por detrás no lo podría describir, mucho menos soportar: eran varios dolores y solo uno, eran tan intensos y tan constantes que sentía su cuerpo paralizado de la cintura para abajo. Una duda despejó su mente en un raro momento de claridad: ¿Habré quedado paralítica?, se preguntó. Intentó mover un dedo del pie para comprobar su parálisis. Una punzada de dolor la hizo gemir.

El centro de su cabeza, colonizado por un pitido constante de aturdimiento, no le impidió oír las últimas palabras de sus victimarios.

— ¡Está despertándose! ¡Doctor, péguele! ¡Péguele! ¡Mejor salgamos de ella!

El mundo de Iustitia, para su fortuna, con un fortísimo impacto seco se sumió en un silencio, en oscuridad, en una insensibilidad, que ella agradeció. Abrazó las tinieblas con alivio y por ellas se dejó cubrir.

*                *                *

La teniente Sáchica recibió una llamada. Su reacción, frente a lo que su interlocutor le informaba, indicaba que la llamada debía ser tomada como una de suma importancia. Con atención oyó el contenido de la comunicación, respondió afirmativamente y colgó. Presta para actuar, corrió al cuarto de control de la comisaría para buscar algún compañero que le sirviera de refuerzo. No había nadie, todos se encontraban ocupados protegiendo el partido de futbol. La casi totalidad de la fuerza policial debía encontrarse a las afueras del estadio para que la ciudadanía no se matara por ese par de equipos sin importancia. — Está bien —, se dijo. — No hay nadie, de todos modos, no es ningún problema. ¡Yo puedo sola! —. Se precipitó al cuarto trasero. Buscó con prisas en el armario de armas decomisadas hasta que encontró un cuchillo, largo como el de un carnicero.

Al salir de la estación, corrió. Podía permitirse correr por encontrarse el lugar al que debía acudir, relativamente cercano. Según le habían informado, era necesario el sigilo; en este tipo de situaciones de emergencia, era de suma importancia llegar de incógnito, no eran necesarias sirenas, gritos, ni órdenes. Ya cargaba en sus espaldas con el fallo de misión parecida, la de enero. Esa vez fue culpa del idiota de Jaime, su novio; las tres de la mañana no eran horas para mandar whatsapps. Aunque no fue error de la teniente, pues no tenía como saber que a Jaime se le ocurriría emborracharse y llamar esas horas, todos los compañeros de la fuerza la habían culpado por el fracaso operativo. Así, aunque Jaime hubiera sido forzado como castigo a un ayuno que aún no finalizaba, ese detalle nunca lo supieron en la comisaría y la sanción social contra la teniente permaneció; a alguien de la fuerza había que culpar. Era lo más humano entre humanos: errar y ser señalado por los demás. Y, siendo claros, sí, sí fue el sonido de su celular el que saboteó la operación de enero y a todos puso en riesgo. Además de cortar en seco las oportunidades de promoción de todos los integrantes del operativo, ni que decir de las vacaciones por éxitos operacionales, en fin, ya había hecho mucho daño, esta vez no podía fallar. — ¡Yo puedo! —, continuaba repitiéndose mientras corría por la avenida Caracas.

Jadeaba, trata de respirar, no lo lograba, era demasiada la altitud, la teniente provenía de otra región, no estaba acostumbrada a la altura capitalina. Aunque durante su carrera creía desfallecer, no se detuvo ni un solo segundo. Su futuro en la policía dependía de misiones de este tipo, no fallaría de nuevo. Estaba mentalmente preparada para llegar a tiempo donde el operativo la exigía y, con su actuación, todos los que se encontraran en riesgo podrían salvar su pellejo y a ella tendrían que agradecer.

*                *                *

Después de despedirse, Don Sergio, como le decían, tomó su bolsa con mucho cuidado para que los huevos no se quebraran. Descendió las estrechas escaleras que comunican el mercadito con la avenida Caracas. Había prometido mil y una vez a sus amigos cocinarles unos deliciosos omelettes españoles. Los aprendió a hacer cuando vivía en España con Iker. Ahora, otra vez en el país, tendría que hacerlos ese mismo día, porque de tanto prometer y tanto incumplir, ya no quedaba una sola amistad, un solo conocido, que le creyera sus tan promocionadas habilidades gastronómicas.

Los huevos se balanceaban dentro de la bolsa, puestos con mucho cuidado por el tendero sobre la mantequilla y las papas. No es que le hiciera mucha ilusión a Don Sergio ponerse a cocinar papas, más con todo el tiempo que necesitan para estar listas, pero esta vez tenía el Péndulo de Foucault de Eco; entre el libro y google, buscando masones y complots inexistentes, pasaría rápido y entretenido el largo tiempo de cocción.

En la avenida se encontró con un tumulto de gente, todos tenían camisas rojas. — ¡Ahhh, estos brutos! —, se dijo. — ¡Este es el barrio de los azules! ¡Acá va haber camorra! —. Pensó que, para salvar la integridad de los huevos, lo mejor sería tomar el callejón de la 34, de allí girar por la avenida Libertador y volver a subir por la 36. Tomó su celular, comenzó a marcar el primer número de sus amigos para advertirles que no vinieran por la Caracas, sino por la Libertador. Ninguno le contestó. — Seguro pierden su tiempo, invadidos por el tedio, viendo el partido —, murmuró con media sonrisa. Entró en el callejón. Vio al fondo la luz de la avenida Libertador. En los muros del callejón solo habían puertas cerradas y bolsas de basura. Lo que hay que hacer para proteger unos huevos, se rio para sus adentros. Aguantarse lo que huele este callejón. ¡Esta podredumbre de vecinos que tengo!. — ¡Mis vecinos son unos cochinos! —, gritó con la esperanza que alguno de los vivientes, de cualquiera de los dos edificios, le oyera y algo le objetara. El silencio le respondió: su queja ha sido ignorada, inténtelo de nuevo. Sergio tenía su orgullo, no lo hizo. Pateó a modo de venganza la primera bolsa de basura que encontró a su paso. Ésta gimió. Refunfuñando, siguió su camino hacia la avenida. ¡Se detuvo en el acto! Volteó su cabeza hacia atrás. — ¡Mierda! —, solo atinó a decir.

Con mucho temor, se acercó a la bolsa que había gemido. Mirándola con mayor detenimiento, notó que no era una bolsa, sino un plástico que envolvía algo. No había que ser un genio para saber que era ese algo. Si existe algún conocimiento adquirido que el paso de la guerra entre las mafias ochenteras y noventeras dejaron en el inconsciente colectivo es que, cualquier algo envuelto en un plástico es siempre un alguien; además, cualquier persona que encuentre ese algo, lo primero que debe hacer es, poner pies en polvorosa y, durante ese proceso, tratar de olvidar todo lo acontecido y visto durante el día. Don Sergio no hizo nada de esto, ya lo hemos dicho, aprendió a hacer omelettes con Iker. Si lo hizo fue porque en España vivía, no tenía el reflejo nacional adquirido para este tipo de situaciones. — ¿Hay alguien ahí? —, preguntó a la bolsa.

Se sintió tan estúpido al notar la inutilidad de su propia pregunta, que evitó repetirla. Llenándose de valor, tomó el plástico y lo descubrió; encontró una rodilla ensangrentada. A unos diez centímetros bajo ella, pudo ver unos pocos centímetros de hueso que brotaban al exterior de una pierna llena de sangre coagulada. No se atrevió a descubrir más, ya se imaginaba el resto. Tomó su celular y llamó al número de emergencias.

No trascribiremos la conversación, pues la cantidad de insultos que profirió nuestro protagonista a la voz que le respondió en algún call center capitalino podría ofender los ojos y sensibilidades de buena parte de los lectores. Don Sergio no era maleducado; diremos, para terminar el argumento, que la reacción oficial, ante la llamada, podría ser descrita como un, “ajá, bueno, muchas gracias por su llamada, mi nombre es Lady y que tenga una buena tarde”. Afortunadamente la ira fluyó con rapidez en Don Sergio. Mediante los más creativos insultos que la lengua española jamás haya combinado, obligó a la desidia oficial – representada en la chica del call center – a teclear en su computador lo suficiente para que de ahí a una hora, la ambulancia llegara a donde era necesitada. Para Don Sergio no cabían dudas, quien fuera el propietario de esa rodilla, pocos minutos le quedaban. Sintió su deber el hablarle algo optimista para que resistiera, o por lo menos, muriera consolado.

*                *                *

Fue Jaime quien convenció a la teniente Sáchica, de empezar a trotar alrededor del parque del barrio. La primera semana la forzó a bases de súplicas y mensajes subliminales a trotar tres vueltas. A la siguiente, cuatro. Después cinco. Eso sí, pasadas de las cinco, cada dos semanas debía aumentar una vuelta hasta llegar a las veinte, el número mágico, con el cual ya tendría el estado físico suficiente para poder soportar la altitud capitalina. En honor a la verdad, la teniente sospechaba era un cuento para que ella bajase de peso y él pudiera mostrarla con orgullo ante sus amigos. Se dejó hacer, aunque los motivos no estuviesen del todo claros, el ejercicio sirvió.

En esta carrera, la que describimos, la teniente corría por la acera de la avenida Caracas como jamás ningún otro policía de su comisaria habría sido capaz de hacerlo. Jadeaba, a duras penas respiraba; no obstante, iba a llegar a tiempo para salvar la situación; tendría su bono por objetivos logrados; podría restregarle en la cara a todos en la estación que, mientras ellos cuidaban que los hinchas de futbol no se tirasen botellas, ella, sola, que es lo más importante, salvaría a alguien en una emergencia; afrontaría el peligro con carácter y, lograría, si no había algún suceso horrible en algún otro lugar del país, salir en el noticiero. Para esto solo tenía que pasar la avenida, buscar el callejón donde estaba la emergencia y actuar.

— ¡Policía!, ¡policía! —, oyó un grito a sus espaldas. Se había pasado, alguien la había visto y le gritó de nuevo: — ¡Aquí! ¡Ayuda!

La teniente, jadeante, volvió sobre sus pasos. En un callejón oscuro encontró a un señor junto a una bolsa, de la que salía por un costado parte de una pierna. Suspiró llena de tranquilidad. ¡Llegó a tiempo!

— Siquiera ha venido —, se tranquilizó el señor. — Mire, acá hay alguien —, le indicó a la teniente.

— ¿Alguien más le ha ayudado? —, preguntó ella en tono profesional.

— Es increíble, llevo media hora acá y usted es la primera persona que veo, ¡Dios la ha enviado! Pero… —, observó frustrado el hombre. — ¿Dónde están los paramédicos?

Como respuesta, la teniente Sáchica sacó su arma de dotación y le disparó dos veces: una en la cabeza, otra en el tórax; no era necesaria una tercera bala, Don Sergio yacía muerto al lado de Iustitia. Ella cubierta por una bolsa de basura, él cubierto por la oscuridad del callejón. Ella yacía por la actuación judicial; él, por la policial.

— ¡Llegué a tiempo! —, se felicitó la teniente. — ¡He salvado a los doctores!

La teniente Sáchica se acercó al cuerpo de Iustitia apuntando con su arma. Dos luces iluminaron el callejón. Se oían gritos, eran los paramédicos. ¡Quien lo creyera! ¡Los insultos de Sergio funcionaron! La ambulancia, que nadie esperaba, llegó. La teniente tuvo el tiempo justo para esconder su arma. No pudo disparar a Iustitia, pero no creía que fuera un problema; en el estado en que se encontraba, dudaba mucho que saliera de su boca alguna palabra. Para evitar que eso siquiera tuviera la posibilidad de suceder, esa misma noche, la teniente visitaría el hospital para ajustar las cuentas de una vez por todas. El país no toleraría otro escándalo judicial, esta vez las cosas se harían al derecho, aunque fuera una vez. Dejó a los paramédicos hacer su trabajo y hasta ofreció ayudarles. Observó compasiva a la paciente, era posible que no tuviera que visitarla por la noche; esa bolsa de huesos, carne y sangre estaba moribunda. La justicia nacional prevalecía sobre la justicia, así debía ser.

*                *                *

NOTICIERO DE LAS 7

— Muy buenas noches. Abrimos esta emisión de su noticiero, noticias 24, con una nueva increíble acción de sevicia contra las mujeres. ¡Continúa la violencia feminicida! Un individuo identificado como Sergio Rodríguez, fue encontrado infraganti mientras abandonaba en el callejón de la 34 el cuerpo de una mujer abusada y torturada por él mismo.

Gracias a la valiente acción de la policía nacional, la víctima fue rescatada de las garras de este personaje; dándolo de baja en el lugar de los hechos, demostrando, una vez más, que el crimen en este país no paga. La víctima fue heroicamente salvada por otra mujer, una heroína de la policía nacional, la teniente Sáchica, quien a continuación nos describe lo sucedido.

— El individuo, de apellido Rodríguez, fue encontrado, a eso de las seis de la tarde, botando en el callejón, entre la avenida Libertador y la avenida Caracas, el cuerpo de una mujer aún sin identificar. Fue necesario abatir al individuo quien presentó resistencia al arresto. Le fue encontrado, entre sus pertenencias, un cuchillo largo, como el de un carnicero, con el que presuntamente amedrentó a la víctima, para después abusar sexualmente de ella.

Esta acción policial fue exitosa gracias a la colaboración de la ciudadanía. Aprovecho y hago un llamado a todos los televidentes: por favor, siempre que vean algo sospechoso, llamen e informen a la policía. Colabore con nosotros. ¡Todos juntos podemos hacer al país un lugar más seguro, donde la justicia siempre prevalezca!

— La teniente Sáchica ha sido distinguida por el presidente de la república como una oficial ejemplar, una demostración más que las fuerzas policiales se están profesionalizando para servir mejor a la ciudadanía. En la próxima gala de ascensos en el cuartel general, la teniente Sáchica, nuestra heroína, será condecorada de manos del presidente de la república con la medalla al mérito General Santander.

Retornando a los sucesos, nos informan fuentes médicas que el paradero de la víctima de este horrible crimen es hasta ahora desconocido. ¡La corrupción hospitalaria sigue haciendo de las suyas!

Al parecer el chofer de la ambulancia que recogió a la malherida víctima de este bochornoso hecho, recibía por parte de un hospital regional, ahora en investigación, cierto dinero si llevaba a los pacientes a ese centro hospitalario. Lo grave del tema, es que dicho hospital se encuentra ubicado en el otro extremo de la ciudad y la malherida no fue llevada al hospital más cercano, el Hospital General, que se ubicaba a tan solo ocho cuadras de los hechos.

El ministerio de salud rechaza tajantemente lo sucedido y aclara a todos los choferes de ambulancias que se deben ceñir a los protocolos. Pueden sufrir, según el ministro, si siguen cometiendo estos actos, acciones procesales penales por arriesgar la vida de los pacientes. A continuación la declaración del ministro…

*                *                *

EPÍLOGO DEL PRÓLOGO

Por increíble que parezca, el comercio de heridos, entre choferes y hospitales, salvó la vida de Iustitia. La teniente Sáchica fue víctima, a su vez, de la burocracia y desidia estatal; por más que intentó, no logró ubicar su presa a tiempo para terminar su trabajo.

Sus investigaciones posteriores demostraron que Iustitia compró un tiquete para el primer destino que saliera del país. El rastro se perdió en el aeropuerto de Panamá.

Iustitia, por medio de una enfermera, ya debidamente reseñada, logró comunicarse con una ONG extranjera que debió diseñar una operación ilegal para sacarla a escondidas del país, pues era bastante peligroso que Iustitia tuviera que someterse a la justicia nacional, así fuera en calidad de víctima. ¡Demasiado riesgoso! El trabajo de extracción fue dificilísimo en sí, debido al frágil estado de salud de Iustitia y sobretodo, al estado psicológico en que se encontraba.

Al final el proceso de extracción resultó hasta gracioso, pues ella salió del país por el mismo aeropuerto El Dorado. Cómo estaba con los ojos vendados, la cara irreconocible, con una pierna enyesada, vestida con una bata de hospital y acompañada de un extranjero que le servía de muleta y que, además, solo hablaba danés, los agentes de inmigración se intimidaron y no los molestaron.

Iustitia no logró, tan siquiera, entrar a Colombia, pero se prometió jamás volver.

Hasta ahora ha cumplido su promesa.

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One thought on “LA PÉRDIDA PARA SIEMPRE DE UNA ILUSTRE TURISTA

  1. Tenaz esta yo no diría historia, si no mas bien narración de la realidad colombiana, donde pareciese tener datos fantasiosos, pero que si los contrastamos con los hechos relatados y emitidos en los precisamente noticieros del país, son simples hechos de la vida real. Por otro lado pues el tema narrativo de primera.

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